Salida de Jaén
September 12 in Spain ⋅ ☀️ 30 °C
Aquí llegué hace unos meses, desde Sevilla. Hoy retomamos la ruta y seguimos. Segunda parte de la long way home, vamos! 💪
Día 1
September 12 in Spain ⋅ ☀️ 30 °C
La llegada a Jaén tuvo un poco de retraso, gracias a las cosas de Renfe. Afortunadamente, la bici está sana y salva tras viajar en el maletero de dos autobuses. Jaén parece hecha en una cuesta y apenas se sale de la ciudad, perdiendo metros, se conquista el paisaje que acompañará toda la ruta: el olivar. El monocultivo solo desaparece cuando alguna serranía se hace más escarpada de la cuenta, y Sierra Mágina es uno de esos casos. Hay que rodear estos montes, y sus faldas son pendientes sostenidas arriba y abajo. Hasta Mancha Real se sube en el momento más caluroso de la jornqeq, lo cual empuja a descansar bien en la comida. Luego, hacia Jimena, es más bien hacia abajo y parece correr más el aire. Bedmar a continuación es otro repecho que se pasa con las bonitas vistas de su monte y su torre. Alcanzado el pueblo, quizá, aparecen los paisajes más bonitos de la jornada, con riscos abiertos en canal y unas montañas frondosas de bosque, siempre sobre los olivos. Un poco más adelante en el camino está Jódar, destino de la jornada, donde la piscina que planeaba usar para descansar y refrescarme está desafortunadamente cerrada. Paciencia. Un olivar me servirá para descansar y pasar la noche, aunque me había dejado tentar por el hotel del pueblo que, finalmente, estaba completo. He comprado un aislante para dormir, a ver qué tal se porta.Read more
Día 2
September 13 in Spain ⋅ ☀️ 26 °C
Creo que tengo tan normalizado el olivar que dormir en uno ha perdido incluso la gracia. Y eso que es la primera vez que lo hago. Anoche eché la tienda con los últimos rayos del sol y creo que debí esconderme bien. A pocos metros había un área de esas que llaman recreativas, con bancos y merenderos, que me vino de lujo para desayunar. Alguien había dejado peras ercolinas (mis favoritas) y eso le puso un punto dulce al porridge improvisado con uvas pasas y mantequilla de cacahuete. Un poco más allá está el cementerio de Jódar, y la fuente de agua en su puerta también parece caída del cielo, porque no se prevén muchas poblaciones en el primer rato del viaje. Es todo un olivar, por kilómetros y kilómetros, mientras la Sierra de Cazorla empieza a acercarse, Sierra Mágina queda atrás y a ratos se intuyen Úbeda y Baeza coronando el horizonte sobre el valle del Guadalquivir. La ruta se hace lenta, incluso cansina, porque el sol pega, todo parece repetido y la pendiente no es muy constante. Cuesta tomar ritmo y algunos repechos se atragantan antes de llegar al primer pueblo importante del dia, Huesa. Llego a las once, así que aún sirven desayunos (y buena cuenta de ello da la peasso tostá que me hinco), y es hora de reposar antes de las cuestas serias del día. Rápido paso por panadería, crema solar y a escalar hacia Balerda, donde el paisaje de olivar empieza a mezclarse con los pinares. Dejo atrás sierra escarpada que parece un tributo a la catalana Montserrat y apenas tuerzo el primer collado el paisaje se enrevesa. Al fondo, Tíscar, con su angosto desfiladero al que tendré que volver en otra ocasión. Lo más que puedo acercarme es una carretera donde el sol pica cual desierto hasta que aparecen los pinares, que ya serán constante hasta el final de la ruta. La carretera sigue subiendo, aunque la sombra y el aire ayudan. Las vistas cada vez son más espectaculares, elevandose sobre el fondo del valle y dejando vistas por donde asoma Sierra Nevada, que en la lejanía no parece tan impresionante. Quizá cause más estupor justo eso, reconocerla a lo lejos. En ese punto abandono la carretera y la ruta pasa a discurrir por una pista forestal que debe llevarme a 1800m de cota. El firme se encuentra en excelente estado, y el trazado se ve que no está hecho de cualquier manera, con excavaciones importantes que incluso crean profundas trincheras en la roca. El calor se hace sentir, y la lata de albóndigas que será mi almuerzo, amarrada por dos tirantes en el portabultos, se calienta al sol. Pega duro, y la señal que prometía una fuente a 4km, lo cual era un buen objetivo para marcar la hora de comer, parece siempre más irreal. Tras una pausa y un último empujón, la fuente se abre ante mí, cayendo un sólido hilo de agua desde un muro. Sienta como un oasis en el desierto. El agua está fresca y clara, aunque al rellenar el bidón parece tener algo de residuo. Preferible una digestión pesada a dejar pasar la oportunidad, claro. Y quitada la sed busco una sombra, echo la esterilla y lleno el estómago. Me hace pensar. En este día de vagabundeo ciclista cosas simples como echarse agua a la boca, una lata cutre de albóndigas o el water de la cafeteria de Jódar (a pesar de que le falte la tapa y deba hacer equilibrios) parecen un lujo. Tenemos tanto dado por descontado que asusta que algún día estas cosas puedan dejar de funcionar (ay, si la IA se vuelve maligna...). No puedo reposar mucho más porque las avispas del vecindario de la fuente se vuelven algo hostiles, así que es hora de partir. Se ve que el reposo viene bien a las piernas, que están mucho menos pesadas tras la comida. Tomo ritmo subiendo, a medida que los muros de roca redondeados se alzan como una muralla natural al otro lado del valle. Son casi las seis cuando corono el paso de montaña, llamado de Puerto Llano, que casi suena a cachondeo. Sin mucho pensar echo carretera abajo para intentar no alargar demasiado el dia: la pista forestal tiene un firme nivelado que permite tomar buena velocidad. Sin darme mucha más cuenta, atravesando más bosques de pinos, llego a un llano donde un chaval piropea mi bici y mi ruta, mientras un grupo de zorros nos rodea mientras charlamos. Estos animales van bien de poca vergüenza, aunque no menos que la de los humanos que los alimentan y consienten, a pesar de las prohibiciones. Son tan espabilaos que uno incluso mordiquea la alforja donde tengo la comida (ya tiene buen olfato). Sin más daños que volcar la bici y un pinchazo en la espalda al levantarla, que espero no me dure demasiado... El chaval, de la zona y que ha pedaleado con su novia por la zona, me regala amablemente un gel para la ruta. Buena gente. Toman la delantera y empiezan a bajar la ruta, mientras yo me paro en el nacimiento del Guadalquivir. Un hilito de agua y unas pozas marcan el inicio del río grande andaluz. Sin demasiada pausa bajo con buen ritmo y adelanto a la pareja, que quedan atrás rápidamente hasta que llego al camping, donde un ciervo me recibe sin mucho miedo, quizá malacostumbrado como los zorros. Rápidamente monto la tienda junto al Guadalquivir, me doy una merecida ducha y me hago de comer una pasta al campingas con pesto y una lata de caballa. Sabe a gloria. Como la birra que me sirve para brindar a un buen día. Mañana, más.Read more
Día 3
September 14 in Spain ⋅ 🌙 25 °C
Con la primera luz del clarear, me extrañó ver una bolsa de plástico blanca abandonada unos metros más allá de la tienda. Se parecía a la que usaba para la basura, colgada de una alforja delantera. El mal presagio era cierto: esa bolsa ha caído de la propia alforja, la que cargaba con la comida, la que dejé en ese espacio de la tienda entre el habitáculo y el exterior, y que ya no está. Sin darme tiempo a pensar mucho, y quizá alertada por mi desconcierto de primer despertar, una sombra con una luz frontal encendida se acerca hacia mi. "¿Es tuyo esto?", pregunta una voz joven, alzando la alforja perdida. "Ha aparecido en aquel árbol, han sido los zorros", añadiendo ante mi respuesta afirmativa. En efecto, la bolsa está rasguñada, sucia y mordisqueada: una hebilla medio rota, una cinta perdida y un gran agujero en la parte superior. Aunque los animales no han sido capaces de llevarse nada, poco les ha faltado. Es una faena porque la alforja es buena, pero parece que puede repararse. A la sombra, que resulta ser un chico que viaja con su novia y otra pareja más en una autocaravana, le han robado dos chanclas, cada una de un par distinto, y no parará de buscarla, sin éxito, hasta que le pierda de vista. Yo, en cambio, pienso solo en desayunar y arreglar el roto: la bolsa podría aguantar, pero sin remendar esos mordiscos puede volverse un buen problema. Así que puntual a las nueve, cuando abre la recepción del camping, estoy allí pidiendo aguja e hilo. Ya he limpiado la suciedad de la tela y solo me queda armarme de paciencia para zurcir la broma. Mis