• Jaime Sierra
  • Jaime Sierra

Alpe Ragosto 🚴

Una aventura cicloturista de verano Read more
  • Trip start
    August 9, 2025
  • 📃 Día 1: Track y resumen

    Aug 9–10, 2025 in Italy ⋅ 🌙 27 °C

    Dar la primera pedalada al salir de casa tiene algo especial cuando el viaje es largo. Se parte lo temprano que se puede y se ve el varesotto despertar con otros ojos. El lago de Varese se despereza, la Valganna por la carretera principal tiene otro color. Un café en la frontera oyendo la tertulia de los viejos y atajo por Suiza, con su vibe turístico pseudoplayero en el luganese y sus carriles bici anchos. Su capoluogo está razonablemente poblado de turistas de cada rincón del mundo, y la orilla de su lago, hacia Porlezza, castiga con algún repecho donde aprieta el calor que poco después se convierte en gloria mirando sus imponentes montañas surgir del azzurro lacustre puro. De nuevo en Italia la situa es más campechana, y el carril bici que lleva al lago de Como, dejando atrás los dominios del Verbano, mezcla bien bosques, pequeña lagos, ganadería y agricultura. Un descenso veloz lleva a Menaggio, donde los turistas internacionales vuelven a aparecer. Bellagio esta justo enfrente, han debido llegar en barco. Hacia el norte el lago se va calmando, con un carril bici intermitente que evita los túneles de la carretera statale y deja paisajes increíbles. ¡Cuanto se pierden los coches por ir recto y deprisa bajo tierra! ¡Y cuanta gloria nos dejan a los demás con tanto silencio por estas carreteras de costa! Rascándome aún los ojos, llego a Cremia, donde cae el primer baño. Sin mucho relax, sigo hacia el norte, por carriles bici estrechos que no permiten coger velocidad, obligando a salir a la statale si no quiero llegar tarde al destino. Hay muchos campings, casi todos tomados por holandeses y alemanes. No me interesan, quiero dormir libre. Y tras acabar el lago y atravesar el Pian di Spagna (porque por aquí empezó hace siglos el Milanesado), llego a la desembocadura del río Adda en el lago. Google dice que es una playa salvaje. Los últimos bañistas se van cuando me pego el baño e identifico el hueco donde echar la tienda. Cae la noche, a lo lejos se oye música de las fiestas veraniegas, incluso desde alta cota se ven fuegos artificiales de la sagra de alguna aldea. Son los días para ello. Me queda dormir... ¡Si los chiquillos de la grigliata unos cientos de metros más alla se calman!Read more

