• Jaime Sierra
  • Jaime Sierra

Alpe Ragosto 🚴

Una aventura cicloturista de verano Leia mais
  • 📄 Día 4: Track y resumen

    12–13 de ago. 2025, Itália ⋅ ⛅ 30 °C

    El lago de Resia se despierta filtrando la luz sobre sus cimas. Hay que pedalear un poco a las siete de la mañana para encontrar los primeros rayos de sol atravesando valles épicos. El carril bici donde he dormido tiene subidas y bajadas hasta el pueblo de Resia, donde un campo de campers vans a la sombra de una estación de telecabinas me da soporte logístico para desayuno y aseo. Me cuesta ver atractivo a aquel llano polvoriento lleno de camionetas. Rápido lo dejo atrás, llegando a la cabecera del lago, donde hace tres años, en mi primer viaje en bici, hice una parada de incursión aprovechando que el valle del río Inn tuve que dejarlo para encontrar alojamiento. Volver a pasar en bici me ayuda a reconstruir mis pedaladas de entonces y hacer paces con aquel viaje. En aquella ocasión, tuve que conformarme con ver el medio sumergido campanario de Curon desde la lejanía. Hoy me asombro acercándome a él, más aún viendo a algún valiente nadar hasta una de sus ventanas, por la que trepa. Presumo que el agua está más gelida que en mi chapuzón de anoche, claro. Llegado a la presa, en lugar de deshacer el mismo camino que trepé ayer, desciendo por la carretera statale, de ahí las puntas de velocidad. Era difícil mantenerlas, porque el paisaje es excepcional: la anchura del valle y el plano inclinado que forma en este punto permite ver todos los campos ordenados hacia el sur, coronados por cadenas de montañas con glaciares en las cimas. Una gozada. Llegado al pueblo donde el chocolate me espabiló ayer, vuelvo al carril bici, que con sus fuertes pendientes me hace agradecer haber dado el rodeo por Mals ayer. De lo contrario, igual, no lo habría logrado. La bajada solo la para una grúa que por varios minutos de maniobras bloquea el camino, por un momento parecía una excusa riducula de videojuego para mandarte por otro camino. Tras ello, poco a poco, la bajada empieza a suavizar, especialmente tras Glorenza, donde las aguas de la Val Mustair se han unido ya al Adige. El río es menos bravo y el carril bici, siempre a su vera, es una mezcla de familias, jubilados y algún ciclista licrado empujando fuerte. Tras un rodeo por Prato allo Stelvio, el camino se convierte en un sin fin de cultivos de manzanos que no abandonaran ya en todo el día. Se ve que es una producción verdaderamente industrial, con alineaciones infinitas y centros de procesado con enormes cajas apiladas, creando fortalezas de plástico de diez o quince metros. En esas, hay algún tramo más boscoso con más pendiente y a veces sin asfaltar, que se agradece por la sombra. Tras una de esas, paro a la espalda de una fuente a merendar una manzana recién recolectada, de km cero, y sigo. Aprieto a la par que el calor aumenta, empujo mientras el viento se levanta en contra. Un mirador en Lagundo, con fantásticas vistas hacia Merano, avisa de la última bajada fuerte. Lanzandome sobre ella busco el centro de la ciudad: pan, queso y a comer en un prado a la sombra. Hace demasiado calor ya. 37 grados. Un paseo por la ciudad, refrescarse en la fuente, y a por Bolzano. 25 kilómetros pesados, que quitan motivación, bajo un sol húmedo de justicia y fastidioso viento de cara, con poca sombra y con un paisaje monótono entre un río canalizado y el ferrocarril. Afortunadamente la meta está a la entrada de Bolzano: hoy evito el vivac y me echo a un camping. Opción segura en la principal ciudad del viaje, motivada también por la presencia de piscina. Tras la libertad total de las últimas noches, lidiar con las comodidades de baños y fregaderos con las bullas de los huéspedes se hace raro. Sobre todo porque duermo rodeado de gente, teniendo que calcular bien donde meto la tienda sobre un suelo polvoriento, con un calor que no se va y teniendo que pagar un potosí por poner una lavadora. Hay más ciclistas, todos en pareja. Una pareja de italianos me dan conversación y el vecino de tienda, un francés de dieciocho años, comparte lavadora conmigo. Igual es una tontería, pero me da la sensación de que estar en este sitio me quita la agilidad y la astucia de la acampada libre, tardo mucho más en apañar las cosas. Aunque relampaguea en las montañas en la lejanía, con destellos que iluminan todo, sigue haciendo bastante calor a la hora de dormir. Más me vale coger sueño porque, mañana, dan 41 grados en Bolzano. Y para cuando el termómetro los marque quiero estar a una altitud bien distinta. A ver como hacemos pa madrugar.Leia mais