artes de costura no son muy eficaces, y la operación a bolsa abierta me lleva casi una hora y media. Las horas más frescas del día han volado, y el recibimiento de la ruta es un repecho al poco de empezar a pedalear, pues el cauce del río se retuerce en una garganta que hace imposible que la carretera siga su curso. La poca altura que se gana permite divisar todo el valle alto del Guadalquivir, que será el rumbo de la jornada, así como la cadena que lo separa del pueblo de Cazorla, que da nombre a toda la zona. La vegetación es frondosa y fresca, llena de pinos que recuerdan a paisajes de otras latitudes. El descenso hacia Arroyofrío es rápido y sirve para que me dé cuenta de que las marchas rápidas, que deben ser esenciales hoy, no engranan bien. La cadena está sucia tras la jornada de caminos de polvo de ayer, y eso tampoco colabora. Hay que buscar un punto para hacer mantenimiento a la bici o el día, aún más, será un suplicio. Por lo pronto, Arroyofrío más que un pueblo parece un centro turístico, lo cual me desanima al principio pero, bien mirado, puede ser mejor que tener toda esa población allí concentrada, en casitas de un pintoresco tan impostando como mediocre, en lugar de dispersa por el valle, que parece bien conservado lejos de la urbanización. Al menos allí encuentro una farmacia abierta donde retirar un bálsamo para mis labios resquebrajados por el sol y una pomada para el dolor de espalda, que algo se ha retraído desde ayer, al menos. Puesto en marcha de nuevo es mediodía y pica el sol. Sería ideal encontrar un lugar bien sombreado para reparar la transmisión de la bici, y no es hasta kilómetros después, en una gasolinera fuera de servicio, donde encuentro el sitio. Primero limpio y engraso la cadena, luego ajusto el cambio. Odio esta operación y creo que nunca cambiaré de opinión. Por más que toque tornillos y gire el tensor no parece cambiar nada. Largos minutos después, parece estar listo. Son casi las dos de la tarde, y tengo más ganas de comer que de cocinar. A pocos kilómetros hay varios kioscos, que llaman chiringuitos. Uno de ellos, El Tobazo, es donde paro. Ya desde la carretera parecía ideal, con su terraza sombreada bajo los árboles de la ribera del Guadalquivir, que discurre meandroso bajo un cauce ancho y rocoso. El dueño y única figura del personal cara al público (que somos una pareja y yo) tiene un acento muy distinto al mío, muy marcado, pero nos entendemos. Me trae un rin-rin, que es un aliño típico de la zona a base de patata machacada, aceite y bacalao, que devoro con devoción. Luego me sirve una trucha de la zona a la piedra: literalmente el pescado entero con una sorpresa en su interior a base de lonchas de jamón. Un espectáculo. Ángel, el dueño, me convence a pedir un postre, y el flan casero tampoco decepciona. Tras descansar, charlamos cinco minutos y, tras embadurnarme en protector solar, reemprendo la marcha. Hace calor, y aunque Ángel decía que bajar el río hasta la presa es todo llano, la carretera es una sucesión de leves repechos que impiden coger ritmo. Ayudan las vistas, que a los pocos kilómetros quedan dominadas por el intenso azul del embalse del Tranco de Beas, la presa de cabecera del Guadalquivir. Por el camino, en una carretera tranquila de tráfico, también se ven altos muros de montaña en cumbres relativamente lejanas, alguna formación rocosa particular (una en particular parecía formar los dedos de una mano) y algún pájaro monumental dando vueltas al cielo sobre el mirador dedicado a Félix Rodríguez de la Fuente. Los ciervos aquí, aunque guardan distancia con el asfalto, parecen ser menos hechos al trato humano, y miran con recelo a la bici si es que no huyen a su paso. Un poco más allá se abre majestuosa la presa del embalse, de tonos levemente rojizos y un castillete en el medio. Se atraviesa por una carretera estrecha con sentidos altenrados para el tráfico, lo que no permite detenerse mucho a observar el gran tajo del valle que corre río abajo. Tras un breve descanso, frustrado por el cierre de todos los bares de la zona donde esperaba tomar un refresco frío, reservo una habitación en Hornos, a quince kilómetros, y cuya aparente fortaleza ya dominaba el paisaje al fondo del embalse. Para llegar hay que subir un repecho sostenido y constante por una carretera cubierta por la sombra, lo cual es un alivio a pesar de la subida. Poco a poco, el olivar va ganando terreno, aunque aquí parece ser más un cultivo de resistencia y tesón que una extensión industrial. El repecho concluye en Cañada Morales, que parece una agrupación de pocas casas donde una fuente, observada con más fé que intuición, calma la sed y rellena los bidones, en vista del repecho definitivo del día que conduce a la meta. Éste llegará tras un descenso rápido hacia recuperar, casi, la cota del pantano, justo donde veo las primeras vacas del viaje, pastando un prado sorprendentemente verde para la época. La subida a Hornos parece épica, a juzgar por lo que nos acercamos al pueblo y la diferencia de cota que no se recupera. Son tres rampas, largas, para llegar al final. Puedo con ellas con menos problemas de lo que podía esperar, pero me sorprenden las dos curvas de herradura que las unen: bastante abiertas y con una pendiente que, lejos de suavizar, se acentúa en el codo. Justo lo contrario de lo que estoy acostumbrado en Italia. Una vez superadas, Hornos se abre con un cruce de caminos que, a juzgar por los cuatro bares y comercios, parece marcar el ritmo del pueblo. Un poco más allá está la Casa de Huéspedes, regentada por la simpática Patricia, que me da una animada conversación mientras registra mi llegada. La habitación intenta tener un leve toque actual aunque eso no le quita el sabor añejo a pensión setentera que demuestra el baño, con su alicatado lacrado a media pared y su plato de ducha alto. Tras un merecido aseo y breve descanso, paseo por el pueblo al atardecer, intentando acabar el pan de ayer antes de tener que tirarlo, engañandolo con el salchichón. Es una idea para evitar cenar demasiado en el bar que se vuelve imposible toda vez que traen una tapa con cada cerveza y el tamaño de la ensalada quitaría el hambre al mismísimo Homer Simpson. Asusto a la chavalada que toma su tintito de verano en la mesa de al lado con mis aspavientos a los goles del Betis, y en el descanso regreso a la habitación a pensar en la etapa de mañana. Ni tan mal, después de todo.Read more
Día 4
September 15 in Spain ⋅ 🌙 24 °C
Despertarse en Hornos habría sido algo completamente diferente si no me hubiera alojado en la Casa de Huéspedes de Patricia. A las ocho, como convenimos, me tenía preparado el desayuno andaluz, acompañado una buena conversación. Ella gestiona con mimo esta pensión desde hace año y pico, y busca un equilibrio entre un alojamiento turístico auténtico pero que no de pasos hacia la masificación de un lugar donde la calma es su principal activo. Hablamos de como poner las cosas demasiado fáciles para el visitante contribuye a su sobreexplotación y a la pérdida de los valores que, originalmente, atraen a la gente. Desde luego, Hornos no tiene autovía cerca y los transportes no sirven para llegar muy lejos muy rápido, y quizá eso tal y como están las cosas, en un lugar especial, no sea una tragedia. Podría estar toda la mañana, ya que el tiempo vuela con la charla, y no es hasta las nueve y media cuando me pongo en marcha. Subida ganando seiscientos metros para empezar, dejando atrás las últimas vistas del embalse del Tranco y cambiando los olivos, donde saludo algún currante, con los intensos y densos pinares. Un camión con troncos cortados me traslada a los Alpes, y caigo en que este paisaje tiene más cosas en común con mi querida cordillera de las que podía imaginar antes de llegar a esta parte de Jaén. La subida se hace larga hacia el final, con rampas largas y constantes, y el puerto se corona sin un misero cartel que advierta de su nombre. Digamos que se llama "El Campillo", como el refugio que hay poco después y que está tomado por un rebaño de cabras. Temo que haya algún perro pastor, cuestión que no se da, y sigo de largo, cambiando de paisaje rápidamente a los pies de la peña del Yelmo: los pinos poco a poco desaparecen en el altiplano y se abre una vista cota abajo que, empezando por la vistosa Segura de la Sierra, coronada por su castillo, se pierde en lo que, imagino, debe ser el sur de la meseta castellana. Razón para parar, a pesar de no tener sombra, y reponer fuerzas. Retomada la ruta, el descenso no