• 📃 Día 2: Track y diario

    4月4日〜5日, イタリア ⋅ ⛅ 14 °C

    El cansancio de ayer hizo dar de sí a la cama. Buen sueño. Cuando desperté las primeras luces del día entraban por el ventanuco de la habitación. ¿Quien pondría una ventana tan inaccesible con las vistas que tiene? No tardo mucho en prepararme y dar (otro) paseo por el pueblo para ver las vistas, valle abajo. Ahí está todo lo que recorrí ayer. Y sí, sigue viéndose el Monterosa. De vuelta al hotel, el desayuno es más animado de lo que esperaba, amén de una conversación, digamos entretenida, sobre temas de actualidad con el dueño. Todo eso hace que no me ponga en marcha hasta las nueve y media, demasiado tarde. La bajada hacia el otro lado del puerto está llena de recovecos y atraviesa pueblos desperdigados hasta hundirse en la hondonada del río Trebbia. Debo seguir su curso aguas arriba, lo que obliga a subir algún repecho ya que la carretera salva un tramo agargantado a media ladera. Aún así, después de la cuesta, es difícil coger ritmo en el falso llano. Ayuda, sin embargo, que el tráfico, a no ser por los ruidosos motoristas de cilindrada, sea inexistente. Eso permite admirar los mil y un cruces del trazado sobre las aguas limpias del cauce, sus pequeños pueblos y la vegetación, aún privada de hojas. La primavera aún no ha llegado del todo. Una parada en Montebruno, con su puent de piedra, es útil para tomar aire antes de la subida a Barbagelata. Es un puerto de montaña perdido que, finalmente, marca la superación de los Apeninos. La subida es silenciosa y tranquila, incluso juguetona una vez que el trazado alcanza la cresta, con la que baila a uno y otro lado por kilómetros. Subiendo se admiran flores granates en los montes cercanos y a lo lejos una cadena de montañas que, aun desorientado, deben ser los Alpes. Puede que incluso el Monviso asome. Barbagelata está justo antes de la divisoria de aguas, y superar esa línea regala una vista formidable que se extiende hacia la costa. Es hipnótico. Podría estar horas allí. Pero la gloria de escalar hasta esas vistas es tan efímera como el descenso, rápido, con velocidades que rozan los 50km/h. Es como un viaje en el tiempo de pocas semanas, porque a medida que se baja los árboles empiezan a mostrar sus hojas y flores, incluso hay olivos que parecían imposibles pocos metros atrás. Así la ruta se reúne con el fondo de otro valle, que debe ser la Ardesia, que es el nombre de la vía verde que omito porque quiero llegar a la costa lo antes posible para comer. Son casi las tres y a medida que bajo el valle sube el tráfico y aumenta la urbanización. Pronto es un continuo hacia Chiavari, que esconde el mar entre edificios de varias plantas. Sólo al cruzar el río que la separa de Lavagna puede intuirse, y no es hasta que llego a su paseo marítimo cuando me detengo a comer. Una lata de lentejas con atún y mejillones con escabeche, delicatessen. Una hora de descanso al sol es suficiente para afrontar la última parte de la ruta. Un imprevisto es el abrupto final del carril bici, que se estampa contra la playa sin que se pueda acceder a la carretera, al otro lado de las vías del tren que siguen la costa. Así que me toca empujar la bici por la arena, que es más bien una mezcla de chinarros, y tras largos minutos acarrear la bici por las escaleras del paso inferior de las vías. De vuelta en la carretera estatal 1, que se llama Via Aurelia (debe ser una herencia romana), el tráfico es pesado aunque paciente, será que el mar amansa las fieras. Sestri Levante queda rápido atrás hacia el interior, siguiendo un carril bici generoso y largo que debe llevar a muchos bañistas a la playa en verano. Un rápido pitstop en el supermercado y toca la subida, de vuelta a la Aurelia, que se había estampado con una entrada de los montes al mar. Esa carretera secundaria tiene tramos puñeteros de subida, pero se afrontan con paciencia y una vez que se vuelve a la estatal se gana constancia y ritmo. Además de buenas vistas hacia el mar. Toda la subida lleva directa al passo del Bracco, y la hago del tirón con la única excepción de enchufar el transistor Bluetooth a la retransmisión del partido del Betis. Se oye bien, lo que provoca que la poca gente que me cruzo a pie me mira con una mezcla de curiosidad y estupefacción, pero ah amigos, así somos los béticos. El puerto en si no tiene demasiadas vistas, hace falta avanzar para ganarlas. La bajada hacia Framura tiene vistas hacia los Alpes Apuanos, que están en Toscana (no, no me he equivocado con la geografía) además de algún repecho traicionero. El sol ya cala demasiado, y se esconde tras los montes una y otra vez, jugando al gato y al ratón con el descenso. Hay muchos pueblecitos pintorescos, pero solo paro en uno para rellenar agua, lo que me regala unas vistas estupendas que, más alla del mar, se extienden hacia Córcega, además de su torre del reloj, con una esfera de impresionantes dimensiones. La carretera baja estrechandose y se estampa contra las vías del tren, a ras de mar, justo donde empieza la variante que, por suerte, nos regala la vía verde de su viejo trazado. Para acceder a ella hay que atravesar un puertecito y subir un ascensor. Y, desde ahí, túneles infinitos bien iluminados y con alguna ventana al mar digna de postal. Avanzo y avanzo, hasta que encuentro el lugar abalconado donde hace días había previsto acampar. Noche wildcamping con el rumor de las olas. Con un plato de pasta al sugo de funghi preparada al camping gas. No contaba con que la ciclabile, bien iluminada, tuviese tránsito de gente hasta bien pasado el atardecer. Que por otro lado es una delícia. Asi pasan las horas y da tiempo a hacer cuerpo para el descanso.もっと詳しく