• Visita: Meknes 👣👣

    April 9 in Morocco ⋅ ☁️ 16 °C

    Un día encantado en Mequinez, la ciudad imperial olvidada:

    Llegamos a Mequinez bajo un sol dorado de primavera, de esos que hacen brillar las murallas ocres y convierten la ciudad en un cuadro vivo. Nada más entrar en la Plaza El-Hedim, el corazón palpitante de la ciudad, sentimos que habíamos retrocedido en el tiempo. La enorme plaza rectangular, con sus palmeras y sus bancos de piedra, bullía de vida: vendedores de zumos de naranja, niños corriendo, y el aroma de las especias que llegaba desde los zocos cercanos.

    En un extremo, imponente y majestuosa, se alzaba la Bab el-Mansour, la puerta más bella de Marruecos.
    Nos paramos varios minutos solo para admirarla. Sus azulejos verdes y azules, sus arcos perfectos y esa inscripción en árabe que parece susurrar historias de sultanes… Es una puerta que no solo cierra, sino que abre la imaginación. Cruzarla es como entrar en un cuento de las Mil y Una Noches.

    Justo detrás nos esperaba el Mausoleo de Moulay Ismail. Entramos descalzos, en silencio respetuoso. El patio interior, con su fuente de mármol y sus columnas de cedro tallado, respira paz. La sala donde reposa el sultán es de una belleza sobria y conmovedora: alfombras gruesas, lámparas de bronce, y una luz suave que se filtra por las celosías. Sentimos una energía especial; Moulay Ismail fue un rey de mano dura, pero también de gran visión, y su mausoleo transmite tanto poder como serenidad.

    De allí nos dirigimos a la Medersa Bou Inania, una joya del arte meriní. Subimos por escaleras estrechas hasta el primer piso y nos quedamos sin aliento. El patio es una explosión de yesería tallada, mosaicos geométricos y madera de cedro exquisitamente labrada. Cada centímetro cuenta una historia de paciencia y devoción. Desde las galerías superiores se ve el patio en toda su simetría perfecta, y por un momento solo se oía el rumor lejano de la medina y el canto de los pájaros.

    Después nos perdimos, deliberadamente, por los zocos y la Medina. Laberinto de callejuelas cubiertas, tejados de caña, rayos de luz que caen como focos sobre los puestos. Compramos aceitunas aliñadas, babuchas de cuero suave, y un poco de azafrán. El olor a cuero recién curtido, a menta fresca y a pan recién horneado nos acompañó todo el camino. La medina de Mequinez tiene algo especial: es menos turística que la de Fez o Marrakech, más auténtica, más viva.

    El broche de oro fue visitar las Caballerizas Reales (Heri es-Souani). Caminar entre aquellas naves gigantescas, con sus arcos interminables y sus antiguos comederos, es impresionante. Imaginar que allí vivían más de 12.000 caballos del sultán te deja sin palabras. Al fondo, el enorme depósito de agua, con sus bóvedas perfectas, parece una catedral subterránea. Desde lo alto de la terraza, la vista de la ciudad amurallada y los olivares al fondo es simplemente mágica.

    Cuando el sol empezaba a bajar, nos sentamos un rato en un pequeño café con vistas a las murallas. Tomamos un té a la menta mientras recordábamos todo lo vivido. Mequinez no grita, susurra. No agobia, envuelve. Y te deja con esa sensación dulce de haber descubierto un tesoro que pocos conocen en toda su profundidad.
    Fue un día de esos que se guardan en el corazón: belleza, historia, olores, colores y esa hospitalidad marroquí tan cálida.
    Mequinez, volvemos pronto. ❤️

    P.D: Dormimos en Mekinez, Área Ac.

    33.8900, -5.5654 (lat, lng)
    N 33° 53' 24" W 5° 33' 55" (lat lng)

    شارع محمد السادس مكناس
    Meknès
    Morocco
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