Vuelta a casa
25. august 2023, Forenede Stater ⋅ ☀️ 32 °C
Emprendemos el viaje de vuelta a casa el 25 de agosto, desde nuestro hostal en Máncora. Cogemos un largo autobús en el que pasamos el día y la noche hasta llegar a Lima al día siguiente. Comemos nuestro último menú del día en un mercado y hacemos compra de regalos de última hora antes de coger un taxi al aeropuerto. Al llegar allí, la tristeza nostálgica del momento se ve oscurecida por un mensaje de mi padre: mi abuela paterna acaba de fallecer, tres días después de cumplir 98 años, dando buen ejemplo de su herencia melliza. Llamo a mi padre y nos intentamos consolar mutuamente, ambos con la voz cortada y las lágrimas al borde de los ojos. Ese día todos habían ido a verla, mis tíos, mi hermana, mi sobrino…como si el abrazo familiar fuese lo que necesitaba para poder irse en paz. Escucho cómo mi tía dice que me estaba esperando, pero su cuerpo no pudo aguantar por mí. Es sábado, y mi padre me dice que esperarán al lunes por la tarde para que yo pueda asistir al entierro. Cuelgo, y empieza la desesperante espera porque pasen las horas y los vuelos. Primero de Lima a Miami, en el que pasamos la noche y aterrizamos de buena mañana. Se nos pasa por la cabeza aprovechar las horas de escala para salir a la ciudad, pero a estas alturas del viaje hemos visto demasiado mundo y estamos demasiado cansados para poder apreciar nada más. Decidimos descansar en el aeropuerto a la americana, con donuts y cafés XL. Cuando subimos al avión, en el que pasaremos otra noche y nos permitirá amanecer en Lisboa, veo a mi cuñada Mónica en la pantalla del asiento. Resulta que viajamos con una aerolínea portuguesa y mi cuñada grabó unas clases de portugués para que los pasajeros se entretuviesen. Me quedo en shock, y me siento lo más cerca a casa que me he sentido en los últimos meses. No puedo estar tan lejos si me encuentro en un avión en el que la cara de mi cuñada está por todas partes. Una explosión de sentimientos se me acelera en el interior, la prisa por volver y abrazar a mi familia, despedir a mi abuela, la tristeza de saber que, probablemente, no volveremos a realizar un viaje como éste, la nostalgia de encontrarme a mí misma en la carretera, el miedo a no volverme a sentir así de libre nunca más. Me entretengo viendo la última película de Paul Mescal mientras Gui ve ‘La ballena’, y cuando nos damos cuenta es lunes 28 por la mañana y estamos en Lisboa.
Al llegar, viene otro gran descarrilamiento interior: separarme de Gui. Habíamos quedado que él se quedaría dos semanas aquí con la familia mientras yo me cogería otro avión a Madrid. Caminar cada uno en una dirección y poner espacio físico entre nosotros se siente casi como una herida en la carne. Habíamos pasado ocho meses sin separarnos más que el tiempo que él pasaba surfeando, sabiendo que siempre estábamos ahí. Me subo al avión sin él, y volar para llegar a Madrid se me antoja surrealista, sola con mi mochila maltratada, sin mirarme en un espejo en tres días, con más recuerdos de los que puedo procesar en mi corazón de los últimos meses, y rodeada de gente que vuela volviendo a casa después de una escapada de fin de semana o por negocios. En mi cuerpo retengo tantos secretos que me siento explotar.
Al llegar a Madrid me siento incapaz de coger el transporte público para llegar a la estación del AVE, así que me cojo un taxi a pesar de que mi parte mochilera interior se siente decepcionada. Sentada en el AVE me como los bocadillitos que he ido recolectando en los vuelos, e intento racionalizar el estado de shock en el que me encuentro: volver a casa tras un año de encarar al mundo en toda su crudeza maravillosa, despedir a mi abuela, conocer a mi sobrino…y todo sin Gui a mi lado para sujetarme.
Al llegar a Valencia me recoge Manolo, el amigo de mis padres, pues ellos están ocupados recibiendo a la gente y preparando el entierro. Llegamos a Villarreal una hora después, con el tiempo justo para que me duche antes de ir al tanatorio. Al llegar a mi casa, al primero al que veo es a mi padre, que me abraza aliviado. Cruzo el porche, ansiosa por entrar y conocer a Marcos, mi sobrino, al que encuentro en brazos de mi hermana, que me recibe con lágrimas en los ojos. Mi madre llega entonces, emocionada, como si no se pudiese creer que de verdad estoy aquí. Soy consciente de que mis primas y mis tíos también están en la casa, pero mi estado de shock emborrona la información lateral. Corro a la ducha, en la que me tomo unos segundos para intentar aterrizar en el lugar en el que me encuentro.
En el tanatorio muchas personas se acercan a hablar conmigo, y yo respondo educada, más o menos lo mismo a todos: sí acabo de llegar ahora mismo, estoy un poco en shock, me ha encantado la experiencia, sí estoy algo cansada pero aguanto. Aún así, me siento feliz, como si en ese preciso momento, éstas fuesen las coordenadas donde debía estar, y lo estoy. El planeta se ha reducido a eso al fin y al cabo, coordenadas en las que una está en un determinado momento o no está. La ceremonia es íntima y bonita, mi padre hace un pequeño discurso adecuado y precioso, y acabamos el día en el porche de mis padres, cenando pizzas rodeados de la familia de mi padre, contando anécdotas del pasado con alegría, y pienso que nunca había visto tan buena conexión familiar como la que se respira esta noche. Y siento que es así, es así como se debería despedir siempre a un ser querido, y es así como se termina una vuelta al mundo. Feliz, arropada, saciada de recuerdos hermosos, preparada para descansar por fin.Læs mere










