Ya sentimos que pertenecemos a aquellos lugares donde el aire siempre es tropical. No intentamos complicarnos demasiado en esta despedida, que se siente inundada por una nostalgia anticipada, por la certeza de que hemos aprendido más en los últimos doce meses que en los veintinueve años anteriores, por la sofocante sospecha de que no volveremos a vivir una experiencia igual nunca más.
Nos alojamos en un agradable hostal cerca de la playa, pasamos el día en las hamacas de un bar al que decidimos volver todos los días, Gui surfea mañana y tarde, yo entro alguna vez para maravillarme al darme cuenta de que estamos rodeados de tortugas y leones marinos. Compramos desayuno en la misma panadería todos los días, comemos los menús del día del mercado central, no intentamos ver nada a lo que no podamos llegar paseando, y no nos perdemos los atardeceres sobre el Pacífico.
El último día decidimos dar un largo paseo por la playa, nos paramos a descansar bajo una sombra cuando sentimos que el sol empieza a ser inclemente, y mientras Gui se tumba con los ojos cerrados yo me balanceo en un columpio cuando, a lo lejos y en el más completo silencio desde la distancia, una ballena sobresale de la superficie del océano, levanta todo su cuerpo del agua mientras da un giro en el aire, y vuelve a regresar impactando contra el mar en el salto más elegante que he visto en la vida. Intento llamar a Gui para que lo vea, pero el momento ha durado tan solo unos segundos, unos segundos de absoluta belleza. Siento a la Pachamama dándome su señal de adiós de una forma muy piscis, como no podía ser de otra forma, pero no es una despedida sino un recordatorio de que vayamos a donde vayamos siempre estaremos en ella, aprendiendo si estamos dispuestos a querer tener los ojos abiertos.Read more