• Día 9

    September 20 in Spain ⋅ ☀️ 28 °C

    Hoy la meta se siente cercana, así que despertarse en la tienda con la luz del día es un pequeño gusto para empezar la jornada. El chiringuito donde anoche los campistas corrían la juerga tiene el rastro de la fiesta, con las mesas de la terraza aun por recoger y limpiar. Es lo de menos, pues una silla dando la espalda a la escena es suficiente para mirar al mar con la luz de un sol que había amanecido media hora antes. No tengo muchas ganas de desayunar, así que opto por recoger el campamento (luchando contra las hormigas, que han descubierto la alforja de la comida) y buscar un esmorzaet en Oliva, que es el primer pueblo de la jornada. Son ocho kilómetros sorteando urbanizaciones de golf y siguiendo una carretera paralela a la nacional, muy tranquila a las diez de la mañana. El centro de Oliva está ligeramente en cuesta, y tiene una iglesia con una fachada recia y contundente, sin adornos y pocas ventanas. El bar que encuentro tiene una buena terraza, donde un grupo de europeos del este dan buena cuenta de cervezas y alguna cosa más contundente. Aquí se desayuna fuerte, si a esto se le puede llamar desayuno. El esmorzar valencià es otra cosa: un bocadillo potente, un café, una ensalada, unos cacahuetes, un café y un refresco. Los valencianos son grandes defensores de su gastronomía, espero que llamar brunch a esto no sea ofensivo. El homenaje es ideal a las diez de la mañana para tomar fuerzas para el día, aunque comienzo pedaleando con calma callejeando por los caminos de la huerta. Se atraviesan pequeños pueblos de casas humildes y bien compactos, seguramente para no restar un metro cuadrado a los cultivos de naranjas, que dominan el paisaje plano que se extiende hasta la costa donde despuntan los altos edificios turísticos, casi como si fueran una némesis territorial. El contraste se consuma en el Grau y la Platja de Gandía, con altos edificios que se asoman a un ancho paseo marítimo ligeramente elevado sobre la arena blanca y fina de la costa, salpicada de los mil colores de las sombrillas que refugian a los bañistas de un día de sol de justicia. La vista del mar me calma, pero por desgracia dura poco: las carreteras que siguen la costa están varios cientos de metros al interior, naturalmente pensadas más en dar servicio a la actividad agrícola que al playeo. La sucesión de viales de distinta anchura pero siempre llanos, dejando a la izquierda las últimas ondulaciones de las serranías, me permiten poner velocidad de crucero y volar a casi 25 kilómetros por hora, que con una bici trekking cargada de alforjas no puede darse nunca por descontado. El camino a Cullera se hace rápido pues, y casi sin darme cuenta estoy bajo su monte, coronado por un depósito redondo de aguas y una iglesia. Esa elevación del terreno resulta en una entrada al mar tomada por altos edificios pero, sobre todo, alargados en terrazas escalonadas, que conducen al cabo donde yace el faro del pueblo. No tengo mucho tiempo ni espacio para pararme, ya que estoy creando cola al tráfico en los dos repechos de la carretera, pero este punto es un hito costero y de la ruta: es la última vista a la costa baja y lineal que he seguido desde Dénia y la primera vista real de València. Con alguna excepción, parece un mar menos explotado turísticamente, en primer término con chalets sencillos de estos que se hacían hace cincuenta o sesenta años casi de cualquier manera para afortunados veraneantes. La carretera vuelve a despegarse del mar y no debo pedalear mucho para encontrar el oasis que necesitaba, anunciado por un gentío que se agolpa frente a un local aparentemente sencillo. Los veinte metros del negocio estan recorridos de punta a cabo por una vitrina que no tiene un centímetro libre de llamativos dulces y comidas preparadas, que la gente compra para llevar o para tomar en una generosa área de merenderos al otro lado de la carretera. El éxito del sitio es tal que incluso pueden hacerse las comandas a través de unas pantallas, como si fuera una multinacional de la comida rápida. Gracias a ello descubro en el menú la "bicicleta", que es un cóctel helado que mezcla la horchata y la limonada. Lo pido con dos fartons, que son los sencillos pasteles, blandos y dulces, que se mojan en la horchata. Es justo lo que necesitaba: algo rápido y refrescante para los últimos kilómetros hacia València, donde me espera mi hermano para comer. Esos últimos veintipico kilómetros, donde vuelvo a tomar una velocidad de crucero al pedalear, dejando a un lado caminos más lentos que en otras circunstancias habría disfrutado mucho, se mueven entre los pinares de la costa y la gran laguna salada que es la famosa Albufera valenciana. El lago interior es un plato de agua rodeado de arrozales y con una paz particular, transmitiendo parsimonia, un ritmo lento y propio comandado por las barquitas amarradas en el embarcadero de la Gola de Pujol, que conecta el lago y el mar. Siguiendo la carretera principal se llega a El Saler, donde un carril bici lleva de nuevo a una costa, serpentenado entre matorrales pero siempre más próximo a la gran ciudad: las grúas del puerto están cada vez más cerca, vuelve el paseo maritimo enlosado y finalmente se estampa en el nuevo cauce del Túria, que hay que superar a través de un puente ciclopeatonal. Son los últimos kilómetros del día, atrapados entre las vallas del puerto y los grandes viales que le dan acceso a sus mercancías. Una pasarela peatonal, hecha a tramos con varios codos y tomada por una excursión de felices holandeses en bici en dirección contraria, es el último obstáculo antes de darnos de bruces con el legado de Calatrava y sus exhuberantes edificios de la Ciudad de las Artes y las Ciencias. Un par de calles más y son las tres y media, donde me espera mi hermano con una hamburguesa. Relax y anécdotas de mi viaje y de su fin de semana. Luego paso por un autolavado para quitar lo que le queda a la bici del fango murciano. Pedaleamos juntos hasta su piso, en pleno centro de la ciudad, teniendo que subir la bici a cuestas hasta el cuarto piso. Parece mentira ver la bici domesticada en un salón tras estos días de aventuras. Sin relajarme mucho, toca una ducha rápida y a ver el partido de fútbol, que no deja demasiadas alegrías en este día. Pero en este punto podemos darnos por satisfechos: el objetivo de este volumen de la long way home era llegar aqui. ¿Termina aquí el viaje? Puede que no. Mañana descansamos y el martes... Ya veremos.Read more