• Día 2

    September 13 in Spain ⋅ ☀️ 26 °C

    Creo que tengo tan normalizado el olivar que dormir en uno ha perdido incluso la gracia. Y eso que es la primera vez que lo hago. Anoche eché la tienda con los últimos rayos del sol y creo que debí esconderme bien. A pocos metros había un área de esas que llaman recreativas, con bancos y merenderos, que me vino de lujo para desayunar. Alguien había dejado peras ercolinas (mis favoritas) y eso le puso un punto dulce al porridge improvisado con uvas pasas y mantequilla de cacahuete. Un poco más allá está el cementerio de Jódar, y la fuente de agua en su puerta también parece caída del cielo, porque no se prevén muchas poblaciones en el primer rato del viaje. Es todo un olivar, por kilómetros y kilómetros, mientras la Sierra de Cazorla empieza a acercarse, Sierra Mágina queda atrás y a ratos se intuyen Úbeda y Baeza coronando el horizonte sobre el valle del Guadalquivir. La ruta se hace lenta, incluso cansina, porque el sol pega, todo parece repetido y la pendiente no es muy constante. Cuesta tomar ritmo y algunos repechos se atragantan antes de llegar al primer pueblo importante del dia, Huesa. Llego a las once, así que aún sirven desayunos (y buena cuenta de ello da la peasso tostá que me hinco), y es hora de reposar antes de las cuestas serias del día. Rápido paso por panadería, crema solar y a escalar hacia Balerda, donde el paisaje de olivar empieza a mezclarse con los pinares. Dejo atrás sierra escarpada que parece un tributo a la catalana Montserrat y apenas tuerzo el primer collado el paisaje se enrevesa. Al fondo, Tíscar, con su angosto desfiladero al que tendré que volver en otra ocasión. Lo más que puedo acercarme es una carretera donde el sol pica cual desierto hasta que aparecen los pinares, que ya serán constante hasta el final de la ruta. La carretera sigue subiendo, aunque la sombra y el aire ayudan. Las vistas cada vez son más espectaculares, elevandose sobre el fondo del valle y dejando vistas por donde asoma Sierra Nevada, que en la lejanía no parece tan impresionante. Quizá cause más estupor justo eso, reconocerla a lo lejos. En ese punto abandono la carretera y la ruta pasa a discurrir por una pista forestal que debe llevarme a 1800m de cota. El firme se encuentra en excelente estado, y el trazado se ve que no está hecho de cualquier manera, con excavaciones importantes que incluso crean profundas trincheras en la roca. El calor se hace sentir, y la lata de albóndigas que será mi almuerzo, amarrada por dos tirantes en el portabultos, se calienta al sol. Pega duro, y la señal que prometía una fuente a 4km, lo cual era un buen objetivo para marcar la hora de comer, parece siempre más irreal. Tras una pausa y un último empujón, la fuente se abre ante mí, cayendo un sólido hilo de agua desde un muro. Sienta como un oasis en el desierto. El agua está fresca y clara, aunque al rellenar el bidón parece tener algo de residuo. Preferible una digestión pesada a dejar pasar la oportunidad, claro. Y quitada la sed busco una sombra, echo la esterilla y lleno el estómago. Me hace pensar. En este día de vagabundeo ciclista cosas simples como echarse agua a la boca, una lata cutre de albóndigas o el water de la cafeteria de Jódar (a pesar de que le falte la tapa y deba hacer equilibrios) parecen un lujo. Tenemos tanto dado por descontado que asusta que algún día estas cosas puedan dejar de funcionar (ay, si la IA se vuelve maligna...). No puedo reposar mucho más porque las avispas del vecindario de la fuente se vuelven algo hostiles, así que es hora de partir. Se ve que el reposo viene bien a las piernas, que están mucho menos pesadas tras la comida. Tomo ritmo subiendo, a medida que los muros de roca redondeados se alzan como una muralla natural al otro lado del valle. Son casi las seis cuando corono el paso de montaña, llamado de Puerto Llano, que casi suena a cachondeo. Sin mucho pensar echo carretera abajo para intentar no alargar demasiado el dia: la pista forestal tiene un firme nivelado que permite tomar buena velocidad. Sin darme mucha más cuenta, atravesando más bosques de pinos, llego a un llano donde un chaval piropea mi bici y mi ruta, mientras un grupo de zorros nos rodea mientras charlamos. Estos animales van bien de poca vergüenza, aunque no menos que la de los humanos que los alimentan y consienten, a pesar de las prohibiciones. Son tan espabilaos que uno incluso mordiquea la alforja donde tengo la comida (ya tiene buen olfato). Sin más daños que volcar la bici y un pinchazo en la espalda al levantarla, que espero no me dure demasiado... El chaval, de la zona y que ha pedaleado con su novia por la zona, me regala amablemente un gel para la ruta. Buena gente. Toman la delantera y empiezan a bajar la ruta, mientras yo me paro en el nacimiento del Guadalquivir. Un hilito de agua y unas pozas marcan el inicio del río grande andaluz. Sin demasiada pausa bajo con buen ritmo y adelanto a la pareja, que quedan atrás rápidamente hasta que llego al camping, donde un ciervo me recibe sin mucho miedo, quizá malacostumbrado como los zorros. Rápidamente monto la tienda junto al Guadalquivir, me doy una merecida ducha y me hago de comer una pasta al campingas con pesto y una lata de caballa. Sabe a gloria. Como la birra que me sirve para brindar a un buen día. Mañana, más.Read more