• Jaime Sierra
  • Jaime Sierra

Biciclettata Santa 🚲

Hace dos años empecé un Italy Divide desde Viareggio. Conectar los puntos no parecía mala idea. Ed eccoci qua. Read more
  • Trip start
    April 3, 2026
  • 📃 Día 1: Ruta y diario

    Apr 3–4 in Italy ⋅ 🌙 9 °C

    Eran las seis menos cuarto de la mañana y el despertador ya estaba sonando. A esa hora, quizá, muchos miarmas habrían también pueTo el despertador para salir ver las grandes cofradías con las primeras luces del día. En condiciones oriundas, quizá, yo también lo habría hecho. Pero para abrir boca, y a dos mil kilómetros, por primera vez en la semana puse Canal Sur y me conecté con la ciudad. Ese espíritu de penitencia, si se puede llamar así, hoy había que desfogarlo pedaleando. Así que a la hora del amanecer empecé a pedalear lago abajo. Mi primer temor es la carretera del lago y su tráfico, pero parece remansado. Debe ayudar que es viernes santo, aunque no sea festivo en este católico país: aquí son más de celebrar la Pasqua, que sin duda es más dolce vita que la sangre y la violencia de la pasión. Chissà. Las vistas del Monterosa dejan claro que el día es claro, claro, y para mi fortuna se repetirán durante toda la ruta. Poco después, Sesto Calende queda atrás, y la ruta se sumerge en los meandros del Ticino, enterrados en el valle que casi recuerda a un fiordo. He minusvalorado el frío, y las manos lo notan; tanto que debo agarrar con una mano el manillar y la mano libre esconderla en el bolsillo. Pronto llegan los canales, que se suceden por muchos kilómetros. La ruta es tan cómoda como, por el momento, solitaria. A las nueve ya estoy parando por un cappuccino, que agarro fuerte con las manos para hacer entrar en calor los dedos congelados. Ayuda y, al salir, los dedos ya se han recuperado, la temperatura ha comenzado a subir y el personal ya se ha despertado. Poco a poco, las orillas dejan de ser bosques agrestes y pueblos encantadores salpican las orillas. Parece que el tiempo pasa más lentamente en ellos. Algunas villas demuestran un carácter tan acogedor que ni siquiera aparentan una burguesía infranqueable. Esta primera parte de la ruta termina con una desviación hacía Abbiategrasso, con un centro animado donde la mayor parte de los ciclistas disfrutan una vejez activa. Dirección Vigevano, la carretera tiene un tráfico cansino, que se atenua al atravesar el Ticino y buscar su centro histórico. La Plaza Ducal es alargada y detalladamente decorada, con sus fachadas llenas de frescos, el duomo y la torre del castillo: un lugar ideal para detenerse a descansar y comer un bocata. La ciudad tiene pocas fuentes, lo que a reponer agua en un supermercado de las afueras antes de afrontar el tramo de la Lomellina. Como imaginaba, este tramo es un campo abierto, con un sol del que es imposible encontrar refugio. Hay cascinas abandonadas y, quizá por ser mediodia, quizá por falta de vida, los pueblos desperdigados que se encuentran al paso demuestran poca vida en la calle. Poco a poco, la ruta conduce al puente de la Gerola, que con sus arcos metálicos atraviesa el Po. La arquitectura es sugestiva y suma al paisaje, con numerosas playas de grava que deja a la vista el limitado caudal del principal río italiano. El siguiente destino es Voghera, llegando a través de otros campos que se mezclan con industrias desperdigadas. La ciudad demuestra una mentalidad anticuada en su plaza central, si es que así se puede llamar al aparcamiento que flanquea toda la catedral. El siglo XX tiene aquí más de cien años, aunque no es excusa para apoyar el culo en el suelo, la espalda en una columna de los pórticos que rodean todo y terminar de almorzar. Serían las tres de la tarde cuando reemprendi el camino, buscando la Greenway del Oltrepò Pavese: como las vías verdes españolas, es un ferrocarril abandonado que ha sido reconvertido en un cómodo carril bici con vistas que, ahora si, dejan atrás definitivamente la llanura. El valle Staffora baja entre colinas e, incluso, algo de nieve al fondo. Los árboles tienen ya hojas, algunos incluso flores. El recorrido termina en Varzi, que tiene un coqueto centro histórico de calles estrechas. Justo ahí es momento de una última pausa antes de abordar la subida final de la ruta. Hace rato que las piernas se notan fatigadas, pero no es excusa para afrontar las moderadas pendientes. Quizá ayudan las vistas del valle, con laderas y edificios que, a media tarde, tienen ya sombras alargadas merced de la pendiente. Se sube poco a poco y el paisaje cambia, pasando de los castaños a los pinos con la subida de cota, dejando atrás pueblecitos compactos que seguramente tengan más edificios que habitantes. El puerto, el Passo del Brallo, se corona con una población encaramada a su cima. Conseguida la meta, solo faltan subir pocas pendientes más para llegar al hotel que he reservado para esta noche. Buen premio para casi nueve horas de pedaleo y la ruta con mi récord de distancia histórica. El alojamiento es anticuado y debio tener días mejores. Pero aquí no hemos venido a por lujos más allá de una ducha, aunque el teléfono dispare agua por doquier gracias a la cal incrustada, y Ina cama blanda que se hunde con mirarla. La cena en el comedor del hotel es sencilla y copiosa. Justo lo que necesitaba, seguido de un paseo para ver las estrellas, que se alzan sobre un horizonte marcado por el relieve y las lejanas luces de la llanura. Son las nueve y pico, y parece un buen broche para un largo día. Solo me espera la cama.Read more