termina de aparecer, y el altiplano está lleno de falsos llanos donde las piernas pesan. Aparece el monte del Navalperal, coronado por una caseta blanca, y desde allí comienza el descenso hacia Siles, solo interrumpido por un repecho a mitad de camino. Antes de llegar al pueblo hay un área recreativa con playa de río donde un señor me da breve conversación, pasando de hablar de la ruta al Betis, habida cuenta que hoy visto de verde con el escudo más bonito del universo en el pecho. Ya en Siles aprovecho una plaza con sombra para dejar la bici y hacer algo de compra: algunas latas en un supermercado, pan en el horno y un tomate a una señora que los trae de su huerta y los vende en la plaza con amabilidad en las formas y en el precio. El señor del supermercado, muy madridista, también tiene ganas de charla, aunque también tiene palabras de elogio para mi equipo del alma. Son las cosas por las que un viaje en solitario no significa estar solo. Pero, al mismo tiempo, es ya la una de la tarde, pica el sol, y quiero llegar al nacimiento del río Mundo para comer. Esta a 20km con un puerto de 300m de desnivel que superar. Acepto el reto y devoro con rapidez los primeros 10km, bastante favorables. Un cartel de la Junta da la despedida de Andalucía al viajero y comienza la provincia de Albacete, por lo que sumando otros viajes de este año puede decirse que he atravesado mi tierra de punta a punta. Sin demasiado tiempo para recrearme, los primeros metros de Castilla-La Mancha dejan ver un par de poblados construidos en torno a la carretera, quizá aprovechando tierras fértiles, quizá como emplazamiento para segundas casas de campo. Hay poca sombra y apenas comienza el puerto me detengo junto a un retén de bomberos forestales a beber agua y mentalizarme para la subida. Con paciencia y una breve parada adicional a mitad de camino lo consigo, no sin poco esfuerzo. El Puerto del Arenal es un acceso al sendero que lleva al nacimiento del río Mundo, y allí varias familias se reúnen para hacer pícnic. Yo sigo adelante, tomando el desvío por carretera hacia el gran anfiteatro que es ese monumento natural. Las dimensiones asombran, la altura de ese muro de roca debe ser de cientos de metros. Uno se siente muy pequeño. Dejo la bici amarrada ya que no se puede continuar si no es a pie, y tras varios minutos de paseo llego al pie de la cascada. Hay agua, aunque no demasiada, pero eso no deja el lugar sin encanto. La imaginación vuela hacia una situación de crecida de caudal, con caños de agua cayendo por doquier. Debe ser un espectáculo mayor de lo que ya es, tanto que dan ganas de volver un invierno de lluvias. El asombro quizá engañe un poco mi cansancio, y definitivamente comer una improvisada ensalada de garbanzos con caballa y el tomate de la señora de la plaza ayuda a reponer fuerzas. Aún así, visto el nacimiento, tengo ganas de acabar la etapa pronto, así que sin mucha dilación me pongo en marcha, recupero los metros perdidos desde la carretera principal, y continúo con el descenso del Puerto del Arenal. Paso de largo en Riópar y, bajando varios kilómetros más por el valle del Mundo, llego al camping que me acoge esta noche. Hay pocos campistas y se está tranquilo, y aunque son las seis de la tarde procrastino y el tiempo vuela sin hacer mucho más que montar la tienda, fregar la olla de los restos del almuerzo y lavar tres cosas de ropa sucia. Me preparo la ruta para mañana y creo que madrugaré más de lo normal. No solo será un día de kilometraje algo más largo, además puede llover por la tarde y sería ideal evitar mojarse. Quizá toque improvisar más de lo habitual, ya veremos.Read more
Día 5
September 16 in Spain ⋅ ☁️ 25 °C
Los días que son una contrarreloj es siempre mejor empezarlos cuanto antes. A las dos de la tarde hay una alerta -leve- por tormentas que es mejor evitar, así que a las seis y media de la mañana, cuando todo el camping duerme, estoy ya en pie y desayunando. Siempre parece un rollo despertarse con la oscuridad, pero que la primera imagen de la jornada sea el cielo estrellado no es mala cosa tampoco. No soy especialmente rápido en activarme por las mañanas, y si hay que desmontar una tienda aún menos, así que no es hasta las ocho en punto que no echo a rodar, que ya es una hora y media de adelanto respecto a ayer. Tener 30km, una tercera parte de la ruta, recorridos a las nueve y media parecía entonces demasiado optimista. Y, sin embargo, así fue, a pesar de la escalada inicial. El puerto del Peralejo se despereza subiendo metros poco a poco, elevandose sobre el río Mundo, mientras las cumbres de un valle que se enroca poco a poco en un cañón quedan acariciadas por la luz anaranjada del amanecer. Alguna cabra montesa me observa con atención desde las cunetas y en los muros de los desmontes mi perfil y el de la bici se proyectan con precisión. La carretera tiene asfalto nuevo y hay alguna inscripción animando a las figuras de la Vuelta que han debido pasar por aquí hace poco. El poco tráfico y el mucho silencio redondean una postal en movimiento que se prolonga hasta la cumbre del paso de montaña, donde el valle queda atrás y comienza un altiplano donde se suceden los prados secos y amarillos, con una pendiente leve en descenso que permite alcanzar altas velocidades muy a menudo, en especial si se adopta la posición aerodinámica de enrocarse sobre el manillar y tender el pecho sobre el cuadro. Así se baja rápido hasta el último breve repecho, tras una pequeña angostura boscosa, antes de llegar a Elche de la Sierra, el hito del kilómetro 30. Hay autobuses aparcados y banderolas españolas por todas parte. El ánimo del pueblo es distinto, un goteo de gente camina en la misma dirección. No es hasta que veo un chaval con una larga vara que no confirmo la lógica intuición: el pueblo está en fiestas, y estas giran en torno a los encierros. La plaza del pueblo tiene unas estructuras de vigas de madera que sirven de burladeros y de graderios a la vez, sobre las que se encaraman personas mayores en los pisos superiores, creando una imagen que fluctua entre el asombro por estar fuera del tiempo o la preocupación por la integridad física de los ancianos. Mi bici cargada de alforjas llama la atención de algunos vecinos festivos, con simpáticos comentarios y preguntas, bromeando con participar en el encierro pedaleando. Aunque quisiera, el festejo comienza a las once, y perder dos horas en esto es un riesgo contra la lluvia que no quiero correr. Me pongo de nuevo en marcha, solo dejando prioridad a una banda de música en sentido opuesto, y continúo con el descenso, que se prolonga con alguna breve interrupción hasta el mismo río Segura. Desde allí comienza un tramo de subida intermitente entre bosques y montes con muros pelados y cárcavas, que se hace sin mucho problema porque aún es pronto y el calor aún no ha llegado. Así llego a Ferez, donde esperaba hacer el segundo desayuno, aunque está todo cerrado. Quien sabe si el vecindario ha peregrinado a Elche por las fiestas, lo cual explicaría por qué me cruzaba con tantos vehículos y me adelantaban tan pocos. La situación me obliga a seguir hasta Socavos, a pocos kilómetros y cien metros de subida más, donde encuentro un bar de parroquianos que a la vez es supermercado y teatro de comentarios y chascarrillos cuestionables. Es la mitad de la etapa, y en vistas de que es posible llegar a Caravaca para comer, hago una cata de varios dulces del mostrador acompañando un café con leche para dar fuerzas a los otros cincuenta kilómetros previstos. Son las doce y me pongo en marcha, dando paso a una carretera monótona con prados secos y cultivos de secano siguiendo una pendiente favorable donde puede circularse a buena velocidad. Se nota que dejamos atrás Castilla-La Mancha y entramos en la Región de Murcia porque el asfalto está más ajado y los arcenes más sucios. Poco a poco se abre el paisaje hacia los alrededores de las serranías, con vistas a otros montes hacia el este, pero no es hasta que dejamos atrás la carretera de Calasparra y enfilamos Moratalla cuando no empieza a reconocerse la huerta murciana, salpicada de vez en cuando con pequeñas casas aisladas. Moratalla se alza cada vez más cercana con un casco urbano edificado sobre una ladera un monte donde sobresale sus edificios históricos. Si fuera esa sola la postal, habría asumido la pendiente... Pero la nube amenazante que se acerca desde el interior me hace acortar camino, a pesar de que el sol sigue cayendo con fuerza sobre mi cabeza. Un par de caminos