• Ruta: Tánger Villa➡️Tánger Med

    2. maj, Marokko ⋅ ☁️ 18 °C

    📕 ¡Ole ahí, chaval! 😂

    Pues nada, ahí estábamos, dejando Tánger Ville con la misma cara que un moro cuando le pides la cuenta en un restaurante de la medina: medio contentos, medio “a ver si salimos de aquí vivos”.

    Cogemos la N16 dirección Tánger Med, esa carretera que va pegadita a la costa como si le tuviera miedo al mar. Y madre mía qué vistas, compadre. A un lado el Estrecho brillando como si Dios hubiera tirado un bote de purpurina, y al otro… pues campos, cabras y algún que otro burro con más cara de “yo paso de todo” que un funcionario de Hacienda.

    Vamos a tope de alegría porque nos volvemos pa’ Algeciras, nuestra España querida. ¡Que sí, coño, que ya huele a tortilla de patatas y a cerveza bien fría! Pero claro, antes hay que dejar un trocito de corazón en Marruecos. Y no un trocito cualquiera, ¡eh! Un buen cacho: los tajines que nos pusimos hasta las cejas, las risas con los tíos de la kasbah, los mint teas a las seis de la tarde y ese regateo salvaje donde casi nos quedamos sin riñón pero nos llevamos una alfombra por el precio de un bocata de calamares.

    De repente, aparece Tánger Med. El puerto parece un decorado de película de Torrente: camiones enormes, marroquíes corriendo de un lado a otro, polis con bigote de los de antes y un montón de carteles en francés, árabe y español que nadie entiende del todo.

    Y llega el momento estrella: los trámites administrativos de la frontera.
    Ahí es donde se lía la maricona, hermano.
    Primero la salida de Marruecos. Un señor con cara de haber desayunado limones te mira el pasaporte como si acabaras de falsificarlo con Paint. Te sella, te mira, te vuelve a sellar… “¡Siguiente!”

    Luego la aduana española. Otro con gafas de sol (dentro de un edificio, claro) que te pregunta si llevas algo que declarar.

    —Pues sí, jefe: llevo morriña marroquí y un kilo de recuerdos que no me caben en la maleta.
    —Abra el maletero.
    Y tú abriendo el maletero como quien abre la caja de Pandora, rezando para que no salga volando la shisha que compraste “para el primo”.

    Total, que entre cola, sellos, más colas y el típico español de delante que se pone a discutir porque “en mi época no era así”, conseguimos llegar al ferry.
    Cuando el barco empieza a separarse del muelle y ves la costa marroquí alejándose, te da un pellizco.
    —Adiós, Marruecos… nos lo hemos pasado de puta madre.
    Y luego miras hacia delante, ves la costa española asomando y sueltas el suspiro del buen español:

    —Venga, Algeciras… que ya estoy viendo los chiringuitos y oliendo a fritura.
    ¡Que viva España, cojones! Y que viva Marruecos también, que bien nos ha tratado el cabrón.

    ¿Próximo destino? Recuperar el colesterol perdido y contar batallitas en el bar de abajo.

    ¿Te animas o qué? 🇪🇸🚢
    Læs mere