📃 Día 2: Track y resumen
Apr 26–27 in Spain ⋅ 🌙 19 °C
Un dia de ruta normalmente me habría despertado antes; esta vez, sin prisa ni pausa, apuro el último rato con Maria e Irene, que me ayudan a bajar las dos bolsas a la calle mientras cargo la bici desde el tercer piso con cuidado de no manchar las paredes. A las nueve y media me pongo en marcha, dejando atrás Puente Genil, sus calles adormecidas y una estación de tren que debió vivir tiempos mejores. Durante algunos kilómetros, siguiendo las vías convencionales que llevan a Córdoba por la carretera principal, se alcanza el inicio de la Vía Verde del Aceite, que debe llevar directo hacia Jaén. Es el antiguo trazado ferroviario que, una vez abandonado, se recuperó como sendero ciclable. El pavimento es de grava compactada y, aunque permite rodar sin problemas, crea más fricción que el asfalto y no deja ir a la velocidad normal. También decido bajar el ritmo para guardar energías y, sobre todo, no dar excesiva carga a la rodilla izquierda, que ayer ya se reveló como potencial fuente de problemas. El recorrido pronto hace gala al nombre del sendero, pues todo es un olivar infinito: primero sobre las suaves formas de la campiña cordobesa, después a la sombra de las abruptas peñas de la sierra subbética. Las formas organizadas en hileras de los olivos resultan tanto más atractivas cuanto más a lo lejos se divisa, y esos panoramas no son una excepción en la ruta. Este monocultivo de secano solo tiene una breve excepción al paso por el primer pueblo de la ruta, Navas del Selpillar, donde asoman algunas viñas características de los famosos vinos de la zona, reconocidos como Montilla Moriles. Es precisamente en ese pueblo donde una romería se cruza en el camino: primero con los más preparados tomando sitio bien temprano para la comilona, luego con el paso de la virgen, que recorre la propia via verde. No son demasiados siguiendo la virgen, suenan tambores y una pequeña bulla sigue la figura, cargada al hombro exclusivamente por mujeres. Aparto la bici a un lateral, recibiendo entre las miradas un acogedor guiño de una amable señora, que me ofrece vino dulce de su bota. Quizá tuviese poderes reparadores, o será la gracia divina de la virgen, porque a partir de ese momento las molestias en la rodilla se atenuan, permitiendome avanzar hacia Lucena a ritmo moderado, quizá también consecuencia del falso llano que hace el sendero, en constante dulce subida. La via verde no pasa cerca de los pueblos, y quien quiera visitarlos debería dar un rodeo. No es mi caso, y me conformo con ver la vista de este municipio, que más bien parece una pequeña ciudad, mientras no pierdo ojo a los múltiples ciclistas y paseantes de domingo que utilizan el sendero. Así, es en el estribo del primer viaducto de la ruta donde hago una pequeña primera parada, poniendo pies en alto y haciendo estiramientos. Poco después sigo adelante, dejando atrás Cabra y su estación, con viejas locomotoras expuestas como piezas de museo, y las trincheras que la via excavó vertical en la roca. La vía verde rodea un gran monte hasta llegar a Doña Mencía, donde un pequeño parque rodea la vieja estación, marcando a su vez el inicio de la bajada sostenida que acompañará en los siguientes kilómetros, permitiendo aumentar la velocidad a la par que Zuheros, con su blanco caserío, su peña con el torreón y el desfiladero que queda a su derecha hacen aparición. Sin detenerme más que para un par de fotos, sigo rápido hacia la estación de Luque, donde finalmente en un merendero a la sombra hago la parada para el almuerzo. Aquí el viejo edificio de pasajeros se ha convertido en una venta de carretera con galones, explotando la cercanía a la carretera principal y aprovechando la marquesina para crear un salón acristalado. Lo que parecen viejos silos han sido reconvertidos en baños de señoras y caballeros y un poco más allá parte un ramal de la via verde que lleva a Baena, que irremediablemente queda atrás tras el descanso. Reemprendida la marcha, y teniendo atención a volver minimamente la vista a la espalda, puede verse una magnífica vista del pueblo de Luque, que parece una serpiente de casas blancas que suben la ladera de un escarpado olivar coronado por una torre albarrana al resto del casco urbano. Es a partir de este punto cuando la ruta se vuelve más silenciosa, quizá en parte por ser la hora de la siesta, pero a buen seguro principalmente por la zona deshabitada que atraviesa el sendero, que es en este punto donde tiene sus tramos con el pavimento más descuidado, aunque no es impedimento para avanzar tranquilo. Son muchos kilómetros sin observar vida humana en los alrededores, sucediendose varias lagunas endorreicas primero antes de varios viaductos de hierro, característicos por sus celosías (si se tiene la fortuna que la perspectiva de la via permite observarlos de lejos) y su tablero, parcialmente en tablones de madera que no dejan mucha calma a hipocondríacos ni gran comodidad a la rodada. Solo la vieja estación de Alcaudete, lejana varios kilómetros de su pueblo, que se ha atisbado minimamente desde la via, permite ver algunos paisanos, antes de detenerme varios kilómetros después para otro descanso, aprovechando una sombra, que no es demasiado habitual en este momento. El aire corre un poco más fresco tras la pausa, permitiendome pedalear con más alegría, lo cual quizá asusta a un buen puñado de conejos que habitan en los márgenes del sendero. De hecho, llevo viendo conejos y liebres toda la ruta, no era consciente de que fuesen tan numerosos por aquí. Sin duda, otra cuestión que a bordo de un coche quedaría inobservada. Poco a poco, conforme asoma la peña de Martos en el horizonte, los paisanos pasantes toman el espacio de la fauna silvestre, llegando al pueblo donde los críos juegan, pasando la tarde. Un breve alto en una fuente me hace coincidir con un crío travieso que lleva a quien cuida de él por la calle de la amargura, sin atender a muchas razones. Dejo sus voces atrás buscando los últimos pueblos de la ruta: Torredonjimeno, primero, y Torredelcampo, después. Es en el primero donde hago el último descanso, picando algo a una hora en la que el sol está ya bajo, inmediatamente dejando atrás varios viejos túneles de la vía, donde la humedad y el fresco de la oscuridad se hacen sentir bien. El terreno es favorable y, con el subidón del fin de ruta cercano, doy rienda suelta a las piernas, que ahora pedalean a alto rendimiento aprovechando que las sensaciones en la rodilla molesta son mejores. Así, la llegada a la ciudad Jaén se hace relativamente rápida, mostrando primero su castillo presidiendo el paisaje, luego un compacto casco urbano que parece respetar estrictamente la frontera con el olivar que rodea la urbe. La vía verde termina en una monumental pérgola de madera, siguiendo luego a la vera de la via del tren que, en funcionamiento, lleva a Linares y Despeñaperros. Callejeando por la ciudad no se tarda demasiado en llegar a la estación, donde justo tengo hostal reservado para la noche, idóneo para descansar y tomar, al día siguiente, la primera conexión para Sevilla, donde regreso poniendo fin a este primer volumen de la ruta. Tendré que volver a Jaén en algún momento para seguir el camino hacia el norte, pero eso será ya otra historia. Por el momento, son las nueve y poco de la noche y la bici ya está con su rueda delantera desmontada y guardada en el almacén. Han sido más de 250 kilómetros en dos días para la primera experiencia cicloviajera en España, sin duda más monótonos que mis pedaladas alpinas, pero ciertamente reconfortantes. Pedalear por aquí ha sido cumplir una vieja ambición, lo cual me deja bastante satisfecho. Aún más ahora, sin duda, sé que vendrán más.Read more

