Volando hacia el Friuli
15. august 2025, Slovenia ⋅ ☀️ 29 °C
Way to Cividale
15. august 2025, Italia ⋅ ☀️ 30 °C
Meta: Udine
15. august 2025, Italia ⋅ 🌙 30 °C
📃 Día 7: Track y resumen
15.–18. aug. 2025, Italia ⋅ 🌙 27 °C
Hay días que la cabeza tira de las piernas y estas se dejan querer. Hoy ha sido uno de ellos, decidido a alcanzar la meta del viaje no obstante el kilometraje bien excesivo respecto al hábito de los días precedentes. El río junto al que dormí había levantado bastante humedad durante la noche, y la zona de descanso donde cené ayuda a hacer el desayuno rápido y ponerse en camino pronto, sobre las siete. Esas horas de quietud en plena fiesta de la asunción se hacen más lentas de lo esperado, siguiendo el río Gail por una llanura monotona, cultivada, con las excepciones de algunos escapados valles tributarios que de vez en cuando se intuyen a los laterales, algunos pueblos típicamente germánicos con sus enormes casas impecables que parecen puestas al tuntún sobre los prados, y el rodeo por el lago de Pressegger. Resulta ser algo evitable, porque el carril bici apenas deja ver el lago entre las numerosas casas de vacaciones y las playas privadas. Una vez de vuelta al rio Gail, he hecho 40 kilómetros y son las diez de la mañana. Un buen descanso a la sombra y un mínimo ajuste mecánico tienen un efecto en las piernas, quizá más psicológico que real, pues ahora tiran más. O quizá es que se acerca Italia de nuevo. Hay varios repechos en ese camino, dándome el turno con una pareja de jubilados con sendas bicis eléctricas. Ellos me adelantan en las subidas, yo recupero terreno y les devuelvo la posición en las zonas favorables. Cada adelantamiento es siempre un saludo, y a la cuarta vez son ya risas. Así se llega la frontera, donde una linea roja marca el límite entre los dos países. Dejada atrás Austria, la italianidad vuelve a hacerse patente, con casas más pequeñas y construidas en contiguidad. Pero lo que más llama la atención es el cambio del paisaje en pocos metros: del lineal y agricola valle del Gail a los bosques, pendientes y recovecos que conducen la vista a altas cimas de imposibles picos afilados. La ciclovia del Alpe Adria se presta a mostrar tal escénico paisaje, además de ser comoda y bien señalizada, tentandome con éxito a parar en el Orrido dello Slizza. Es un fantastico cañón excavado por el agua a decenas de metros, hoy tomado por bañistas y que se convierte en marco ideal para mi almuerzo. Údine esta a casi cien kilómetros de ruta, pero empiezo a plantearme que sea factible alcanzarla en lo que queda de día. Más bien, comienzo a mentalizarme. Tras atravesar Tarvisio y hacer una veloz parada por un café donde el camarero no aprecia que pague con tarjeta (🤌 🤌 🤌), me espera la principal dificultad de la jornada. El passo del Predil es toda la épica que necesita una entrada como se debe en un nuevo país. En la cima está la frontera eslovena, y a ella se llega por un valle de discretas pendientes, un lago de generosas dimensiones que tiene la animación de cualquier playa mediterránea, y varios kilómetros de rampas que, sin ser inabordables, tienen el justo punto de severidad, al menos para siete días de pedaleo. La cima se conquista abriéndose en los tornantes y aprovechando la sombra frente a un sol que cae inexorable sobre el asfalto. La última rampa es de esas que quita el aliento, más por las vistas que por la pendiente. A cada pedalada asoma un poco más del macizo rocoso al otro lado. Es todo roca y las dimensiones son descomunales. Hecha la parada de rigor para retomar aliento en la cima e inmortalizar la bici ante las señales de un nuevo país (¡es ya el noveno que conoce!), el fuerte descenso es una sorpresa a cada curva. Las dimensiones del macizo montañoso son inimaginables. Puede haber un salto de más de mil metros de cima a pies, y se extiende a lo largo por muchos kilómetros. Es increíble, fascinante, sobrecogedor, todo es poco. Da pena coger velocidad ladera abajo por el cuidado asfalto esloveno, pero incluso a cotas más bajas nuevas perspectivas de este y otros macizos siguen causando fascinación. A partir de ahí se sigue el valle del Isonzo, que a juzgar por las pintas de la gente en los arcenes debe ser una meca del kayak y el barranquismo. Las aguas del río son turquesas y crean un bonito efecto con la tupida vegetación mediterránea. Aquí apenas hay espacio para prados y caserios a la germana, se intuye que estas montañas tienen carácter mediterraneo. Los kilómetros se muelen con rapidez en las largas bajadas favorables y con paciencia en algunos repechos, parando de vez en cuando a buscar algún recuerdo en los pocos negocios abiertos en día festivo a pie de carretera. Si, lo veo ya claro, voy a llegar a Udine para cenar, donde me esperan los Piani con su siempre fabulosa hospitalidad. Para ello necesito un punto más de fuerzas, lo cual tiene dos soluciones posibles. Por un lado, apurar la tableta de chocolate que me acompaña desde hace unos días, por otro dar un repaso y engrase a la transmisión, que empieza a sonar amén del polvo recogido durante estos días. Ambas soluciones se hacen notar, y a casi 30km/h sostenidos con largas pedaladas que se hacen fáciles y coordinadas como el respirar. En Kobarid, a 40km de Udine, son las seis de la tarde, se deja atrás el Isonzo y mediante un leve falso llano se llega al Natisone, el río en el que habría dormido esta noche si no hubiera caído presa de la prisa por acabar. Las playas fluviales que me atraían son una feria de familias dándose el chapuzón a esta hora, lo que termina de convencerme para apretar de vuelta a Italia. Eslovenia, breve pero intensa, volveremos a pedalear por estos fantásticos valles y empinados puertos. Natisone abajo, la carretera se inmiscuye en un valle con fondo estrecho y cimas redondeadas por la tupida vegetación, conduciendo directo a la llanura tras atravesar San Pietro y, especialmente, Cividale del Friuli, elevada sobre el río con un notable puente que conecta ambas partes de un vistoso centro histórico patrimonio de la humanidad. Desde allí, sólo queda seguir carreteras y carriles bici de campo donde las fuerzas poco a poco empiezan a ser sustituidas por mayores dosis de adrenalina ante la proximidad de la meta. La periferia de Udine está tranquila al atardecer, y en el centro histórico, con su logia, castillo y Piazza San Giacomo donde la gente apura el día de Ferragosto en el fondo de un vaso de vino. Sin recrearme mucho pedaleo los últimos metros: Gigi, Margherita y Francesco me esperan para cenar en casa, con gran fascinación del recorrido terminado y asombrados del peso de las bolsas. El viaje está listo. El Friuli, conquistado desde las montañas. No es mal premio celebrarlo con amigos. Se sigue viajando mientras se comparten los recuerdos de estos días. Eso es todo, el corazón y la mente lleno de buenos recuerdos. Que se convertirán en más aliciente y más ganas para los próximos a venir.Les mer









