  • 📃 Día 5: Track y resumen

    13–14 de ago. 2025, Itália ⋅ ⛅ 25 °C

    En Italia llaman "afa" al bochorno, normalmente acompañado de una bruma densa que impide ver el relieve cercano. Así, para desgracia de mis ganas de altos paisajes, se intuía ya Bolzano esta mañana, aún sin una nube, y con tantas bicis a las siete. La ciudad tiene un coqueto centro histórico que respira una cultura nítidamente distinta a la italiana. Las dimensiones de los edificios, las fachadas pintadas, las tejas de la catedral lo atestiguan. No puedo parar mucho tiempo: el calor pinta que apretará fuerte y hay que dejar los 200m sobre el nivel del mar cuanto antes. A veces los deseos se chocan con la realidad, y que la cadena empiece a sonar como una suave carraca o incluso que salte no es buena señal. Por fortuna, con limpiar el polvo blanquecino, resultado del tramo de gravilla de ayer, y volver a engrasar, la cosa mejora y sin perder tanto tiempo (briconsejo: un cepillo de dientes viejo es mano de santo para esa operación). En esas pasa la salida de la ciudad, que rápidamente se sumerge en el verde con el río Isarco bajando bien caudaloso entre interminables rápidos. Hay muchos viñedos que luego dejan paso a un cañón en forma de V donde por kilómetros no hay nada más que infraestructuras superpuestas una sobre otra. Debo reconocer la contradicción de admirar los viaductos infinitos y sinuosos de la autovia en un lugar tan bello y escapado que en cierto modo pierde su condición natural a merced de un flujo incesante entre los dos lados de los Alpes. No en vano, la carretera del Brennero es su paso más directo y más bajo, y la procesión de grandes trailers da buena cuenta de ello. Son varios kilómetros rodando por túneles y pendientes constantes de un viejo trazado ferroviario hasta que el valle empieza a abrirse camino de Chiusa, despuntando campanarios espigados y fortalezas en lugares privilegiados. Se ve que antiguamente ya era un paso fundamental. Chiusa es coqueto y apenas tiene una calle y una plaza, en cambio Bressanone, donde se llega rápidamente por un tramo remansado y más llano del río, tiene más empaque de ciudad, con su complejo religioso, sus muchas tiendas y sus barrios que se asoman al río pero no mucho. Sin mucha fatiga, y sin notar mucho el calor, casi quinientos metros de desnivel están resueltos. Pero es ya mediodía y toca un repecho al sol para saltar al valle del Pusteria. Me deja un poco seco, sobre todo a las piernas; tanto que parece que la rueda esté pinchada. Tomo aire antes en un cerro con vistas al nuevo valle donde una pareja de Múnich camino de Venecia reposa a la sombra de las ya altas temperaturas. Luego se baja raudo hacia Río de Pusteria, que responde al nombre de un pueblo con un coqueto torrente del que emana una bendita fuente de agua helada. Desde allí, el carril bici continúa hacia el río homónimo (esta vez sí) dándome lugar para comer. En ese rato el calor repunta, y al retomar el pedaleo se alternan tramos de cambios notables de temperatura: del calor pesado junto a los maizales al fresco a la sombra de los bosques, especialmente cuando se pasa a la vera del río, que debe venir bien fresco de las alturas. La via ciclista se despega a menudo del cauce, provocando salidas y bajadas tan frecuentes como escarpadas que se aceptan con deportividad, en particular porque discurren a la sombra. Aún así, hay poca agua, y no es hasta San Lorenzo de Sebato donde recargo cantimploras, con una señora que primero en alemán y luego, ante mi expresión basita, en italiano con fuerte acento teutón se compadece del calor. Poco rato después, siguiendo el margen del río, se llega a Brunico, que con su centro histórico fortificado hace las veces de centro de referencia turístico, quizá ayudado de las cercanas estaciones de esquí. Sólo queda el tramo final de la jornada, que comporta un desvío por colinas ante el cierre por obras del carril bici y, aunque bien servido de las primeras vistas de las Dolomitas, más subibajas camino del lago de Valdaora, donde tenía previsto dormir hoy. Cambio de planes: un poco más allá tengo hospitalidad. La familia Piani es una fortuna. Hoy ducha, cena en mesa y cama de verdad. Y, sobre todo, buena compañía. Aún quedan días, pero se le empieza a ver el final a esto. A descansar.Leia mais