  • 📃 Día 2: Track y diario

    Apr 4–5 in Italy ⋅ ⛅ 14 °C

    El cansancio de ayer hizo dar de sí a la cama. Buen sueño. Cuando desperté las primeras luces del día entraban por el ventanuco de la habitación. ¿Quien pondría una ventana tan inaccesible con las vistas que tiene? No tardo mucho en prepararme y dar (otro) paseo por el pueblo para ver las vistas, valle abajo. Ahí está todo lo que recorrí ayer. Y sí, sigue viéndose el Monterosa. De vuelta al hotel, el desayuno es más animado de lo que esperaba, amén de una conversación, digamos entretenida, sobre temas de actualidad con el dueño. Todo eso hace que no me ponga en marcha hasta las nueve y media, demasiado tarde. La bajada hacia el otro lado del puerto está llena de recovecos y atraviesa pueblos desperdigados hasta hundirse en la hondonada del río Trebbia. Debo seguir su curso aguas arriba, lo que obliga a subir algún repecho ya que la carretera salva un tramo agargantado a media ladera. Aún así, después de la cuesta, es difícil coger ritmo en el falso llano. Ayuda, sin embargo, que el tráfico, a no ser por los ruidosos motoristas de cilindrada, sea inexistente. Eso permite admirar los mil y un cruces del trazado sobre las aguas limpias del cauce, sus pequeños pueblos y la vegetación, aún privada de hojas. La primavera aún no ha llegado del todo. Una parada en Montebruno, con su puent de piedra, es útil para tomar aire antes de la subida a Barbagelata. Es un puerto de montaña perdido que, finalmente, marca la superación de los Apeninos. La subida es silenciosa y tranquila, incluso juguetona una vez que el trazado alcanza la cresta, con la que baila a uno y otro lado por kilómetros. Subiendo se admiran flores granates en los montes cercanos y a lo lejos una cadena de montañas que, aun desorientado, deben ser los Alpes. Puede que incluso el Monviso asome. Barbagelata está justo antes de la divisoria de aguas, y superar esa línea regala una vista formidable que se extiende hacia la costa. Es hipnótico. Podría estar horas allí. Pero la gloria de escalar hasta esas vistas es tan efímera como el descenso, rápido, con velocidades que rozan los 50km/h. Es como un viaje en el tiempo de pocas semanas, porque a medida que se baja los árboles empiezan a mostrar sus hojas y flores, incluso hay olivos que parecían imposibles pocos metros atrás. Así la ruta se reúne con el fondo de otro valle, que debe ser la Ardesia, que es el nombre de la vía verde que omito porque quiero llegar a la costa lo antes posible para comer. Son casi las tres y a medida que bajo el valle sube el tráfico y aumenta la urbanización. Pronto es un continuo hacia Chiavari, que esconde el mar entre edificios de varias plantas. Sólo al cruzar el río que la separa de Lavagna puede intuirse, y no es hasta que llego a su paseo marítimo cuando me detengo a comer. Una lata de