• La montaña Machu Picchu 🏔️

    2. juli, Peru ⋅ ☁️ 19 °C

    Nos levantamos temprano, desayunamos en el hotel y salimos para tomar el colectivo que nos sube a la ciudadela.

    Todo está bastante bien organizado y llegamos para nuestro horario de entrada, que es a las 9.

    Habíamos conseguido entrada para el circuito 1A, con ascenso a la montaña Machu Picchu. No sabíamos muy bien de qué se trataba, pero por lo que habíamos leído permitía ver la ciudadela desde arriba y subir a la montaña más alta de la zona, incluso bastante más alta que Huayna Picchu.

    Empezamos a caminar y enseguida nos quedamos asombradas con las vistas. Como este circuito no permite ingresar a los pasillos ni a las terrazas de la ciudadela, no vemos tanto el detalle, pero sí el conjunto. Y el conjunto es impresionante.

    Averiguamos bien por dónde era nuestra entrada y fuimos hacia allí.

    Cuando llegamos, nos avisan:
    “Es duro. Son dos horas mínimo de ascenso y una hora y media para bajar.”

    Bueno. Ya estábamos ahí.

    Empezamos a subir.

    Y sí: es duro. Muy duro. Una escalera interminable, con escalones de piedra cada vez más altos, más exigentes y más empinados. En el primer descanso ya queríamos volver. Nos miramos con cara de “¿qué necesidad?”, pero seguimos.

    Cada paso cuesta. Falta el aire, las piernas pasan factura y la montaña parece no terminar nunca.

    En un momento, unos gallegos nos dicen que era muy peligroso, muy duro, y que no sabían si íbamos a poder. Hermoso aliento, gracias por tanto 😄

    Pero después aparece un brasilero maravilloso que nos mira y nos dice:

    “Ustedes pueden. Re vale la pena. No aflojen.”

    Nos da agua florida para abrir los pulmones y, con ese empujón inesperado, decidimos seguir. A nuestro ritmo, sin apuro, parando lo necesario, pero con una sola idea: llegar a la cima.

    Y llegamos.

    La emoción arriba es increíble. Todo el esfuerzo vale más que la pena. Nos quedamos un rato disfrutando de la vista, del silencio, de la energía única del lugar y de esa sensación hermosa de haber podido más de lo que creíamos.

    La bajada la hacemos casi como dos adolescentes: sin apuro, pero sin pausa, porque ya estábamos jugadas con el horario.

    Y justo cuando bajamos del colectivo de la ciudadela hacia Aguas Calientes, empieza a llover. Justo ahí. Ni un minuto antes. Si esa lluvia nos agarraba arriba, con esos escalones de piedra, hubiera sido un peligro.

    Llegamos con el tiempo justo para agarrar las valijas, cambiarnos y correr a la estación. Tomamos el tren de milagro.

    Tren a Ollantaytambo. Después traslado al hotel. Y por suerte, el hotel es impresionante. El lugar perfecto para reponernos, porque mañana empieza el retiro.

    Felices por todo.

    Por la montaña.
    Por haber llegado.
    Por no haber aflojado.
    Y por esa certeza linda de que a veces el cuerpo protesta, la cabeza duda, pero algo adentro dice: seguí un poco más.

    Y una sigue ✨
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