rurales asfaltados rodeando el pueblo en la vega de su arroyo y busco enlazar con la carretera a Caravaca. Son ochenta y cinco kilómetros en las piernas, y aparece el hambre. Por fortuna, la barra de pan del bar de Socavos la tengo al alcance, amarrada a una alforja, prestandose al pellizqueo en una sombra junto a una industria animada por el paso de carretillas logísticas. La conservación de la carretera de Caravaca deja que desear, con arcenes tomados por las malas hierbas y la suciedad, justo donde el tráfico aumenta. No es problema, porque la entrada a Caravaca por su Alto homónimo se despeja de coches. Se nota el cansancio, pero tras el repecho de un kilómetro se abre el paisaje hacia la fortaleza de la ciudad, su casco histórico y su vega. Es reparador y da pie al júbilo. Desciendo directo hasta la plaza del pueblo cuando el cielo empieza a cubrirse y a sonar a tormenta. Apuro la barra de pan con una lata de mejillones y busco una habitación, cercana y con aparcamiento para bicis. Cuando entro al alojamiento empiezan a caer los primeros goterones de la tormenta, que descarga con ganas cuando ya me he dado una ducha y estoy tumbado en la cama, descansando, a eso de las cuatro de la tarde. Y aún parecerá un día corto, pero a las seis, aprovechando un pequeño claro, me doy un paseo, buscando la fortaleza y la basílica. El pueblo está gris y solitario, en consonancia con el ánimo de la tarde, y sin prisa y mas pereza que otra cosa aprovecho para reponer provisiones y hacer una colada, algo ideal a mitad de ruta. Unas tapas en un bar cercano con alguna cerveza y a la cama. Mañana la situación de lluvia empeora y es una incógnita a que hora será más sensato moverse. Mejor descansar.Read more
Día 6
September 17 in Spain ⋅ ☁️ 26 °C
Ver seco el patio del hotel al despertar me trasladó un agobio raro: la lluvia debía caer por la mañana, y si a las ocho de la mañana no había llegado quiere decir que voy a dejar pasar horas secas. Antes de consultar el pronóstico me pongo a organizar las alforjas para, en su caso, poder salir lo más rápido posible. Resulta que las tormentas están concentradas en la costa, al otro lado de la serranía que separa el campo de Cartagena y el interior de la región. Puedo tirarme a la carretera en cuanto esté listo, pues. Y con esas, a las diez menos algo, estoy bajando el cerro sobre el que Caravaca asienta su casco histórico. Las vistas desde las alturas muestran nubes grises encaramadas a los montes cercanos, poco halagüeñas pero, afortunadamente, deshaciendose a cada pedalada por la Via Verde del Noroeste. Este trazado de viejo ferrocarril, abandonado en los setenta, es la ruta a seguir durante el día. Los primeros kilómetros siguen la vega del rio Argos, uno de esos que sólo llevan agua cuando llueve pero que dibujan cauces suficientemente anchos para acoger los caudales torrenciales. Ante eso, la vieja infraestructura ferroviaria se desarrolla con un primer viaducto que, mirando atrás, regala una bonita vista de Caravaca y, tras un túnel, el segundo muestra una panorámica de la ciudad vieja de Cehegín, también construido sobre un cerro. La vía mantiene las distancias con el casco urbano y acto seguido se interna sobre campos de secano con una subida levisima pero constante que conducen a un largo y denso pinar. La superficie de la via verde es de una grava fina, bien compactada, que permite ir a una velocidad de crucero, sostenida, sin demasiado esfuerzo, protegido por las trincheras del trazado y el propio arbolado. Al abrirse a campo abierto en las proximidades de Bullas se nota la resistencia del aire, a la que poco después se suma la naturaleza de la gravedad, pues Bullas está también en lo alto de un cerro que hay que superar. Merece la pena por una casa de fachada azul intenso en la plaza del ayuntamiento. Son veinte kilómetros sin rastro de la lluvia, justo cuando recibo una notificación de El País, avisando que han decretado aviso meteorológico grave en Cartagena por tormentas. En efecto, las lluvias son muy intensas allí, según el radar, y un nubarrón negro parece venir desde allí en nuestra dirección. Cálculo posibles refugios en los siguientes kilómetros, que afortunadamente son de bajada y con el pavimento excelente, permitiendo rodar veloz y dejar atrás el cielo más oscuro. La vía verde desciende hacia otra gran rambla, notándose que el trazado guarda un cierto respeto a los cauces pues más bien los atraviesa en lugar de desarrollarse a lo largo de ellos, incluso con túneles que podrían evitarse si el agua no fuese tan problemática. Por desgracia el pavimento pasa a una grava más gruesa y más suelta, que crea charcos y ralentiza el paso. A la mínima tomo un desvío a la carretera general y, sin dudarlo, bajo directo por ella hasta Mula, que es más o menos la mitad de la ruta. Ese descenso muestra nubes aún más amenazantes, así que el pueblo se convierte en refugio para matar el tiempo mientras se aclara la situación meteorológica. Mula tiene un castillo que debe estar elevado un centenar de metros sobre el casco urbano, y una plaza central con otra torre además del campanario de la iglesia. Dos paisanos de cierta edad auguran lluvia necesaria además de suerte para el viaje, mientras busco un bar para tomar un café y un zumo mientras veo que hacer. Una nube esta clavada entre Mulas y Murcia, aunque media hora después parece estar disolviendose en el radar. Es casi la una de la tarde y el terreno, en principio, debe ser favorable. Pero hay que recorrerlo para descubrirlo, y a pesar de la pendiente ligera hacia abajo el camino está en peor estado: más bacheado donde los tractores usan la vía verde para acceder a los campos pero, sobre todo, embarrado en los tramos en trinchera, pues el agua arrastra sedimentos que se acumulan en el trazado, donde las ruedas de la bici se hunden y se convierten en patines sobre hielo. Más de cuatro o cinco derrapes, afortunadamente sin caída, se suceden durante kilómetros cansinos, también, por el paisaje desértico, combinando ramblas y colinas llenas de grandes cárcavas y surcos de escorrentía. Incluso las aldeas que de vez en cuando aparecen dan la impresión de estar en consonancia con el paisaje por el punto descuidado, al que parece darle la espalda todo el mundo. Solo algún cultivo de regadío rompe con la monotonía de vez en cuando. Llegado a Alguazas la ruta se topa con el río Segura y con la sensación de periferia murciana, que poco a poco pasa de casas humildes de pedania a las primeras urbanizaciones de una ciudad que parece moderna, con un campus universitario como primera presentación y un tranvía que cose la ciudad. Este tramo pesado del camino termina por internarse en una gran avenida con edificios altos, camino a seguir hasta que una gran rotonda, que guarda una plaza dentro con unas letras corporeas con el nombre de la ciudad, da la bienvenida al centro histórico. Voy a tiro hecho a la Plaza de las Flores, meca del tapeo local. Son las tres de la tarde, y la ensaladilla en rosquilla y los rebozados entran de lujo. Dudo sobre si seguir ruta hacia Orihuela, pero mejor ver Murcia con calma y tener tiempo para ver el partido a las siete. Reservo un hotel, me relajo. Ducha y paseo: el río Segura baja con agua, la catedral tiene una llamativa fachada, el casino muestra desde fuera la exuberancia de sus formas y el centro tiene un ajetreo de gente arriba y abajo. La tarde pasa rápido con el fútbol, repito menú de tapas a la cena, compro algo de fruta y de paseo vuelta al hotel, ya de noche cerrada a las nueve. A descansar, mañana debemos ver el mar.Read more
Día 7
September 18 in Spain ⋅ ⛅ 24 °C
