• 📃 Día 3: Ruta y diario

    4月5日, イタリア ⋅ ☁️ 19 °C

    Creo que esta noche he dormido poco. Los piquetes de la tienda de campaña no se agarraban al suelo, supongo que la roca estaba demasiado superficial. Los vientos se movían, las olas hacían demasiado ruido y la vía verde, iluminada, era más transitada de lo que me esperaba, especialmente por chavalitos de vacaciones. Incluso pasaron los Carabinieri, que creo dudaron en llamarme la atención, pero acabaron pasando de largo dos veces. Con ese panorama la noche fue un duermevela constante, y a las seis menos cinco el despertador estaba sonando. La oscuridad del cielo, solo interrumpida por una luna llena reflejada en el agua, empezó a desvanecerse poco a poco, mientras desmontaba la tienda. A las siete de la mañana, desayunado, ya estaba en marcha. La vía verde termina pocos kilómetros después, en Levanto, donde un domingo de pascua sólo están en la calle quienes no tienen más remedio que currar. Allí empieza la subida hacia las alturas de Cinqueterre, con pendientes moderadas que pronto dejan atrás las cañas mediterráneas de los torrentes secos y luego siguen con huertos del sinfín de pueblecitos y casas esparcidas por las laderas. Más arriba, siempre más todo se convierte en un bosque de difícil orografia, que poco a poco deja ver entre su densa vegetación los pueblos de la costa e, incluso, el litoral kilómetros atrás. Una fina bruma se extiende, dando un toque surreal al relieve lejano, como si flotase en el cielo. Así se corona el Colle del Termine, dando paso a muchas curvas tras las que se esconden cada uno de los pueblos de las Cinque Terre. No puedo creer que se vea Córcega tan nítida, tan nevada. También l'isola d'Elba. La carretera está en calma y es una delícia descenderla, solo interrumpida por una necesaria pausa caffè para descargar material. Las renovadas fuerzas ayudan para afrontar algún repecho traicionero en la ruta, que sin embargo permite venerar las, seguramente, tenaces y testarudas personas de estos lares, que han construido terrazas de cultivo que parecen escapar a toda lógica. Esas vistas compensan que la ruta no lleve directamente a ningún pueblo de las Cinqueterre, lo cual supondría más metros de desnivel y un retraso inaceptable en un día que tiene las horas contadas. Y quizá más de un disgusto con la bulla turistica que se ha hecho dueña de estos lugares. Así que con la retina bien llena, un túnel de un kilómetro hace cambiar el versante y colocar la ruta directa en la rápida bajada a La Spezia, que más que una ciudad bien parece un gigantesco puerto. Eso sí, enmarcada con vistas sugestivas de los Alpes Apuanos y la ensenada que protege sus aguas. Una vez en las calles de la ciudad los edificios, altos y ordenados, arropan los interminables tinglaos portuarios, pero marcando un nítido confín con ellos a través de amplias avenidas ajardinadas. Justo allí es donde decido apretar para llegar a Viareggio como destino, lo cual no exige ninguna exageración a cambio de no relajarse demasiado. Me ahorro varios metros de subida siguiendo la carretera del puerto y soportando el tráfico que desemboca desde los enlaces de la autovía, pero a cambio recibo una última vista preciosa de Lerici, con su torre dominando el promontorio que pueblan sus edificios. Un túnel más y ya estoy al otro lado de los montes que suponen el último apéndice lígure antes de entrar en Toscana. Una carretera de amplio valle costero y se llega al mar. A un mar completamente distinto. Hay montañas, que son los Alpes Apuanos, pero sus primeras laderas están retiradas varios kilómetros al interior, dejando una costa baja y llana por kilómetros y kilómetros. Por un lado, las poblaciones principales están justo al pie de las montañas, donde la producción de mármol debe ser el principal sustento histórico (aquí está Carrara, de hecho). No por nada, algunas montañas parecen estar desmochadas, con bocados cuidadosamente geométricos. Por el otro, dando metros a mi ruta, todo el litoral es un sinfín de pueblos de vacaciones, posiblemente del boom del segundo dopoguerra. Seguir la costa es un verdadero aburrimiento: apenas puede verse el mar porque en los paseos marítimos, si así se le pueden llamar, los 'lidos', o bien playas privadas, se disponen como una muralla infinita. No hay naturaleza en este mar, reducido a un extractivismo turístico al que, en un día sol soleado y de vacaciones como hoy, la gente acude en masa, con tráfico agobiante por momentos. Marina de Carrara, Marina de Massa, Cinquale, Forte dei Marmi. Todos son lugares prácticamente iguales, repetidos, producidos en masa. Olor a pescado a la brasa, familias buscando el restaurante y, al menos, muchos ciclistas que pasean por un carril bici donde los peatones, a veces, no tienen más remedio que invadir para caminar. Son decenas de kilómetros así hasta llegar a Viareggio, que aparenta ser la génesis de este modelo turístico playero, a juzgar por los grandes edificios del mar en el centro, hechos con un estilo más distinguido y burgués, quizá de inicios del siglo XX. Todo este largo camino lo he pasado siempre mirando al reloj para no perder el tren Intercity que debe llevarme cómodamente a Milán. Y, al final de todo, lo consigo: diez minutos antes de la hora estoy en la estación, permitiendome incluso dar un breve rodeo por la ciudad. Así se cierra el hueco y el pedaleo de estos tres días: 4000km y más de 3500 metros de desnivel. Un viaje en solitario, quizá demasiado rápido, quizá sin tiempo para detenerme, quizá solo un reconocimiento con la excusa de tirar una línea en un mapa disfrutando del movimiento y una fabulosa variedad de paisajes. Italia in sella, sei tutta un'altra roba :)もっと詳しく