• Etapa 6 . Villafranca - Triacastela

    Oct 4–5, 2025 in Spain ⋅ ☁️ 12 °C

    Hoy era el día clave.
    Hoy tocaba la subida más temida de todo el viaje: O Cebreiro, la entrada a Galicia.

    Estuve meses preocupada, estudiando altimetrías, buscando variantes, dudando si iba a poder. Encaré el día con un aire de derrota... pero me sorprendí una vez más. ¡Lejos de ser tan grave, fue otro día increíble, de principio a fin!

    Ya desde la salida del albergue el camino empezaba a subir. Los primeros 10 km fueron una subida suave, con la pendiente justa como para sentir ese calorcito en las piernas que, a esa hora de la mañana, tanto se necesita. El paisaje cambió por completo. Opuesto a los primeros días: pasamos de la paleta de los marrones a los verdes en todo su esplendor.

    El camino seguía el cauce del río Valcarce, así que fui subiendo serpenteando entre la ruta y el río, en un estado de flujo total. Sabía que cada vez faltaba menos para la pared, así que fui saboreando cada tramo más o menos llano como si se tratara del último bocado de chocotorta en el mundo.

    Ya con la claridad mental que me proporcionó el desayuno, decidí afrontar lo que se venía por asfalto. No solo es más llevadero, sino que además andar esquivando peregrinos por senderos angostos y con tanta pendiente hubiera sido un dolor de culo... bueno, de eso ya tengo suficiente.

    Y fue la mejor decisión que pude tomar. Kilómetros y kilómetros rodando sola por ruta, sin nadie a quien gritarle “¡buen camino!” para que me miren pensando en japonés: “¿qué hace esta boluda haciendo el Camino en bicicleta mientras nosotros nos llenamos las patas de ampollas?”.

    No fue fácil. No había descansos. La subida era constante. No terminaba nunca. Y, por si fuera poco, unos kilómetros antes de llegar a la cima, se vino la lluvia. Una lluvia muy finita… pero que mojaba lindo.

    Todo estaba fríamente calculado, así que saqué mi pilotín y seguí pedaleando. Sin importarme demasiado mojarme, disfruté también de sentir cómo mis piernas se la estaban bancando bastante bien. Sin forzarlas de más, avanzando despacio: una pierna, la otra, paso a paso. Sin apuro. Total, ¿qué apuro hay? Hoy ninguno. Solo llegar.

    Y llegué. Una vez más, sorprendida y orgullosa. Cansada, mojada y con frío, pero lista para al fin disfrutar la bajada.

    ¿Cuál bajada?
    No sé cómo funciona la física por acá en Galicia, pero hasta en la bajada había subida. No lo entiendo… vinieron unas cuantas más antes de poder aflojar un poco. Casi como estar dentro de un cuadro de Escher.

    En fin. Más allá de todo, fue un día glorioso, con todos los condimentos y una enseñanza clave: como ya dijo el gran filósofo Luis Fonsi, “pasito a pasito, suave suavecito…”
    Así podemos llegar a cualquier lado.
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