Es de dia en Murcia cuando abro los ojos, y una leve bruma se alza en el cielo. El cansancio en el séptimo día de ruta se hace notar, y sin mucha prisa a las diez menos algo estoy en marcha, tras volver a ensamblar todas las alforjas en la bici, que ha dormido en un espacio reservado en el parking del hotel. Murcia parece tener buenos carriles bici, aunque la prioridad en los semáforos siga siendo bastante tendente al gran vehículo. Sin darme mucha cuenta, en pocos minutos estoy a las afueras de la ciudad, siguiendo el carril bici del río Segura, que además forma parte de la ruta Eurovelo 8, que sigue la costa mediterránea, y en este punto sigue rigurosamente el dique que contiene las aguas en su nivel torrencial y protege cultivos y las pocas viviendas desperdigadas. El río dejó de ser un espejo en la ciudad, y su cauce está tomado por un denso cañizo que impide ver el agua. Noto rápidamente que el freno delantero de la bici apenas funciona, probablemente gastado de las frenadas de ayer. Nada que no pueda solucionarse con dos minutos de mañana y llave hexagonal del cinco. Puesto de nuevo en marcha, la huerta murciana se llena de frutales y el valle se rodea de serranías a ambos lados, más altas e imponentes de lo que podía imaginar. El carril bici está asfaltado y no son pocos los ciclistas deportivos y corredores que lo usan. Lastima que ese asfalto dure solo hasta entrar en la Comunitat Valenciana, donde se vuelve a la grava, aunque bien compactada. Temia ese tramo por el fango, cuestión que afortunadamente no se verificó sobre el terreno. Me cruzo a los primeros cicloviajeros de la ruta, que parecen ser unos valones acompañados de un guía que agradecen mi augurio de "bon courage". Así, la primera parte del día se hace rápida, fijándome en como cambia el paisaje de los montes o que buena parte del talud del cauce está cubierta por un geotextil, dándome a pensar si se deba, también, a proteger el canal contra la erosion. Atajo un meandro dirigiéndome a una carretera local y llego directo a Orihuela, primera parada del día tras 25 kilómetros. Las viviendas se amontonan sobre el cauce del Segura, que divide el casco urbano, aunque parecen darle la espalda. Imagino que en las crecidas más de un vecino no duerme aquí. Ya en el casco viejo la catedral deja a la vista, o mas bien regala a la ciudad, un claustro completamente accesible desde la calle principal, como si fuera una pequeña plaza. Un poco más adelante, en cambio, hay banderas republicanas y telas con versos colgando de los balcones: la casa natal de Miguel Hernández está a la vuelta de la esquina, al final se una calle de casas construidas con humildad y tantos colores vivos. Hernández nació en Orihuela y muchos de sus poemas evocan estos espacios. Una sala con manuscritos originales y un paseo por la casa de la familia, con la famosa higuera del huerto, completan una visita que hace justicia al poeta. Al ponerme de nuevo en marcha, dejando atrás la plaza donde conviven un gran mural del poeta y un enorme edificio histórico que resulta ser un colegio de curas (las dos Españas, supongo), la ciudad se convierte en un palmeral en su periferia, antes de convertirse en una sucesión de pedanias con casitas humildes metidas en la huerta. Todo muy llano y con carreteras relativamente frecuentadas donde el tráfico tiene más paciencia conmigo de lo que esperaba. Ruedo rápido y las poblaciones se suceden: Redován Callosa, Catral, San Felipe Neri. A partir de ahí empieza a notarse algo más de calor, atravesando el parque natural que responde a un humedal actualmente seco. El ritmo poco a poco ralentiza, y enfilando una carretera un poco más principal, camino de Elche, el viento lateral empieza a hacer su incómodo acto de presencia. Poco a poco mina la moral y solo veo la hora de llegar a Elche a comer, pasando de largo ante varias ventas de pueblo de interesante aroma de cocina. Llegado a Elche, atravesando el río Vinalopó, el casco histórico se descubre animado sobre las dos de la tarde, con chavales que salen de clase y gente que apura la cerveza, quizá antes de ir a comer a casa. Justo los bares parecen no tener gran cosa para comer, así que cercano al palmeral encuentro una terraza con copioso menu del día: ensaladilla, croquetas y un arroz con costra que no termino de entender, porque la costra parece una especie de pastel de huevo o quiché con carne embutida en el plato. No está mal y sacia, incluso demasiado, pues me deja un poco aturdido e incluso pienso en echar una siesta en el cercano parque-palmeral, emblema de la ciudad. Sin cerrar los ojos, son las cuatro cuando reemprendo la marcha, y el viento lateral de antes ahora es prácticamente un frustrante viento de cara. Las pedaladas cuestan el doble y, a diferencia de los puertos de montaña, el esfuerzo tiene poca recompensa. Este viento cansino acompaña hasta Alicante mientras el paisaje, por un lado, se abre hacia el mar (¡finalmente!) y el aeropuerto, con aviones aterrizando que sobrevuelan mi cabeza cada cinco minutos, y hacia los montes del interior hacia el otro, con nubarrones negros que seguro acarrean importantes tormentas. Afortunadamente las evito y solo me queda la ventolera, al menos, a lo largo de un generoso carril bici en paralelo a una autovía, cubriendo bien toda la distancia entre Elche y Alicante. A la ciudad se entra por uno de sus polígonos industriales, con su caos de coches mal aparcados y basura enquistada quizá de hace lustros, y por amplias avenidas donde nadie ha pensado en poner un carril bici. De hecho, Alicante parece una ciudad bastante hostil a la bici a primera vista, aunque quizá estoy sugestionado por el intenso tráfico de la hora punta de la tarde del viernes. Evitando el barrio del ensanche voy directo hacia la ladera del castillo, donde las pintorescas calles del Barrio de Santa Cruz, con sus escalinatas, claras fachadas y macetas por doquier, hacen las delicias de los turistas, recordando que llegan en masa catapultados al vecino aeropuerto. No falta el grupo de amigas cincuentonas preocupadas por encajar todo en el plan, la parejita con su trípode para salir guapos en las stories, la reunión de amigos de despedida de soltero uniformados con una camiseta de mensaje ligeramente cuestionable, los asiáticos con sus poses felices en fotos qué tardan una eternidad en capturar, el grupo de chavales sonrientes de vacaciones despreocupadas tras un día de playa o la familia con niños ya cansados de todo. Este maremágnum guiri no casa bien con el rollo de este viaje, así que encuentro fuerzas para seguir más allá de Alicante, siendo un hostel a diez kilómetros un buen compromiso. Llamo y aceptan bicis, así que vamos directos, siguiendo la costa por la carretera, ya que el paseo marítimo no admite bicis, confirmando mi sospecha sobre la mala relación de Alicante con la movilidad sostenible. Al menos a un cierto punto se abre un tramo de vía verde con varios túneles y pintorescas vistas, no solo del mar sino de la arquitectura desarrollista de torreones, sol y playa de la segunda mitad del siglo pasado. Alicante sigue extendiendose por kilómetros hacia el norte, esta vez ya en modo playero y de urbanizaciones. Atajo despegandome de la costa en un cabo y llego a una playa rectilínea, urbanizada casi hasta la orilla, y que conduce directamente a El Campello, otro municipio marítimo, justo donde el hostel está ubicado y donde hago una rápida parada en el súper para algunas provisiones. Las vistas se abren hacia el norte y no dejan dudas sobre la posición de Benidorm en la costa, con sus altas torres que se distinguen perfectamente a decenas de kilómetros. Mañana lo veremos de cerca. Por el momento, el hostel parece espartano a primera vista, con un desorden inicialmente desconcertante pero asumido a fin de cuentas. Es también la casa del dueño, lo cual al final hace del todo una situación familiar y suficiente para las pretensiones del viaje. La cocina está bien equipada y adoro no tener que sacar el camping gas para cocinar una pasta rápida con un brick de tomate frito y una lata de caballa. Hay un pequeño espacio chill-out que me viene superior para escribir estas líneas antes de, por fin, descansar. La meta empieza a verse ya cercana.Read more
Día 8
September 19 in Spain ⋅ ☀️ 25 °C
