• Día 3

    September 14 in Spain ⋅ 🌙 25 °C

    Con la primera luz del clarear, me extrañó ver una bolsa de plástico blanca abandonada unos metros más allá de la tienda. Se parecía a la que usaba para la basura, colgada de una alforja delantera. El mal presagio era cierto: esa bolsa ha caído de la propia alforja, la que cargaba con la comida, la que dejé en ese espacio de la tienda entre el habitáculo y el exterior, y que ya no está. Sin darme tiempo a pensar mucho, y quizá alertada por mi desconcierto de primer despertar, una sombra con una luz frontal encendida se acerca hacia mi. "¿Es tuyo esto?", pregunta una voz joven, alzando la alforja perdida. "Ha aparecido en aquel árbol, han sido los zorros", añadiendo ante mi respuesta afirmativa. En efecto, la bolsa está rasguñada, sucia y mordisqueada: una hebilla medio rota, una cinta perdida y un gran agujero en la parte superior. Aunque los animales no han sido capaces de llevarse nada, poco les ha faltado. Es una faena porque la alforja es buena, pero parece que puede repararse. A la sombra, que resulta ser un chico que viaja con su novia y otra pareja más en una autocaravana, le han robado dos chanclas, cada una de un par distinto, y no parará de buscarla, sin éxito, hasta que le pierda de vista. Yo, en cambio, pienso solo en desayunar y arreglar el roto: la bolsa podría aguantar, pero sin remendar esos mordiscos puede volverse un buen problema. Así que puntual a las nueve, cuando abre la recepción del camping, estoy allí pidiendo aguja e hilo. Ya he limpiado la suciedad de la tela y solo me queda armarme de paciencia para zurcir la broma. Mis artes de costura no son muy eficaces, y la operación a bolsa abierta me lleva casi una hora y media. Las horas más frescas del día han volado, y el recibimiento de la ruta es un repecho al poco de empezar a pedalear, pues el cauce del río se retuerce en una garganta que hace imposible que la carretera siga su curso. La poca altura que se gana permite divisar todo el valle alto del Guadalquivir, que será el rumbo de la jornada, así como la cadena que lo separa del pueblo de Cazorla, que da nombre a toda la zona. La vegetación es frondosa y fresca, llena de pinos que recuerdan a paisajes de otras latitudes. El descenso hacia Arroyofrío es rápido y sirve para que me dé cuenta de que las marchas rápidas, que deben ser esenciales hoy, no engranan bien. La cadena está sucia tras la jornada de caminos de polvo de ayer, y eso tampoco colabora. Hay que buscar un punto para hacer mantenimiento a la bici o el día, aún más, será un suplicio. Por lo pronto, Arroyofrío más que un pueblo parece un centro turístico, lo cual me desanima al principio pero, bien mirado, puede ser mejor que tener toda esa población allí concentrada, en casitas de un pintoresco tan impostando como mediocre, en lugar de dispersa por el valle, que parece bien conservado lejos de la urbanización. Al menos allí encuentro una farmacia abierta donde retirar un bálsamo para mis labios resquebrajados por el sol y una pomada para el dolor de espalda, que algo se ha retraído desde ayer, al menos. Puesto en marcha de nuevo es mediodía y pica el sol. Sería ideal encontrar un lugar bien sombreado para reparar la transmisión de la bici, y no es hasta kilómetros después, en una gasolinera fuera de servicio, donde encuentro el sitio. Primero limpio y engraso la cadena, luego ajusto el cambio. Odio esta operación y creo que nunca cambiaré de opinión. Por más que toque tornillos y gire el tensor no parece cambiar nada. Largos minutos después, parece estar listo. Son casi las dos de la tarde, y tengo más ganas de comer que de cocinar. A pocos kilómetros hay varios kioscos, que llaman chiringuitos. Uno de ellos, El Tobazo, es donde paro. Ya desde la carretera parecía ideal, con su terraza sombreada bajo los árboles de la ribera del Guadalquivir, que discurre meandroso bajo un cauce ancho y rocoso. El dueño y única figura del personal cara al público (que somos una pareja y yo) tiene un acento muy distinto al