Día 10
September 22 in Spain ⋅ ☀️ 29 °C
Una luz tenue se filtra por un patio interior y el cielo pasa del oscuro de la noche a ese grisáceo azulado que anuncia el inicio del día. Para ser el centro mismo de València, el piso de mi hermano es silencioso y tranquilo, quizá como la jornada que se avecina. Podía dar por terminado el viaje el domingo, pero el día puede servir para acercar un poco más la 'long way home' a Italia. A las ocho y media de la mañana, y solo con una alforja con lo esencial, estoy en la puerta del edificio, una vez superados los cuatro pisos bajando la bici a cuestas por la angosta escalera que rodea un ascensor demasiado estrecho para ahorrar la fatiga. La tranquilidad del hogar se desvanece rápido una vez llegado a la zona de la vieja estación central de la ciudad, puerta del casco histórico, por donde decenas de bicis corretean por su carril reservado. València tuvo una alcaldía progresista que, bajo la batuta de un concejal de movilidad italiano, sembró de vías ciclistas la ciudad, y se nota. No obstante, confundido por no tener a mano el móvil de apoyo con los mapas, recorro varios cientos de metros una avenida ancha y concurrida de coches, apresurados por sus tres carriles por sentido y sin espacio dedicado a las bicis. Hay un cierto orden dentro de ese caos y, afortunadamente, a la bici ni le tosen. Bien. Debo volver al punto donde comimos el domingo, pues es allí donde apagué el track de la ruta y no quiero huecos feos en el mapa conjunto. Toda una sucesión de carriles bici me hacen pasar plácidamente por allí, a la par que me alejo del centro y continúo buscando la huerta norte de la ciudad, dejando atrás el campus universitario de la Politécnica. Valencia es una ciudad densa, con bloques de pisos de varias alturas por todas partes, y con ello un espacio público bastante vivido. Será por ello que la abrupto límite en el que acaba la ciudad y, seguidamente, comienza la huerta, me resulta fascinante. Pequeñas casas agrícolas aparecen, ajenas al ruido urbano, casi como paradas en el tiempo, y los campos, algunos recién sembrados, son una alfombra bajo los edificios de la ciudad, cada vez más lejanos, que parecen asomarse al llano verde a respirar. Un carril bici bien ancho y rectilíneo, compartido con pasantes y corredores, pone rumbo hacia el norte, dejando a los lados varias poblaciones donde el patrón denso y sin interferencia entre huerta y urbano se repite. Pasan muchos kilómetros así, en un llano solo interrumpido por un pequeño cerro a un lado, hasta llegar a Puçol, donde la via verde pasa a ser una carretera bien asfaltada, con líneas verdes a los lados e inscripciones en el suelo que recuerdan a cada poco que la prioridad la tienen ciclistas y peatones. Son varios ciclistas de carretera los que me cruzo y pocos coches mientras, poco a poco, hacia el oeste, las laderas de las serranías empiezan a acercarse. Sobre la última de las lomas despunta el castillo de Sagunt, que se alarga por cientos de metros sobre la cima. El pueblo se desarrolla al otro lado del monte, y al rodearlo comienzan a abrirse callejuelas de una ciudad tranquila hecha sobre la ladera. No me resisto a hacerme otro esmorzaet, con un bocata de revuelto y chistorra, tomando algo de pausa tras trenta y pico kilómetros. Casi una hora después, la temperatura ha subido varios grados y la plaza principal del pueblo está llena de abuelos echando el rato. Dejando atrás la ciudad, donde parece parte un camino a Santiago, decido olvidarme del mapa (que debo consultar sacando el móvil principal del bolsillo a cada paso) y seguir las señales de la ruta Eurovelo 8. Esta lleva dando un rodeo hacia peqieños pueblos del interior, rodeados siempre de interminables cultivos frutales de naranja. No son siempre consistentes las señales, pero cuando están se reconocen bien por sus soportes naranja butano. Se nota que estamos ligeramente a más altitud, ganada casi sin percatarnos, pues la fina línea azul del mar se alza sigilosamente sobre los cultivos. En Benavites doy un pequeño rodeo para acercarme a su torre señorial, llamativa por su planta rotunda y su coronación en pequeño voladizo y brillante tejadillo, y al llegar a Almenara atravieso una calle llena de jaulas, cada una dedicada a una peña local, por lo visto para las fiestas en las que sueltan toros. Parece todo mucho más industrial y perfeccionado que en Elche de la Sierra, también con menos encanto. Desde allí se rodean un par de montículos con pinares y varias marismas y se llega a la costa, que se sigue por kilómetros. Aunque las carreteras siguen el mar, lo hacen varios kilómetros al interior, evitando las pedanias marítimas por su costado trasero y dejando la ruta a merced de las vistas de una huerta cada vez menos viva y cuidada y apenas sin vistas del mar, paradójicamente. Será ese escenario cansino, o quizá el agotamiento mental de ver cerca el final de la ruta, lo que hace cambiar la alegría del pedaleo con la que salí de Sagunt por un avanzar apesadumbrado, casi pesimista, cuando me da por pensar en el futuro. ¿Y si estas olas reaccionarias, cada vez más fuertes y violentas, que sin apenas oposición policial destrozan coches porque piensan que son de oenegés etiquetadas interesada y acríticamente de filoetarras, repitieran el Siglo XX? ¿Me