Las primeras luces del día amanecían en El Campello al despertar. Aquel hostel era un chalet con cuatro apaños para recibir a varias docenas de personas, aunque afortunadamente se hace sentir la temporada de septiembre y aquello estaba a medio gas. El día hoy se prevé largo y es mejor ponerse en marcha pronto. Sin embargo, el radar advierte de lluvias hacia el norte, y algunos nubarrones lo atestiguan al salir. Uno en particular debe estar creando un severo temporal en el mar, aunque desde nuestra perspectiva regala un bonito espectáculo filtrando los rayos del sol. La ruta atraviesa rápido El Campello, que tiene dimensiones modestas y no se siente muy explotado, y desemboca en la N-332, que sigue toda la costa por esta zona. Carretera bien mantenida y con buen arcén, se recorre sin problemas a primera hora, observando las primeras grupetas de ciclistas licrados. Incluso veo algún cicloviajero en situación similar a la mía viajando en dirección contraria. Entre esas, empieza a observarse Benidorm desde la lejanía, con sus altas torres, si bien primero hay que atravesar Vila Joiosa. Son varias urbanizaciones desde el sur antes de llegar a su paseo marítimo, caracterizado por decenas de edificios de humildes fachadas coloreados de tonos pastel. Hoy seguramente estén tomadas por el turismo, aunque parecen conservar su pasado con dignidad, a la par que la salida del pueblo hacia el norte atraviesa barrios obreros, posiblemente hogares pensados para pescadores, a juzgar por algunos equipamientos. La carretera hacia Benidorm sigue un rectilíneo monótono hasta que de golpe la ciudad se abre con un 'skyline' de torres esbeltas y de dudoso gusto estético. La más alta, el edificio Intempo, se lleva la palma con ese cuerpo en dos torres unidas en la cima por un cono que quizá quiera recordar a un diamante. Me recuerda la sede de un villano de película cómica y no puedo evitar retratarme con tal engendro de la arquitectura. Al poco estoy en el paseo marítimo de poniente, que está más relajado de lo que podía esperarme para la fama del luga, ya que está principalmente tomado por jubilados. Básicamente, la relación de la ciudad con el mar se divide en dos por su casco historico. Éste, elevado en un pequeño montículo con callejas estrechas y culminado con un balcón mirador, separa las dos playas (Poniente y Levante). Aún tengo por ver la de Levante, pero en el balcón del Mediterráneo, con sus vistas al islote frente a la ciudad y los cientos de torres, poco a poco parece que el turismo internacional empieza a aparecer. Ya en Levante se confirma: bares con letreros únicamente en ingles, con televisión de pago británica, jovencitos luciendo aura hortera y jubiletas expats paseando en carrito eléctrico, además de una arena de la playa notablemente más concurrida. Pido una horchata a un precio despropositado y contemplo la situación. Caigo en que en estos contextos mi bici y yo pasamos completamente desapercibidos, o más bien ignorados.A diferencia de los pueblos del interior, nadie saluda, nadie se acerca, nadie da conversación. ¿El sobrestímulo y la bulla quitan capacidad de asombro o de interacción? No puedo responderlo, y vuelvo a ponerme en marcha, dejando atrás Benidorm por un extremo del pueblo donde hay grandes naves con servicios y discotecas, edificadas en torno a la vieja carretera nacional. Más de un turista pedalea por el arcén de la carretera, a pesar de un viento ligeramente hostil que por momentos recuerda al episodio cansino de ayer. La ruta, que abandona la costa rodeando un gran macizo por el interior, retorna a la costa en las proximidades de Altea, acercándose a través de varias urbanizaciones de pisos blancos. Si hubiera planificado la ruta mejor podría haber encarado directamente el casco historico del pueblo, donde asoma una iglesia con una cúpula interesante, pero cuando me doy cuenta estoy a sus pies sin mucha más posibilidad que seguir recto para no perder demasiado tiempo. Son las doce y el tráfico se hace intenso, a la par que el arcén desaparece en una ambigua mezcla con la acera. Un cabo al fondo, salpicado de urbanizaciones de chalets, aparece cada vez más cercano y al consultar la ruta observo que el único modo de superarlo es volver a la carretera nacional, justo en el tramo que conecta la Autopista del Mediterráneo con Calpe, el siguiente pueblo señalado en la costa. La incorporación se hace a través de un enlace con amplios ramales, lo cual siempre deja una peligrosa ambigüedad para la trazada de la bici, más lenta ante el enjambre de vehículos en diversas direcciones. Al menos el arcén, salvo pocas excepciones, es ancho y señalizado para la bici, así que solo cabe tener paciencia en el ascenso de varias decenas de metros. La subida permite volver a ver el panorama lejano de Benidorm y culmina en una sucesión de cortos túneles y viaductos sobre un barranco. No puedo más que pararme al ver cómo una chica se prepara para lanzarse haciendo puenting, primero con sus gritos nerviosos y luego de pura euforia al volar y balancearse. Desde alli, un poco mas adelante, comienza el rápido descenso hacia Calpe, donde (está vez sí) planifico un rápido paseo por su casco historico. De muchos balcones cuelgan pancartas con caras de chavales que deben tener alguna responsabilidad o distinción en las fiestas locales (aunque lo de tener tu cara a gran formato me parece a priori engreído). El centro de Calpe tiene alguna calle pintoresca con macetas y un lienzo de una vieja muralla con un arco. Sin más, desciendo de nuevo hacia el paseo marítimo, donde se observa otra gran peña cercana, y continuo camino, buscando un Mercadona donde pueda comprar el almuerzo y la cena.Tras dejar atrás una laguna con algún flamenco, llego al super y me hago con varias latas y una ensalada fresca, que adecuadamente planifico comer en unos merenderos un par de kilómetros más adelante. Resulta ser un acierto con vistas al mar y sombra de pinar, con varias calas que asoman a los pies del lugar. Tras la comida y algo de descanso, el recorrido se convierte brevemente en un serpenteo entre pinos y entradas y salidas del mar, dando lugar a más calas que me recuerdan a Menorca o algunas partes de Córcega. Se hace agradable hasta llegar a Moraira donde, tras rellenar un poco de agua, comienza una ascensión que poco a poco se empina para superar los esterotres del Cabo de la Nao, que representa el punto más oriental de la Comunitat Valenciana. Las ultimas rampas del repecho se hacen cansinas bajo un sol de justicia, aunque luego comienza una bajada que, tras alguna breve ondulacion, lleva directo a las afueras de Jávea, que tiene una costa baja y rocosa donde pocos se atreven a bañarse. El casco antiguo está elevado, varios kilómetros hacia el interio, en el comienzo de la subida a la serranía de otro cabo, en este caso el de Sant Antoni. Tras un breve café con hielo en un mercado municipal dedicado al tardeo
a estas horas, comienza la subida del Montgó, que afortunadamente da tregua de sombra en buenos tramos, haciendo más fácil la subida. Desde lo alto se observa como el campo de Jávea es un gran llano cultivable, y al cambiar de versante se observa toda la costa hasta Cullera y más allá, seguramente Valencia. Es difícil no soltar pues un suspiro con los muchos significados que pueden sacarsele al final del viaje, cuya meta asoma. El descenso es rápido y con conductores pacientes, llegando directo al centro de Denia, última población de la jornada. Tiene varios puertos, un castillo en un cerro y una larga calle que debe ser el corazón pulsante del pueblo. No me detengo mucho y rodeando el castillo por el interior voy a parar a una ancha carretera, paralela al mar un centenar de metros, que es la principal vía se comunicación de centenares de edificaciones playeras que parecen construidas sin ton ni son, sin estaf integradas con las vecinas y sin más interés que un acceso directo a la playa. Desde aquí toda la costa es baja, y eso permite poner velocidad de crucero en la ruta. al Se ve que aquí ha llovido bastante está mañana ya que está lleno de charcos, alguno de considerables dimensiones. La carretera acaba abruptamente en una rambla, que solo puede superarse con un puente peatonal, que da a varios callejones detrás de los cuales se oculta el camping donde pasaré la noche. Se nota que no es un camping natural, sino playero, por los precios y la actitud más festiva y menos reposada de los campistas. De hecho, el bar del camping, en primera línea de mar, tiene música en vivo esta noche. Tras un baño en la playa descubro que es música verbenera que hace las delicias del publico, mayormente entrado en edad. Tengo pocas fuerzas más que para una ducha, cena y tomar una birra observando al personal divertirse al son de la música, aunque eso me hace estar con buen ánimo divertido aún a distancia del baile. Mañana son casi ochenta kilómetros, en principio todos llanos, y si el aire respeta podemos tomarlo con tranquilidad. Mientras tanto, momento de descansar.Read more
Día 9
September 20 in Spain ⋅ ☀️ 28 °C
