• Nos despedimos de R. U.entre magia e historia

    Aug 20–27, Canal de la Mancha 🌬 19 °C

    Nos levantamos de la última noche en la autocaravana. La mañana se esperaba interesante con la visita a uno de los monumentos megalíticos más conocidos del mundo. Como ya es habitual, una vez más volvió a llover por la noche, aunque está vez nos pilló desprevenidos (será porque nunca llueve). La claraboya de nuestra cama estaba abierta más de la cuenta por lo que nos dimos cuenta cuando nuestra cama ya estaba mojada. Tocó arrejuntarse en el lado seco (que pena tener que dormir tan pegados).
    El día estaba nublado, pero no parecía que tuviéramos mucha posibilidad de lluvia, así que llegamos a Stonehenge en tan solo 10 minutos y cogimos el autobús lanzadera que nos llevó hasta el monumento.
    Poco se puede decir que no esté escrito. A nivel histórico es muy interesante pensar en el empeño de un pueblo por construir una estructura tan grande, ampliándola a lo largo de la historia y manteniéndola durante más de 50 siglos para que haya podido llegar a nuestros días. Me extraña que a ningún líder religioso o cacique de turno se le ocurriera destruirlo para usar sus piedras y construir encima una catedral o una simple casa. Quiero creer que el valor que tenía desde muchos siglos antes de aparecer el cristianismo se fue transmitiendo y se asimiló como parte de su cultura.
    A lo largo de estos 20 días he observado que los restos arqueológicos se mantienen en un estado excepcionalmente bueno. Los expolios y destrucciones que sufrieron en España durante los siglos XVIII y XIX no se produjeron aquí. Podría aventurar que una de las causas fuera la existencia de una clase social culta y formada que ayudó a su mantenimiento, ya que las primeras sociedades científicas surgen en este país como reflejo del sentir de sus habitantes, pero solo son especulaciones.
    Por otro lado, Stonehenge guarda un profundo significado exotérico para mucha gente de todo el mundo. Sería un poco más fácil sentir las fuerzas que lo rodean si hubiera menos gente completando su colección de "fotos haciendo el chorra" por todo Reino Unido. En este caso, la entidad que mantiene los monolitos lo promueve, con carteles cada pocos metros explicándote la foto payasa que te puedes hacer en cada lugar.
    A pesar de todo ello, el lugar sigue siendo espectacular y la visita vale mucho el esfuerzo de llegar hasta allí.
    Curiosamente, a un cuervo le caímos en gracia, o quizás pensó que se iba a reír un rato de estos guiris del otro lado del charco. El hecho es que estuvo posando para nosotros en todo tipo de poses, a una distancia de no más del palmo de una mano.
    Me sorprende, como español, la cantidad de cuervos que hay en todas partes y lo integrados que están en la sociedad y en el entorno. Algo similar nos ocurrió en Francia, Alemania y Suiza. Desde luego, la fama de animales inteligentes la tienen bien ganada en comparación a nuestras palomas. Además, en Reino Unido nos hemos encontrado, en todas partes, gran cantidad de zorros, de tejones enormes y de animales más grandes como ciervos y gamos.
    Tras hacer tres o cuatro mil fotos nos dirigimos al aparcamiento para sacar a nuestro animal particular, Fiona, a dar un paseo por la zona, pero los espíritus escocés que llevan acompañándonos casi todo el viaje nos hicieron un homenaje de despedida. Comenzó una tormenta espectacular que cubrió el horizonte de agua. Más de cien cuervos se quedaron esperando el fin de la lluvia en el prado que había junto a nosotros. Y tras más de 15 minutos de espera partimos dejando atrás semejante espectáculo de la naturaleza.
    Una vez en marcha continuamos viaje hasta Poutsmonth y paramos junto al polideportivo a comer.
    Estábamos terminando cuando un coche paró en el trozo minúsculo de aparcamiento que quedaba a nuestra derecha, dejando apenas 10 cmts contra nuestro lateral y otro coche a su lado.
    Fiona se puso, como perra que lleva el diablo, a ladrarles y al momento comprendimos la causa de su parada: empezó a llegar gente que compraba diferentes tipos de sustancias que no llegamos a identificar.
    Así que partimos del lugar y nos fuimos directos al puerto; Nos pusimos en la fila de la aduana y nos tocó esperar.
    Si a la ida solo habían echado un vistazo al maletero aquí la cosa fue muy diferente. La policía de aduanas nos miró la cara, de lejos, nos abrió la puerta y nos dejó pasar sin siquiera decir un "gutmorning". Debemos tener cara de muy panolis y muy poco malotes.
    Ya en el barco seguimos la rutina de siempre: intentar conseguir camarote con perros, fracaso; pasear perra cubierta arriba y abajo hasta hacer surco; jugar largas partidas de cartas entre todos, cenar, película en el camarote y dormir bajo el arrullo de las olas.
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