imagino exiliado o luchando? ¿Escapando con la bici buscando la libertad y la fraternidad en otro lado? En medio de esas ideas tormentosas abonadas por la triste actualidad, abandono la carretera trasera y deambulo por uno de esos pueblos marítimos, dedicados a las vacaciones sin los excesos de la costa alicantina, casi pareciendo que reservados a las segundas residencias de los vecinos de la zona. A pesar del día soleado y ligeramente caluroso, es un martes de finales de septiembre y apenas hay gente por la calle. Domina el silencio, solo roto por la conversación de tres jubilados a la sombra de un pino, discutiendo en perfecte valencià de poble. El que va sentado en una silla de ruedas eléctrica con una bandera de España amarrada al respaldo, haciendo un esfuerzo con una voz rota, ha debido soltar algo polémico, pues los otros dos le replican que hay gente aprovechada y con mala baba tanto como entre trabajadores como en empresarios, pero que él, a juicio de su contexto, debería tener más sensibilidad de clase y no repetir los discursos capitalistas. Justo lo que necesitaba mi ruta. Tras un rato viendo el mar, me pongo de nuevo en marcha buscando de nuevo la carretera trasera de los poblados, que de vez en cuando permite pasar por otras localidades marítimas. En ellas, la calle paralela al mar suele estar edificada a ambos lados, creando hacia la costa una pared de chalets de mediados del siglo pasado, solo rota por algún callejón que da acceso a las playas y permite ver el azul del mar. La arquitectura abierta de esos edificios familiares no es fea, casi entrañable con sus balcones, escaleras abiertas y habitual ornato de plantas, testigo de una España que se descubría el veraneo antes de la Ley de Costas. Así llego a la playa de Borriana, que tiene un puerto que a la espalda de su dique parece haber dejado una gran explanada que aleja la orilla del mar por cientos de metros. Es un ultimo saludo al mar antes de recuperar el interior, al que regresamos por un carril bici hacia el pueblo de Borriana, por el que pasó bordeando el centro buscando un camino directo hacia Castelló. Un carril bici junto a una carretera de varios carriles y rotondas lleva directo hacia la periferia de la capital provincial, donde busco un Mercadona para calmar mi hambre aunque sean ya las cuatro de la tarde. Una tarrina de ensaladilla y un mendrugo de pan bien cumplen su cometido y permiten que me de un paseo por el centro de Castelló sin preocupaciones. Todo parece concentrarse en la plaza de la catedral, con una torre campanario sencilla pero de bella factura y un mercado central en obras. Curioseando por el mapa descubrí que hay unos búnkers de la Guerra Civil abiertos a la visita, y no podía pasar de largo. Amarro la bici, bajo a las profundidades, y encuentro testimonios e historias tristes, de una población sometida a los bombardeos indiscriminados de unos nazis y unos fascistas que utilizaban a la población civil como objetivos. Cientos murieron. Curiosamente, visto el museo, veo un futuro similar más lejano que esta mañana; podemos hacerlo mejor, espero, a pesar de tener la maquinaria de la IA, los intereses de las grandes corporaciones tecnológicas y las potencias mundiales contra los consensos más dignos y básicos. El ánimo irá por ratos, supongo. Así que me pongo en marcha hacia la estación, donde concluirá el volumen del viaje oficialmente, pasando por el parque central de la ciudad, donde sin éxito busco llenar mis bidones de agua. Encuentro modo de refrescarme con la última horchata del viaje en el tercer local que pregunto en torno al gran edificio intermodal. Esa gran caja blanca esconde a un par de niveles de profundidad seis vías, en una de las cuales está el tren de cercanías estacionado que debe llevarme de vuelta a Valencia. Afortunadamente hay salidas cada media hora, sin reserva de asiento y con bicis permitidas sin replegar, lo cual da una flexibilidad poco frecuente en el sistema ferroviario español para desplazarse de una provincia a otra. Aunque se permiten las bicis, no hay espacios específicamente dedicados a ellas, y cuando nos juntamos seis ciclistas al libre albedrío la cosa se pone un poco complicada, aunque se gestiona bien. Una hora y pico después, desandando toda la jornada y reconociendo los paisajes que habia pedaleando durante el día, el tren nos deja en la estación de València Nord. La casa de mi hermano no está lejos, asi que tras el suplicio de volver a subir la bici escaleras arriba es momento de descansar. Una ducha, unas tapas por la calle, un helado y un sofá que me atrapa en mi agotamiento. Mañana tendré que desmontar la rueda delantera de la bici e introducir todo en una funda para llevar la bici en el tren de alta velocidad de vuelta a Sevilla. Paciencia. Al menos mi hermano me traerá las alforjas delanteras la próxima vez que pase por la ciudad andaluza, evitando ir sobrecargado en el tren mañana. Con todo, no se cuando, pero volveré con la bici a València en algún momento, deshaciendo el camino en tren hacia Castellón y volviendo a pedalear desde allí, hacia el norte, Catalunya, Francia y quien sabe más. Italia y su lago Maggiore se acercarán con más golpes de pedal en un nuevo volumen de la Long Way Home. Hasta entonces.Read more







