mío, muy marcado, pero nos entendemos. Me trae un rin-rin, que es un aliño típico de la zona a base de patata machacada, aceite y bacalao, que devoro con devoción. Luego me sirve una trucha de la zona a la piedra: literalmente el pescado entero con una sorpresa en su interior a base de lonchas de jamón. Un espectáculo. Ángel, el dueño, me convence a pedir un postre, y el flan casero tampoco decepciona. Tras descansar, charlamos cinco minutos y, tras embadurnarme en protector solar, reemprendo la marcha. Hace calor, y aunque Ángel decía que bajar el río hasta la presa es todo llano, la carretera es una sucesión de leves repechos que impiden coger ritmo. Ayudan las vistas, que a los pocos kilómetros quedan dominadas por el intenso azul del embalse del Tranco de Beas, la presa de cabecera del Guadalquivir. Por el camino, en una carretera tranquila de tráfico, también se ven altos muros de montaña en cumbres relativamente lejanas, alguna formación rocosa particular (una en particular parecía formar los dedos de una mano) y algún pájaro monumental dando vueltas al cielo sobre el mirador dedicado a Félix Rodríguez de la Fuente. Los ciervos aquí, aunque guardan distancia con el asfalto, parecen ser menos hechos al trato humano, y miran con recelo a la bici si es que no huyen a su paso. Un poco más allá se abre majestuosa la presa del embalse, de tonos levemente rojizos y un castillete en el medio. Se atraviesa por una carretera estrecha con sentidos altenrados para el tráfico, lo que no permite detenerse mucho a observar el gran tajo del valle que corre río abajo. Tras un breve descanso, frustrado por el cierre de todos los bares de la zona donde esperaba tomar un refresco frío, reservo una habitación en Hornos, a quince kilómetros, y cuya aparente fortaleza ya dominaba el paisaje al fondo del embalse. Para llegar hay que subir un repecho sostenido y constante por una carretera cubierta por la sombra, lo cual es un alivio a pesar de la subida. Poco a poco, el olivar va ganando terreno, aunque aquí parece ser más un cultivo de resistencia y tesón que una extensión industrial. El repecho concluye en Cañada Morales, que parece una agrupación de pocas casas donde una fuente, observada con más fé que intuición, calma la sed y rellena los bidones, en vista del repecho definitivo del día que conduce a la meta. Éste llegará tras un descenso rápido hacia recuperar, casi, la cota del pantano, justo donde veo las primeras vacas del viaje, pastando un prado sorprendentemente verde para la época. La subida a Hornos parece épica, a juzgar por lo que nos acercamos al pueblo y la diferencia de cota que no se recupera. Son tres rampas, largas, para llegar al final. Puedo con ellas con menos problemas de lo que podía esperar, pero me sorprenden las dos curvas de herradura que las unen: bastante abiertas y con una pendiente que, lejos de suavizar, se acentúa en el codo. Justo lo contrario de lo que estoy acostumbrado en Italia. Una vez superadas, Hornos se abre con un cruce de caminos que, a juzgar por los cuatro bares y comercios, parece marcar el ritmo del pueblo. Un poco más allá está la Casa de Huéspedes, regentada por la simpática Patricia, que me da una animada conversación mientras registra mi llegada. La habitación intenta tener un leve toque actual aunque eso no le quita el sabor añejo a pensión setentera que demuestra el baño, con su alicatado lacrado a media pared y su plato de ducha alto. Tras un merecido aseo y breve descanso, paseo por el pueblo al atardecer, intentando acabar el pan de ayer antes de tener que tirarlo, engañandolo con el salchichón. Es una idea para evitar cenar demasiado en el bar que se vuelve imposible toda vez que traen una tapa con cada cerveza y el tamaño de la ensalada quitaría el hambre al mismísimo Homer Simpson. Asusto a la chavalada que toma su tintito de verano en la mesa de al lado con mis aspavientos a los goles del Betis, y en el descanso regreso a la habitación a pensar en la etapa de mañana. Ni tan mal, después de todo.Read more