  • 📃 Día 6: Track y resumen

    14–15 de ago. 2025, Áustria ⋅ 🌙 24 °C

    Igual me habría llevado una sorpresa mayor durmiendo en el bosque si al despertar hubiera encontrado todo envuelto en la niebla. Así despertó el día a las siete de la mañana. Tres horas después ya era un día soleado. Porque echar a arrancar el dia despertando en hospitalidad tiene otros ritmos. Un buen desayuno y una buena charla no se arruinan yendo deprisa. El viaje también es eso. Despedida la familia con sus adorables críos echa a correr la jornada. No cuesta mucho llegar a Dobiacco: esta algo más alto pero la pendiente no es muy acusada. Hacia el sur, por el desvío al lago de Braies, despuntan las dolomitas, que acompañan un buen rato con sus afiladas cimas. Es quizá el punto más escénico del carril bici de la Val Pusteria y menos accidentado que los tramos de ayer. Quizá por eso parece una feria, con innumerables familias con críos, todos con sus bicis alquiladas. Normalmente el padre va a su bola, la criatura pedalea como puede y detrás la madre les pega voces advirtiendo de la llegada de bicis de uno y otro lado. Voces en italiano, porque los alemanes quizá lo tengan más interiorizado. Estas escenas se intensifican tras Dobbiaco, que marca la divisoria de aguas entre el río Pusteria y la Drava. O lo que es lo mismo, el confín geográfico de la península itálica. Claro que, siendo una divisoria tan bajita apenas se percibe. Pero el carril bici a partir de ahí toma una pendiente favorable, especialmente tras la última población del estado italiano, San Candido, que curiosamente es el pueblo natal de Janik Sinner. Si los tratados de la primera guerra mundial hubieran tenido otros caprichos, igual el gran campeón hoy sería austriaco. En su pueblo hago parada técnica para abastecimiento y de ahí directos a Austria, cuya frontera sólo se percibe por el cambio de color de las señales ciclistas: del marrón se pasa al verde. A la una dejo atrás las ciclohordas familiares y estoy a pie del puerto del Kartitscher Sattel. Es momento idóneo para abordarlo de un tirón, y siendo honesto tras tanta ciclovia reservada un puerto carretero me apetece. El sol pica pero los primeros metros de escalada están cubiertos por la sombra, luego a cotas más altas la brisa es refrescante. La carretera promete, con buena anchura y curvas de herradura amplias. A mitad suaviza un poco, pero los últimos metros ya me obligan a echar el resto. Esto es culpa mía porque, de pura cabezoneria, no quise parar, y a fin de puerto creo que resiente en la pierna derecha el cansancio. Nada grave, creo. Si en la subida se veían grandes caseronas y un ambiente acogedor, al otro lado la indústria de la madera ha dejado bosques pelados y altos muros de troncos apilados, aunque algún pueblo bonito hay. Aprovecho una estación de telecabina (presumo que para el esquí, aunque hoy era un goteo de senderistas con enormes mochilones) para comer a la sombra. Qué bueno el pan y el speck loncheado de San Candido, por cierto. Me lo tomo con calma, y en una hora y media parece que el tramo que he dejado detrás del puerto se ha nublado, incluso con algo de lluvia. No me toca, y el camino valle abajo es un juego de luces y sombras entre el sol y las nubes grises, un alivio al calor. Menos agradable es la carretera, irregular en todos los sentidos, podría decirse que una bajada trampa. Se intuye que el fondo del valle es pura erosión del río y que la vida humana transcurre a media ladera. La carretera se pliega sobre los barrancos transversales y busca las poblaciones, por lo que es una montaña rusa de bajadas acompañadas por repechos que impiden pillar ritmo y carcomen la moral. Por si fuera poco, muchos tramos de calzada son estrechos y con asfalto impropio de las expectativas austriacas, dando un punto de tensión que estaria bien ahorrarse. Cuarenta kilómetros así necesitan paciencia, aunque los prados, bosques y montañas que asoman bajo la carretera y al otro lado del valle hagan más llevadero el inesperado esfuerzo. La bajada conduce al inicio de la ruta ciclista R3, que por el margen de un río ya remansado conduce a los ciclistas locales. Parece que no hay demasiado turismo en esta zona, se está tranquilo. Así que un margen del río es buen sitio para pegarse un baño, echar la tienda y descansar, no lejano de una zona de descanso con merenderos, agua y hasta barbacoa, que da el avío para la cena y el desayuno de mañana. Al otro lado de las montañas que nos flanquean esta el Friuli. Poco le queda ya al viaje.Leia mais