  • 📃 Día 2: Track y resumen

    Aug 10–11, 2025 in Italy ⋅ 🌙 22 °C

    A las seis de la mañana la quietud del lago de Como es sobrecogedora. Las olitas que había anoche han desaparecido, fundiendose su rumor y regalando un espejo que refleja las primeras luces del día. La playa ahora está tranquila: lo que tenía de salvaje no lo tenía de solitario. Es agosto, y los chavales hacen excursiones de noche, con sus parrillas y sus bromas en voz alta. Aún así pude descansar algo. El despertar es más sencillo si, además de las vistas, te ofrecen el desayuno., gentileza de Flor y su padre, José Ernesto, me ofrecen el desayuno, que además acompañan con una animada conversación. Luego empiezo el camino, siguiendo el carril bici en dirección opuesta hacia Cólico, el inicio del sentiero Valtellina que no debo perder de vista en todo el día. Siempre haciendo de guardián al río Adda, al inicio discurre serpenteante entre amplias llanuras de maiz, luego se desvía por obras a la carretera provincial, a lo que sigue un tramo donde la mano del hombre ha debido encauzarlo por un ancho y remansado canal. En esas conozco a Sergo, un señor de casi ochenta años que pedalea con ganas de conversación. Ha recorrido toda Europa en bici, y debe ser el primer italiano que conozco que se deshace en elogios con los franceses. Me lleva al Decathlon, donde se separan nuestros caminos mientras yo busco una luz trasera (la he debido perder o me la han birlado al visitar Milán hace unos días), una esterilla de picnic para hacerme más fácil las cenas, un retrovisor para el manillar y un nuevo cartucho de gas que, por desgracia, está agotado. Hago tiempo mientras la batería externa se recarga, aprovechando la amabilidad de la chica que trabaja en el taller de bicis, y es mediodía. Debo apretar, así que salto la visita prevista a Sondrio (capital de província) y tiro directo por el carril bici que afortunadamente tiene un buen trecho entre bosques, con algún repecho que da fastidio. Esas subidas deben acercar a algunas aldeas con sus características fuentes con pilón y chorro perpetuo. Dura poco esa postal bucólica, pues se vuelve a una llanura llena de cultivos de manzanos y perales sin un resguardo de sombra hasta Tirano, que marca el segundo tercio del sentiero y da una pausa para comer, particularmente en la plaza de las estaciones. Allí se abrazan las líneas de Italia y el grisón ferrocarril retico (el Bernina Express para los numerosos turistas) y en uno de sus bares aprovecho para recargar de nuevo la batería externa, favor que cambio por un lemon soda. Reemprendo la marcha descargado a las cuatro, empezando la subida a Bormio. Aunque se preveia sostenida y con pendientes moderadas, es más bien escalonada (amen de las numerosas presas), lo cual rompe el ritmo y desespera. No lo paso bien y un repecho casi me hace escupir el corazón. La parada en Sondalo es lo más sabio que pude hacer, reponiendo fuerzas con agua y barritas energéticas que se hacen notar apenas vuelvo a pedalear, veinte minutos después. El sol ha caído tras las altas montañas que enmarcan un valle cada vez más estrecho y preocupante: hay carteles que indican que el carril bici y la carretera provincial están cerrados por un corrimiento de tierras. La alternativa seria el tunel infinito de la súperstrada, así que hago caso omiso de los avisos y sigo. Mientras tanto, las vistas se ponen serias: hacia delante una sucesión de cascadas infinitas en el paraje de Le Prese, hacia atrás las altas cimas bajo las que he pasado. Un poco más adelante, tras una subida donde el carril bici serpentea para hacer más liviana la fuerte pendiente, asoma la montaña rota que se llevó por delante un pueblo entero y numerosas vidas hace décadas. Desde ahí la subida se relaja, llegando al punto de cierre de la carretera: es perfectamente practicable, hay solo cuatro rocas esparcidas en la calzada. Otro ejemplo más del síndrome de la liberatoria (o así lo llamo yo) de la administración italiana: para que no salpiquen culpas, se levantan muros de normas y prohibiciones que nadie puede tomar en serio. Dejando atrás este ejemplo de italianità, empieza a asomar Bormio y la urbanización es cada vez más intensa. No busco el centro y me conformo con el impresionante circulo de montañas que rodean todo. Tras 114km, el sentiero Valtellina se da por concluido, pero yo sigo por una de sus antenas hacia una poza termal. Truco de quien conoce la zona y reposo ideal para un día largo de pedaleo. Es reconstituyente. Por el camino he encontrado un lugar ideal para hacer vivac, cerca de la carretera pero relativamente bien cubierto. Solo falta montar la tienda, cenar, ver algunas estrellas y dormir oyendo el ruido blanco del animado torrente que remontaré al despertar. Mañana intentamos subir el Stelvio.Read more

