• 📃 Día 1: Ruta y diario

    4月3日〜4日, イタリア ⋅ 🌙 9 °C

    Eran las seis menos cuarto de la mañana y el despertador ya estaba sonando. A esa hora, quizá, muchos miarmas habrían también pueTo el despertador para salir ver las grandes cofradías con las primeras luces del día. En condiciones oriundas, quizá, yo también lo habría hecho. Pero para abrir boca, y a dos mil kilómetros, por primera vez en la semana puse Canal Sur y me conecté con la ciudad. Ese espíritu de penitencia, si se puede llamar así, hoy había que desfogarlo pedaleando. Así que a la hora del amanecer empecé a pedalear lago abajo. Mi primer temor es la carretera del lago y su tráfico, pero parece remansado. Debe ayudar que es viernes santo, aunque no sea festivo en este católico país: aquí son más de celebrar la Pasqua, que sin duda es más dolce vita que la sangre y la violencia de la pasión. Chissà. Las vistas del Monterosa dejan claro que el día es claro, claro, y para mi fortuna se repetirán durante toda la ruta. Poco después, Sesto Calende queda atrás, y la ruta se sumerge en los meandros del Ticino, enterrados en el valle que casi recuerda a un fiordo. He minusvalorado el frío, y las manos lo notan; tanto que debo agarrar con una mano el manillar y la mano libre esconderla en el bolsillo. Pronto llegan los canales, que se suceden por muchos kilómetros. La ruta es tan cómoda como, por el momento, solitaria. A las nueve ya estoy parando por un cappuccino, que agarro fuerte con las manos para hacer entrar en calor los dedos congelados. Ayuda y, al salir, los dedos ya se han recuperado, la temperatura ha comenzado a subir y el personal ya se ha despertado. Poco a poco, las orillas dejan de ser bosques agrestes y pueblos encantadores salpican las orillas. Parece que el tiempo pasa más lentamente en ellos. Algunas villas demuestran un carácter tan acogedor que ni siquiera aparentan una burguesía infranqueable. Esta primera parte de la ruta termina con una desviación hacía Abbiategrasso, con un centro animado donde la mayor parte de los ciclistas disfrutan una vejez activa. Dirección Vigevano, la carretera tiene un tráfico cansino, que se atenua al atravesar el Ticino y buscar su centro histórico. La Plaza Ducal es alargada y detalladamente decorada, con sus fachadas llenas de frescos, el duomo y la torre del castillo: un lugar ideal para detenerse a descansar y comer un bocata. La ciudad tiene pocas fuentes, lo que a reponer agua en un supermercado de las afueras antes de afrontar el tramo de la Lomellina. Como imaginaba, este tramo es un campo abierto, con un sol del que es imposible encontrar refugio. Hay cascinas abandonadas y, quizá por ser mediodia, quizá por falta de vida, los pueblos desperdigados que se encuentran al paso demuestran poca vida en la calle. Poco a poco, la ruta conduce al puente de la Gerola, que con sus arcos metálicos atraviesa el Po. La arquitectura es sugestiva y suma al paisaje, con numerosas playas de grava que deja a la vista el limitado caudal del principal río italiano. El siguiente destino es Voghera, llegando a través de otros campos que se mezclan con industrias desperdigadas. La ciudad demuestra una mentalidad anticuada en su plaza central, si es que así se puede llamar al aparcamiento que flanquea toda la catedral. El siglo XX tiene aquí más de cien años, aunque no es excusa para apoyar el culo en el suelo, la espalda en una columna de los pórticos que rodean todo y terminar de almorzar. Serían las tres de la tarde cuando reemprendi el camino, buscando la Greenway del Oltrepò Pavese: como las vías verdes españolas, es un ferrocarril abandonado que ha sido reconvertido en un cómodo carril bici con vistas que, ahora si, dejan atrás definitivamente la llanura. El valle Staffora baja entre colinas e, incluso, algo de nieve al fondo. Los árboles tienen ya hojas, algunos incluso flores. El recorrido termina en Varzi, que tiene un coqueto centro histórico de calles estrechas. Justo ahí es momento de una última pausa antes de abordar la subida final de la ruta. Hace rato que las piernas se notan fatigadas, pero no es excusa para afrontar las moderadas pendientes. Quizá ayudan las vistas del valle, con laderas y edificios que, a media tarde, tienen ya sombras alargadas merced de la pendiente. Se sube poco a poco y el paisaje cambia, pasando de los castaños a los pinos con la subida de cota, dejando atrás pueblecitos compactos que seguramente tengan más edificios que habitantes. El puerto, el Passo del Brallo, se corona con una población encaramada a su cima. Conseguida la meta, solo faltan subir pocas pendientes más para llegar al hotel que he reservado para esta noche. Buen premio para casi nueve horas de pedaleo y la ruta con mi récord de distancia histórica. El alojamiento es anticuado y debio tener días mejores. Pero aquí no hemos venido a por lujos más allá de una ducha, aunque el teléfono dispare agua por doquier gracias a la cal incrustada, y Ina cama blanda que se hunde con mirarla. La cena en el comedor del hotel es sencilla y copiosa. Justo lo que necesitaba, seguido de un paseo para ver las estrellas, que se alzan sobre un horizonte marcado por el relieve y las lejanas luces de la llanura. Son las nueve y pico, y parece un buen broche para un largo día. Solo me espera la cama.もっと詳しく