• 📃 Día 3: Track y resumen

    2025年8月11日〜12日, イタリア ⋅ 🌙 19 °C

    Apenas el día había empezado a clarear y ya estaba desmontando la tienda. El rumor del agua ayuda a despertar y el porridge improvisado con avena, uvas pasas y crema de cacahuete es el empujón definitivo para afrontar lo Stelvio. Durmiendo a las afueras de Bormio estoy casi algunos metros por encima del inicio del puerto, lo cual es un problema porque, de acuerdo a openstreetmaps, si no quiero bajar al pueblo no hay fuentes hasta el kilometro 15 de la escalada... Pero de camino si que hay hoteles, en concreto las termas cinco estrellas donde aprovecho la amabilidad de las recepcionistas para recargar botellas e, incluso, hacerme invitar a un café. Todo listo para la subida, que parte silenciosa, sin compañía: las primeras rampas hacen soltar las piernas hasta que el ritmo se coge definitivamente, una vez dejada atrás la vista hacia Bormio y encarando el valle con impresionantes muros y curvas de herradura al fondo. Se pasan varios túneles y galerías y poco a poco empiezan a superarme ciclistas deportivos a mucha más velocidad. Me sorprendo y en hora y media he culminado medio puerto, justo donde hay situada estratégicamente un bar de carretera. Un cappuccino y una carga interna que mandar valle abajo y se sigue. La pausa ha dado pie a que la carretera se vuelva más caótica, con filas de ruidosas motos montaña arriba. La bici es otra cosa, más real, más convivial. Los ciclistas nos miramos, nos saludamos, incluso alguno me hace elogios observando la carga de las alforjas, algo raro en este territorio de bicis ligeras. Hay comunicación humana entre ciclistas, algo que yendo en una burbuja de metal o sobre dos ruedas ruidosas es inviable. Todo ayuda. También el muro de curvas de herradura (o tornanti, en italiano): si se toma la curva por el exterior, el desnivel se reparte y la pendiente baja, dando descanso a las piernas y regalando un empujón a la salida. La subida sigue por estepas alpinas y a lo lejos asoma la cima dello Stelvio, con las luces centelleates que reflejan el sol a través de los cristales de motos y coches aparcados. Le da más épica al reto. Pero aunque hay un kilometro de receso, lo más duro viene tras dejar atrás el Umbrailpass. Tres kilómetros al 10%. Rompepiernas. Será eso, será ver los glaciares escondidos tras la cima, sera que un motorista parado me lanza un grito de ánimo, pero no puedo contener la emoción. Me falta el aire entre el esfuerzo y el llanto de un reto conseguido. Solo quiero dejar atrás la bulla y el mercadillo del puerto y asomarme el glaciar, lo cual hace que más lágrimas empañen mi vista. Hace tres años, cuando vine a Bormio por primera vez, los viajes en bici solo eran una opción de vacaciones, subir el Stelvio una quimera. Y mirame ahora. Aquí estamos, cargao de alforjas hasta las trancas y haciendo el puerto más alto de Europa en cuatro horas. La cabeza, la obcecación, ser testarudo... No sé si mueve montañas, pero está claro que las sube. Y para celebrarlo, una cerveza y un paseo, que me lleva al pico de las tres lenguas, un sitio donde hasta el 1917 Italia y Suiza tenían frontera con Austria, un punto caliente de la primera guerra mundial hasta que el Sudtirol pasó a manos italianas. Las vistas desde ahí son soberbias, los glaciares se agolpan y la subida hacia atrás parece una anécdota. Para reemprender la marcha casi hay que dar codazos entre el jaleo del puerto, llenos de motoristas metiendo su vehículo en cualquier sitio y de puestos de las tiendas de souvenirs. Que ironia subir aquí arriba para encontrarse en medio de un ejemplo de sociedad consumista (tampoco olvido los edificios de escuelas 'veraniegas' de esquí, suerte con el cambio climático, chicos) en lo que debería ser una postal natural de primera. En fin, retrocedo sobre mis pasos buscando la bajada por el Umbrailpass, de vuelta a Suiza. Quizá no sea tan espectacular que lo Stelvio, pero tiene bosques y cascadas. Justo donde paro a comer coincido con una familia de españoles que me da animada conversación. La camiseta del Betis abre muchas puertas. Tantas que incluso me agasajan con una pulsera y un paquete de jamón. Viajar solo no es nunca soledad, esta claro. En esas veo que se me empieza a hacer tarde para cumplir el programa de la jornada, y emprendo la bajada a toda velocidad, sin mucho éxito porque la vista de la Val Mustair desde las alturas es maravillosa. Ya en el fondo del valle se hace patente que es otra cultura: al grisón romanche le gusta engalanar las fachadas con frescos y flores, haciendo todo más pintoresco si cabe. No me paro mucho y continuo directo de nuevo a Italia obviando la ruta ciclista y tomando la carretera principal, que permite rodar veloz cuesta abajo sin demasiado tráfico. Así llego al valle del Adige, amplio, agrícola y con altas montañas por doquier, doradas por la luz de la tarde. Voy en dirección Mals, donde debo buscar un cartucho de gas para la cocina portátil, que anoche me impidió hacer pasta de cena. Doy con una enorme tienda de ferretería... y bingo. Bastante suerte, porque pensaba que mi encendedor solo era compatible con cartuchos de Decathlon. Una cosa menos, la siguiente comprar pan y algo de fruta, también completada con éxito. Aún toca subir quinientos metros de desnivel para acabar la jornada. Pensaba que tenía las piernas pesadas: a pesar de la liviana pendiente me cuesta avanzar, como si estuviera escalando un muro. En el siguiente pueblo descubro que realmente el azúcar me estaba escaseando: no llegue a la pájara del Lucomagno del año pasado, pero la solución es la misma. Varias onzas de chocolate (svizzero? No, Novi!) y el efecto es inmediato. Se sube a la cabeza y es casi despertar de un trance. Un poco de agua, unos minutos y vuelta a la bici con fuerzas renovadas. Tanto que para superar las cuestas empinadas hacia el lago de la Muta no necesito de más paradas. Atravieso San Valentino, con su iglesia tirolesa (típicas porque están completamente rodeadas de un muro que incluye un cementerio) y ya se ve la presa del lago de Resia. Escalado, el día está hecho. Pero estoy pringoso del sudor, y el agua tienta. Se desaconseja el baño porque a 1500m de altitud el agua está fría. Pero a mi tacto no lo parece tanto, al menos como para hacerme desistir. Así que chapuzón fresco y regenerador y vuelta a la bici, en búsqueda de un sitio para dormir. El lado oeste del lago es el opuesto a la carretera, con el carril bici que lleva al puerto de Resia. A la segunda area de descanso me convenzo y pongo la tienda. Hay buenas vistas al lago, una mesa de picnic y unos prados con regadío en modo periquito gigante. El agricultor me ve y, amablemente, dice que no enciende el surtidor que me mojaria el tinglado. También me dice que no hay problema en dormir ahí. Genial. Veo una estrella fugaz y termino de cenar. Otro día más en la oficina.もっと詳しく