  • 📃 Día 3: Track y resumen

    Aug 11–12, 2025 in Italy ⋅ 🌙 19 °C

    Apenas el día había empezado a clarear y ya estaba desmontando la tienda. El rumor del agua ayuda a despertar y el porridge improvisado con avena, uvas pasas y crema de cacahuete es el empujón definitivo para afrontar lo Stelvio. Durmiendo a las afueras de Bormio estoy casi algunos metros por encima del inicio del puerto, lo cual es un problema porque, de acuerdo a openstreetmaps, si no quiero bajar al pueblo no hay fuentes hasta el kilometro 15 de la escalada... Pero de camino si que hay hoteles, en concreto las termas cinco estrellas donde aprovecho la amabilidad de las recepcionistas para recargar botellas e, incluso, hacerme invitar a un café. Todo listo para la subida, que parte silenciosa, sin compañía: las primeras rampas hacen soltar las piernas hasta que el ritmo se coge definitivamente, una vez dejada atrás la vista hacia Bormio y encarando el valle con impresionantes muros y curvas de herradura al fondo. Se pasan varios túneles y galerías y poco a poco empiezan a superarme ciclistas deportivos a mucha más velocidad. Me sorprendo y en hora y media he culminado medio puerto, justo donde hay situada estratégicamente un bar de carretera. Un cappuccino y una carga interna que mandar valle abajo y se sigue. La pausa ha dado pie a que la carretera se vuelva más caótica, con filas de ruidosas motos montaña arriba. La bici es otra cosa, más real, más convivial. Los ciclistas nos miramos, nos saludamos, incluso alguno me hace elogios observando la carga de las alforjas, algo raro en este territorio de bicis ligeras. Hay comunicación humana entre ciclistas, algo que yendo en una burbuja de metal o sobre dos ruedas ruidosas es inviable. Todo ayuda. También el muro de curvas de herradura (o tornanti, en italiano): si se toma la curva por el exterior, el desnivel se reparte y la pendiente baja, dando descanso a las piernas y regalando un empujón a la salida. La subida sigue por estepas alpinas y a lo lejos asoma la cima dello Stelvio, con las luces centelleates que reflejan el sol a través de los cristales de motos y coches aparcados. Le da más épica al reto. Pero aunque hay un kilometro de receso, lo más duro viene tras dejar atrás el Umbrailpass. Tres kilómetros al 10%. Rompepiernas. Será eso, será ver los glaciares escondidos tras la cima, sera que un motorista parado me lanza un grito de ánimo, pero no puedo contener la emoción. Me falta el aire entre el esfuerzo y el llanto de un reto conseguido. Solo quiero dejar atrás la bulla y el mercadillo del puerto y asomarme el glaciar, lo cual hace que más lágrimas empañen mi vista. Hace tres años, cuando vine a Bormio por primera vez, los viajes en bici solo eran una opción de vacaciones, subir el Stelvio una quimera. Y mirame ahora. Aquí estamos, cargao de alforjas hasta las trancas y haciendo el puerto más alto de Europa en cuatro horas. La cabeza, la obcecación, ser testarudo... No sé si mueve montañas, pero está claro que las sube. Y para celebrarlo, una cerveza y un paseo, que me lleva al pico de las tres lenguas, un sitio donde hasta el 1917 Italia y Suiza tenían frontera con Austria, un punto caliente de la primera guerra mundial hasta que el Sudtirol pasó a manos italianas. Las vistas desde ahí son soberbias, los glaciares se agolpan y la subida hacia atrás parece una anécdota. Para reemprender la marcha casi hay que dar codazos entre el jaleo del puerto, llenos de motoristas metiendo su vehículo en cualquier sitio y de puestos de las tiendas de souvenirs. Que ironia subir aquí arriba para encontrarse en medio de un ejemplo de sociedad consumista (tampoco olvido los edificios de escuelas 'veraniegas' de esquí, suerte con el cambio climático, chicos) en lo que debería ser una postal natural de primera. En fin, retrocedo sobre mis pasos buscando la bajada por el Umbrailpass, de vuelta a Suiza. Quizá no sea tan espectacular que lo Stelvio, pero tiene bosques y cascadas. Justo donde paro a comer coincido con una familia de españoles que me da animada conversación. La camiseta del Betis abre muchas puertas. Tantas que incluso me agasajan con una pulsera y un paquete de jamón. Viajar solo no es nunca soledad, esta claro. En esas veo que se me empieza a hacer tarde para cumplir el programa de la jornada, y emprendo la bajada a toda velocidad, sin mucho éxito porque la vista de la Val Mustair desde las alturas es maravillosa. Ya en el fondo del valle se hace patente que es otra cultura: al grisón romanche le gusta engalanar las fachadas con frescos y flores, haciendo todo más pintoresco si cabe. No me paro mucho y continuo directo de nuevo a Italia obviando la ruta ciclista y tomando la carretera principal, que permite rodar veloz cuesta abajo sin demasiado tráfico. Así llego al valle del Adige, amplio, agrícola y con altas montañas por doquier, doradas por la luz de la tarde. Voy en dirección Mals, donde debo buscar un cartucho de gas para la cocina portátil, que anoche me impidió hacer pasta de cena. Doy con una enorme tienda de ferretería... y bingo. Bastante suerte, porque pensaba que mi encendedor solo era compatible con cartuchos de Decathlon. Una cosa menos, la siguiente comprar pan y algo de fruta, también completada con éxito. Aún toca subir quinientos metros de desnivel para acabar la jornada. Pensaba que tenía las piernas pesadas: a pesar de la liviana pendiente me cuesta avanzar, como si estuviera escalando un muro. En el siguiente pueblo descubro que realmente el azúcar me estaba escaseando: no llegue a la pájara del Lucomagno del año pasado, pero la solución es la misma. Varias onzas de chocolate (svizzero? No, Novi!) y el efecto es inmediato. Se sube a la cabeza y es casi despertar de un trance. Un poco de agua, unos minutos y vuelta a la bici con fuerzas renovadas. Tanto que para superar las cuestas empinadas hacia el lago de la Muta no necesito de más paradas. Atravieso San Valentino, con su iglesia tirolesa (típicas porque están completamente rodeadas de un muro que incluye un cementerio) y ya se ve la presa del lago de Resia. Escalado, el día está hecho. Pero estoy pringoso del sudor, y el agua tienta. Se desaconseja el baño porque a 1500m de altitud el agua está fría. Pero a mi tacto no lo parece tanto, al menos como para hacerme desistir. Así que chapuzón fresco y regenerador y vuelta a la bici, en búsqueda de un sitio para dormir. El lado oeste del lago es el opuesto a la carretera, con el carril bici que lleva al puerto de Resia. A la segunda area de descanso me convenzo y pongo la tienda. Hay buenas vistas al lago, una mesa de picnic y unos prados con regadío en modo periquito gigante. El agricultor me ve y, amablemente, dice que no enciende el surtidor que me mojaria el tinglado. También me dice que no hay problema en dormir ahí. Genial. Veo una estrella fugaz y termino de cenar. Otro día más en la oficina.Read more