Hoy la meta se siente cercana, así que despertarse en la tienda con la luz del día es un pequeño gusto para empezar la jornada. El chiringuito donde anoche los campistas corrían la juerga tiene el rastro de la fiesta, con las mesas de la terraza aun por recoger y limpiar. Es lo de menos, pues una silla dando la espalda a la escena es suficiente para mirar al mar con la luz de un sol que había amanecido media hora antes. No tengo muchas ganas de desayunar, así que opto por recoger el campamento (luchando contra las hormigas, que han descubierto la alforja de la comida) y buscar un esmorzaet en Oliva, que es el primer pueblo de la jornada. Son ocho kilómetros sorteando urbanizaciones de golf y siguiendo una carretera paralela a la nacional, muy tranquila a las diez de la mañana. El centro de Oliva está ligeramente en cuesta, y tiene una iglesia con una fachada recia y contundente, sin adornos y pocas ventanas. El bar que encuentro tiene una buena terraza, donde un grupo de europeos del este dan buena cuenta de cervezas y alguna cosa más contundente. Aquí se desayuna fuerte, si a esto se le puede llamar desayuno. El esmorzar valencià es otra cosa: un bocadillo potente, un café, una ensalada, unos cacahuetes, un café y un refresco. Los valencianos son grandes defensores de su gastronomía, espero que llamar brunch a esto no sea ofensivo. El homenaje es ideal a las diez de la mañana para tomar fuerzas para el día, aunque comienzo pedaleando con calma callejeando por los caminos de la huerta. Se atraviesan pequeños pueblos de casas humildes y bien compactos, seguramente para no restar un metro cuadrado a los cultivos de naranjas, que dominan el paisaje plano que se extiende hasta la costa donde despuntan los altos edificios turísticos, casi como si fueran una némesis territorial. El contraste se consuma en el Grau y la Platja de Gandía, con altos edificios que se asoman a un ancho paseo marítimo ligeramente elevado sobre la arena blanca y fina de la costa, salpicada de los mil colores de las sombrillas que refugian a los bañistas de un día de sol de justicia. La vista del mar me calma, pero por desgracia dura poco: las carreteras que siguen la costa están varios cientos de metros al interior, naturalmente pensadas más en dar servicio a la actividad agrícola que al playeo. La sucesión de viales de distinta anchura pero siempre llanos, dejando a la izquierda las últimas ondulaciones de las serranías, me permiten poner velocidad de crucero y volar a casi 25 kilómetros por hora, que con una bici trekking cargada de alforjas no puede darse nunca por descontado. El camino a Cullera se hace rápido pues, y casi sin darme cuenta estoy bajo su monte, coronado por un depósito redondo de aguas y una iglesia. Esa elevación del terreno resulta en una entrada al mar tomada por altos edificios pero, sobre todo, alargados en terrazas escalonadas, que conducen al cabo donde yace el faro del pueblo. No tengo mucho tiempo ni espacio para pararme, ya que estoy creando cola al tráfico en los dos repechos de la carretera, pero este punto es un hito costero y de la ruta: es la última vista a la costa baja y lineal que he seguido desde Dénia y la primera vista real de València. Con alguna excepción, parece un mar menos explotado turísticamente, en primer término con chalets sencillos de estos que se hacían hace cincuenta o sesenta años casi de cualquier manera para afortunados veraneantes. La carretera vuelve a despegarse del mar y no debo pedalear mucho para encontrar el oasis que necesitaba, anunciado por un gentío que se agolpa frente a un local aparentemente sencillo. Los veinte metros del negocio estan recorridos de punta a cabo por una vitrina que no tiene un centímetro libre de llamativos dulces y comidas preparadas, que la gente compra para llevar o para tomar en una generosa área de merenderos al otro lado de la carretera. El éxito del sitio es tal que incluso pueden hacerse las comandas a través de unas pantallas, como si fuera una multinacional de la comida rápida. Gracias a ello descubro en el menú la "bicicleta", que es un cóctel helado que mezcla la horchata y la limonada. Lo pido con dos fartons, que son los sencillos pasteles, blandos y dulces, que se mojan en la horchata. Es justo lo que necesitaba: algo rápido y refrescante para los últimos kilómetros hacia València, donde me espera mi hermano para comer. Esos últimos veintipico kilómetros, donde vuelvo a tomar una velocidad de crucero al pedalear, dejando a un lado caminos más lentos que en otras circunstancias habría disfrutado mucho, se mueven entre los pinares de la costa y la gran laguna salada que es la famosa Albufera valenciana. El lago interior es un plato de agua rodeado de arrozales y con una paz particular, transmitiendo parsimonia, un ritmo lento y propio comandado por las barquitas amarradas en el embarcadero de la Gola de Pujol, que conecta el lago y el mar. Siguiendo la carretera principal se llega a El Saler, donde un carril bici lleva de nuevo a una costa, serpentenado entre matorrales pero siempre más próximo a la gran ciudad: las grúas del puerto están cada vez más cerca, vuelve el paseo maritimo enlosado y finalmente se estampa en el nuevo cauce del Túria, que hay que superar a través de un puente ciclopeatonal. Son los últimos kilómetros del día, atrapados entre las vallas del puerto y los grandes viales que le dan acceso a sus mercancías. Una pasarela peatonal, hecha a tramos con varios codos y tomada por una excursión de felices holandeses en bici en dirección contraria, es el último obstáculo antes de darnos de bruces con el legado de Calatrava y sus exhuberantes edificios de la Ciudad de las Artes y las Ciencias. Un par de calles más y son las tres y media, donde me espera mi hermano con una hamburguesa. Relax y anécdotas de mi viaje y de su fin de semana. Luego paso por un autolavado para quitar lo que le queda a la bici del fango murciano. Pedaleamos juntos hasta su piso, en pleno centro de la ciudad, teniendo que subir la bici a cuestas hasta el cuarto piso. Parece mentira ver la bici domesticada en un salón tras estos días de aventuras. Sin relajarme mucho, toca una ducha rápida y a ver el partido de fútbol, que no deja demasiadas alegrías en este día. Pero en este punto podemos darnos por satisfechos: el objetivo de este volumen de la long way home era llegar aqui. ¿Termina aquí el viaje? Puede que no. Mañana descansamos y el martes... Ya veremos.Read more
Día de Descanso
September 21 in Spain ⋅ ☀️ 23 °C
Un desayuno sin prisas. Compras en el Mercado Central. Cocina. Siesta. Paseo sin prisas. Cena con amigos. Descansar las piernas y, también, la prosa. Mañana, última página del volumen.
Día 10
September 22 in Spain ⋅ ☀️ 29 °C
Una luz tenue se filtra por un patio interior y el cielo pasa del oscuro de la noche a ese grisáceo azulado que anuncia el inicio del día. Para ser el centro mismo de València, el piso de mi hermano es silencioso y tranquilo, quizá como la jornada que se avecina. Podía dar por terminado el viaje el domingo, pero el día puede servir para acercar un poco más la 'long way home' a Italia. A las ocho y media de la mañana, y solo con una alforja con lo esencial, estoy en la puerta del edificio, una vez superados los cuatro pisos bajando la bici a cuestas por la angosta escalera que rodea un ascensor demasiado estrecho para ahorrar la fatiga. La tranquilidad del hogar se desvanece rápido una vez llegado a la zona de la vieja estación central de la ciudad, puerta del casco histórico, por donde decenas de bicis corretean por su carril reservado. València tuvo una alcaldía progresista que, bajo la batuta de un concejal de movilidad italiano, sembró de vías ciclistas la ciudad, y se nota. No obstante, confundido por no tener a mano el móvil de apoyo con los mapas, recorro varios cientos de metros una avenida ancha y concurrida de coches, apresurados por sus tres carriles por sentido y sin espacio dedicado a las bicis. Hay un cierto orden dentro de ese caos y, afortunadamente, a la bici ni le tosen. Bien. Debo volver al punto donde comimos el domingo, pues es allí donde apagué el track de la ruta y no quiero huecos feos en el mapa conjunto. Toda una sucesión de carriles bici me hacen pasar plácidamente por allí, a la par que me alejo del centro y continúo buscando la huerta norte de la ciudad, dejando atrás el campus universitario de la Politécnica. Valencia es una ciudad densa, con bloques de pisos de varias alturas por todas partes, y con ello un espacio público bastante vivido. Será por ello que la abrupto límite en el que acaba la ciudad y, seguidamente, comienza la huerta, me resulta fascinante. Pequeñas casas agrícolas aparecen, ajenas al ruido urbano, casi como paradas en el tiempo, y los campos, algunos recién sembrados, son una alfombra bajo los edificios de la ciudad, cada vez más lejanos, que parecen asomarse al llano verde a respirar. Un carril bici bien ancho y rectilíneo, compartido con pasantes y corredores, pone rumbo hacia el norte, dejando a los lados varias poblaciones donde el patrón denso y sin interferencia entre