lentejas con atún y mejillones con escabeche, delicatessen. Una hora de descanso al sol es suficiente para afrontar la última parte de la ruta. Un imprevisto es el abrupto final del carril bici, que se estampa contra la playa sin que se pueda acceder a la carretera, al otro lado de las vías del tren que siguen la costa. Así que me toca empujar la bici por la arena, que es más bien una mezcla de chinarros, y tras largos minutos acarrear la bici por las escaleras del paso inferior de las vías. De vuelta en la carretera estatal 1, que se llama Via Aurelia (debe ser una herencia romana), el tráfico es pesado aunque paciente, será que el mar amansa las fieras. Sestri Levante queda rápido atrás hacia el interior, siguiendo un carril bici generoso y largo que debe llevar a muchos bañistas a la playa en verano. Un rápido pitstop en el supermercado y toca la subida, de vuelta a la Aurelia, que se había estampado con una entrada de los montes al mar. Esa carretera secundaria tiene tramos puñeteros de subida, pero se afrontan con paciencia y una vez que se vuelve a la estatal se gana constancia y ritmo. Además de buenas vistas hacia el mar. Toda la subida lleva directa al passo del Bracco, y la hago del tirón con la única excepción de enchufar el transistor Bluetooth a la retransmisión del partido del Betis. Se oye bien, lo que provoca que la poca gente que me cruzo a pie me mira con una mezcla de curiosidad y estupefacción, pero ah amigos, así somos los béticos. El puerto en si no tiene demasiadas vistas, hace falta avanzar para ganarlas. La bajada hacia Framura tiene vistas hacia los Alpes Apuanos, que están en Toscana (no, no me he equivocado con la geografía) además de algún repecho traicionero. El sol ya cala demasiado, y se esconde tras los montes una y otra vez, jugando al gato y al ratón con el descenso. Hay muchos pueblecitos pintorescos, pero solo paro en uno para rellenar agua, lo que me regala unas vistas estupendas que, más alla del mar, se extienden hacia Córcega, además de su torre del reloj, con una esfera de impresionantes dimensiones. La carretera baja estrechandose y se estampa contra las vías del tren, a ras de mar, justo donde empieza la variante que, por suerte, nos regala la vía verde de su viejo trazado. Para acceder a ella hay que atravesar un puertecito y subir un ascensor. Y, desde ahí, túneles infinitos bien iluminados y con alguna ventana al mar digna de postal. Avanzo y avanzo, hasta que encuentro el lugar abalconado donde hace días había previsto acampar. Noche wildcamping con el rumor de las olas. Con un plato de pasta al sugo de funghi preparada al camping gas. No contaba con que la ciclabile, bien iluminada, tuviese tránsito de gente hasta bien pasado el atardecer. Que por otro lado es una delícia. Asi pasan las horas y da tiempo a hacer cuerpo para el descanso.Read more