huerta y urbano se repite. Pasan muchos kilómetros así, en un llano solo interrumpido por un pequeño cerro a un lado, hasta llegar a Puçol, donde la via verde pasa a ser una carretera bien asfaltada, con líneas verdes a los lados e inscripciones en el suelo que recuerdan a cada poco que la prioridad la tienen ciclistas y peatones. Son varios ciclistas de carretera los que me cruzo y pocos coches mientras, poco a poco, hacia el oeste, las laderas de las serranías empiezan a acercarse. Sobre la última de las lomas despunta el castillo de Sagunt, que se alarga por cientos de metros sobre la cima. El pueblo se desarrolla al otro lado del monte, y al rodearlo comienzan a abrirse callejuelas de una ciudad tranquila hecha sobre la ladera. No me resisto a hacerme otro esmorzaet, con un bocata de revuelto y chistorra, tomando algo de pausa tras trenta y pico kilómetros. Casi una hora después, la temperatura ha subido varios grados y la plaza principal del pueblo está llena de abuelos echando el rato. Dejando atrás la ciudad, donde parece parte un camino a Santiago, decido olvidarme del mapa (que debo consultar sacando el móvil principal del bolsillo a cada paso) y seguir las señales de la ruta Eurovelo 8. Esta lleva dando un rodeo hacia peqieños pueblos del interior, rodeados siempre de interminables cultivos frutales de naranja. No son siempre consistentes las señales, pero cuando están se reconocen bien por sus soportes naranja butano. Se nota que estamos ligeramente a más altitud, ganada casi sin percatarnos, pues la fina línea azul del mar se alza sigilosamente sobre los cultivos. En Benavites doy un pequeño rodeo para acercarme a su torre señorial, llamativa por su planta rotunda y su coronación en pequeño voladizo y brillante tejadillo, y al llegar a Almenara atravieso una calle llena de jaulas, cada una dedicada a una peña local, por lo visto para las fiestas en las que sueltan toros. Parece todo mucho más industrial y perfeccionado que en Elche de la Sierra, también con menos encanto. Desde allí se rodean un par de montículos con pinares y varias marismas y se llega a la costa, que se sigue por kilómetros. Aunque las carreteras siguen el mar, lo hacen varios kilómetros al interior, evitando las pedanias marítimas por su costado trasero y dejando la ruta a merced de las vistas de una huerta cada vez menos viva y cuidada y apenas sin vistas del mar, paradójicamente. Será ese escenario cansino, o quizá el agotamiento mental de ver cerca el final de la ruta, lo que hace cambiar la alegría del pedaleo con la que salí de Sagunt por un avanzar apesadumbrado, casi pesimista, cuando me da por pensar en el futuro. ¿Y si estas olas reaccionarias, cada vez más fuertes y violentas, que sin apenas oposición policial destrozan coches porque piensan que son de oenegés etiquetadas interesada y acríticamente de filoetarras, repitieran el Siglo XX? ¿Me imagino exiliado o luchando? ¿Escapando con la bici buscando la libertad y la fraternidad en otro lado? En medio de esas ideas tormentosas abonadas por la triste actualidad, abandono la carretera trasera y deambulo por uno de esos pueblos marítimos, dedicados a las vacaciones sin los excesos de la costa alicantina, casi pareciendo que reservados a las segundas residencias de los vecinos de la zona. A pesar del día soleado y ligeramente caluroso, es un martes de finales de septiembre y apenas hay gente por la calle. Domina el silencio, solo roto por la conversación de tres jubilados a la sombra de un pino, discutiendo en perfecte valencià de poble. El que va sentado en una silla de ruedas eléctrica con una bandera de España amarrada al respaldo, haciendo un esfuerzo con una voz rota, ha debido soltar algo polémico, pues los otros dos le replican que hay gente aprovechada y con mala baba tanto como entre trabajadores como en empresarios, pero que él, a juicio de su contexto, debería tener más sensibilidad de clase y no repetir los discursos capitalistas. Justo lo que necesitaba mi ruta. Tras un rato viendo el mar, me pongo de nuevo en marcha buscando de nuevo la carretera trasera de los poblados, que de vez en cuando permite pasar por otras localidades marítimas. En ellas, la calle paralela al mar suele estar edificada a ambos lados, creando hacia la costa una pared de chalets de mediados del siglo pasado, solo rota por algún callejón que da acceso a las playas y permite ver el azul del mar. La arquitectura abierta de esos edificios familiares no es fea, casi entrañable con sus balcones, escaleras abiertas y habitual ornato de plantas, testigo de una España que se descubría el veraneo antes de la Ley de Costas. Así llego a la playa de Borriana, que tiene un puerto que a la espalda de su dique parece haber dejado una gran explanada que aleja la orilla del mar por cientos de metros. Es un ultimo saludo al mar antes de recuperar el interior, al que regresamos por un carril bici hacia el pueblo de Borriana, por el que pasó bordeando el centro buscando un camino directo hacia Castelló. Un carril bici junto a una carretera de varios carriles y rotondas lleva directo hacia la periferia de la capital provincial, donde busco un Mercadona para calmar mi hambre aunque sean ya las cuatro de la tarde. Una tarrina de ensaladilla y un mendrugo de pan bien cumplen su cometido y permiten que me de un paseo por el centro de Castelló sin preocupaciones. Todo parece concentrarse en la plaza de la catedral, con una torre campanario sencilla pero de bella factura y un mercado central en obras. Curioseando por el mapa descubrí que hay unos búnkers de la Guerra Civil abiertos a la visita, y no podía pasar de largo. Amarro la bici, bajo a las profundidades, y encuentro testimonios e historias tristes, de una población sometida a los bombardeos indiscriminados de unos nazis y unos fascistas que utilizaban a la población civil como objetivos. Cientos murieron. Curiosamente, visto el museo, veo un futuro similar más lejano que esta mañana; podemos hacerlo mejor, espero, a pesar de tener la maquinaria de la IA, los intereses de las grandes corporaciones tecnológicas y las potencias mundiales contra los consensos más dignos y básicos. El ánimo irá por ratos, supongo. Así que me pongo en marcha hacia la estación, donde concluirá el volumen del viaje oficialmente, pasando por el parque central de la ciudad, donde sin éxito busco llenar mis bidones de agua. Encuentro modo de refrescarme con la última horchata del viaje en el tercer local que pregunto en torno al gran edificio intermodal. Esa gran caja blanca esconde a un par de niveles de profundidad seis vías, en una de las cuales está el tren de cercanías estacionado que debe llevarme de vuelta a Valencia. Afortunadamente hay salidas cada media hora, sin reserva de asiento y con bicis permitidas sin replegar, lo cual da una flexibilidad poco frecuente en el sistema ferroviario español para desplazarse de una provincia a otra. Aunque se permiten las bicis, no hay espacios específicamente dedicados a ellas, y cuando nos juntamos seis ciclistas al libre albedrío la cosa se pone un poco complicada, aunque se gestiona bien. Una hora y pico después, desandando toda la jornada y reconociendo los paisajes que habia pedaleando durante el día, el tren nos deja en la estación de València Nord. La casa de mi hermano no está lejos, asi que tras el suplicio de volver a subir la bici escaleras arriba es momento de descansar. Una ducha, unas tapas por la calle, un helado y un sofá que me atrapa en mi agotamiento. Mañana tendré que desmontar la rueda delantera de la bici e introducir todo en una funda para llevar la bici en el tren de alta velocidad de vuelta a Sevilla. Paciencia. Al menos mi hermano me traerá las alforjas delanteras la próxima vez que pase por la ciudad andaluza, evitando ir sobrecargado en el tren mañana. Con todo, no se cuando, pero volveré con la bici a València en algún momento, deshaciendo el camino en tren hacia Castellón y volviendo a pedalear desde allí, hacia el norte, Catalunya, Francia y quien sabe más. Italia y su lago Maggiore se acercarán con más golpes de pedal en un nuevo volumen de la Long Way Home. Hasta entonces.Read more










































































































































































































































































































































