  • 📃 Día 3: Ruta y diario

    April 5 in Italy ⋅ ☁️ 19 °C

    Creo que esta noche he dormido poco. Los piquetes de la tienda de campaña no se agarraban al suelo, supongo que la roca estaba demasiado superficial. Los vientos se movían, las olas hacían demasiado ruido y la vía verde, iluminada, era más transitada de lo que me esperaba, especialmente por chavalitos de vacaciones. Incluso pasaron los Carabinieri, que creo dudaron en llamarme la atención, pero acabaron pasando de largo dos veces. Con ese panorama la noche fue un duermevela constante, y a las seis menos cinco el despertador estaba sonando. La oscuridad del cielo, solo interrumpida por una luna llena reflejada en el agua, empezó a desvanecerse poco a poco, mientras desmontaba la tienda. A las siete de la mañana, desayunado, ya estaba en marcha. La vía verde termina pocos kilómetros después, en Levanto, donde un domingo de pascua sólo están en la calle quienes no tienen más remedio que currar. Allí empieza la subida hacia las alturas de Cinqueterre, con pendientes moderadas que pronto dejan atrás las cañas mediterráneas de los torrentes secos y luego siguen con huertos del sinfín de pueblecitos y casas esparcidas por las laderas. Más arriba, siempre más todo se convierte en un bosque de difícil orografia, que poco a poco deja ver entre su densa vegetación los pueblos de la costa e, incluso, el litoral kilómetros atrás. Una fina bruma se extiende, dando un toque surreal al relieve lejano, como si flotase en el cielo. Así se corona el Colle del Termine, dando paso a muchas curvas tras las que se esconden cada uno de los pueblos de las Cinque Terre. No puedo creer que se vea Córcega tan nítida, tan nevada. También l'isola d'Elba. La carretera está en calma y es una delícia descenderla, solo interrumpida por una necesaria pausa caffè para descargar material. Las renovadas fuerzas ayudan para afrontar algún repecho traicionero en la ruta, que sin embargo permite venerar las, seguramente, tenaces y testarudas personas de estos lares, que han construido terrazas de cultivo que parecen escapar a toda lógica. Esas vistas compensan que la ruta no lleve directamente a ningún pueblo de las Cinqueterre, lo cual supondría más metros de desnivel y un retraso inaceptable en un día que tiene las horas contadas. Y quizá más de un disgusto con la bulla turistica que se ha hecho dueña de estos lugares. Así que con la retina bien llena, un túnel de un kilómetro hace cambiar el versante y colocar la ruta directa en la rápida bajada a La Spezia, que más que una ciudad bien parece un gigantesco puerto. Eso sí, enmarcada con vistas sugestivas de los Alpes Apuanos y la ensenada que protege sus aguas. Una vez en las calles de la ciudad los edificios, altos y ordenados, arropan los interminables tinglaos portuarios, pero marcando un nítido confín con ellos a través de amplias avenidas ajardinadas. Justo allí es donde decido apretar para llegar a Viareggio como destino, lo cual no exige ninguna exageración a cambio de no relajarse demasiado. Me ahorro varios metros de subida siguiendo la carretera del puerto y soportando el tráfico que desemboca desde los enlaces de la autovía, pero a cambio recibo una última vista preciosa de Lerici, con su torre dominando el promontorio que pueblan sus edificios. Un túnel más y ya estoy al otro lado de los montes que suponen el último apéndice lígure antes de entrar en Toscana. Una carretera de amplio valle costero y se llega al mar. A un mar completamente distinto. Hay montañas, que son los Alpes Apuanos, pero sus primeras laderas están retiradas varios kilómetros al interior, dejando una costa baja y llana por kilómetros y kilómetros. Por un lado, las poblaciones principales están justo al pie de las montañas, donde la producción de mármol debe ser el principal sustento histórico (aquí está Carrara, de hecho). No por nada, algunas montañas parecen estar desmochadas, con bocados cuidadosamente geométricos. Por el otro, dando metros a mi ruta, todo el litoral es un sinfín de pueblos de vacaciones, posiblemente del boom del segundo dopoguerra. Seguir la costa es un verdadero aburrimiento: apenas puede verse el mar porque en los paseos marítimos, si así se le pueden llamar, los 'lidos', o bien playas privadas, se disponen como una muralla infinita. No hay naturaleza en este mar, reducido a un extractivismo turístico al que, en un día sol soleado y de vacaciones como hoy, la gente acude en masa, con tráfico agobiante por momentos. Marina de Carrara, Marina de Massa, Cinquale, Forte dei Marmi. Todos son lugares prácticamente iguales, repetidos, producidos en masa. Olor a pescado a la brasa, familias buscando el restaurante y, al menos, muchos ciclistas que pasean por un carril bici donde los peatones, a veces, no tienen más remedio que invadir para caminar. Son decenas de kilómetros así hasta llegar a Viareggio, que aparenta ser la génesis de este modelo turístico playero, a juzgar por los grandes edificios del mar en el centro, hechos con un estilo más distinguido y burgués, quizá de inicios del siglo XX. Todo este largo camino lo he pasado siempre mirando al reloj para no perder el tren Intercity que debe llevarme cómodamente a Milán. Y, al final de todo, lo consigo: diez minutos antes de la hora estoy en la estación, permitiendome incluso dar un breve rodeo por la ciudad. Así se cierra el hueco y el pedaleo de estos tres días: 4000km y más de 3500 metros de desnivel. Un viaje en solitario, quizá demasiado rápido, quizá sin tiempo para detenerme, quizá solo un reconocimiento con la excusa de tirar una línea en un mapa disfrutando del movimiento y una fabulosa variedad de paisajes. Italia in sella, sei tutta un'altra roba :)Read more

    Trip end
    April 5, 2026