• Día 8

    September 19 in Spain ⋅ ☀️ 25 °C

    Las primeras luces del día amanecían en El Campello al despertar. Aquel hostel era un chalet con cuatro apaños para recibir a varias docenas de personas, aunque afortunadamente se hace sentir la temporada de septiembre y aquello estaba a medio gas. El día hoy se prevé largo y es mejor ponerse en marcha pronto. Sin embargo, el radar advierte de lluvias hacia el norte, y algunos nubarrones lo atestiguan al salir. Uno en particular debe estar creando un severo temporal en el mar, aunque desde nuestra perspectiva regala un bonito espectáculo filtrando los rayos del sol. La ruta atraviesa rápido El Campello, que tiene dimensiones modestas y no se siente muy explotado, y desemboca en la N-332, que sigue toda la costa por esta zona. Carretera bien mantenida y con buen arcén, se recorre sin problemas a primera hora, observando las primeras grupetas de ciclistas licrados. Incluso veo algún cicloviajero en situación similar a la mía viajando en dirección contraria. Entre esas, empieza a observarse Benidorm desde la lejanía, con sus altas torres, si bien primero hay que atravesar Vila Joiosa. Son varias urbanizaciones desde el sur antes de llegar a su paseo marítimo, caracterizado por decenas de edificios de humildes fachadas coloreados de tonos pastel. Hoy seguramente estén tomadas por el turismo, aunque parecen conservar su pasado con dignidad, a la par que la salida del pueblo hacia el norte atraviesa barrios obreros, posiblemente hogares pensados para pescadores, a juzgar por algunos equipamientos. La carretera hacia Benidorm sigue un rectilíneo monótono hasta que de golpe la ciudad se abre con un 'skyline' de torres esbeltas y de dudoso gusto estético. La más alta, el edificio Intempo, se lleva la palma con ese cuerpo en dos torres unidas en la cima por un cono que quizá quiera recordar a un diamante. Me recuerda la sede de un villano de película cómica y no puedo evitar retratarme con tal engendro de la arquitectura. Al poco estoy en el paseo marítimo de poniente, que está más relajado de lo que podía esperarme para la fama del luga, ya que está principalmente tomado por jubilados. Básicamente, la relación de la ciudad con el mar se divide en dos por su casco historico. Éste, elevado en un pequeño montículo con callejas estrechas y culminado con un balcón mirador, separa las dos playas (Poniente y Levante). Aún tengo por ver la de Levante, pero en el balcón del Mediterráneo, con sus vistas al islote frente a la ciudad y los cientos de torres, poco a poco parece que el turismo internacional empieza a aparecer. Ya en Levante se confirma: bares con letreros únicamente en ingles, con televisión de pago británica, jovencitos luciendo aura hortera y jubiletas expats paseando en carrito eléctrico, además de una arena de la playa notablemente más concurrida. Pido una horchata a un precio despropositado y contemplo la situación. Caigo en que en estos contextos mi bici y yo pasamos completamente desapercibidos, o más bien ignorados.A diferencia de los pueblos del interior, nadie saluda, nadie se acerca, nadie da conversación. ¿El sobrestímulo y la bulla quitan capacidad de asombro o de interacción? No puedo responderlo, y vuelvo a ponerme en marcha, dejando atrás Benidorm por un extremo del pueblo donde hay grandes naves con servicios y discotecas, edificadas en torno a la vieja carretera nacional. Más de un turista pedalea por el arcén de la carretera, a pesar de un viento ligeramente hostil que por momentos recuerda al episodio cansino de ayer. La ruta, que abandona la costa rodeando un gran macizo por el interior, retorna a la costa en las proximidades de Altea, acercándose a través de varias urbanizaciones de pisos blancos. Si hubiera planificado la ruta mejor podría haber encarado directamente el casco historico del pueblo, donde asoma una iglesia con una cúpula interesante, pero cuando me doy cuenta estoy a sus pies sin mucha más posibilidad que seguir recto para no perder demasiado tiempo. Son las doce y el tráfico se hace intenso, a la par que el arcén desaparece en una ambigua mezcla con la acera. Un cabo al fondo, salpicado de urbanizaciones de chalets, aparece cada vez más cercano y al consultar la ruta observo que el único modo de superarlo es volver a la carretera nacional, justo en el tramo que conecta la Autopista del Mediterráneo con Calpe, el siguiente pueblo señalado en la costa. La incorporación se hace a través de un enlace con amplios ramales, lo cual siempre deja una peligrosa ambigüedad para la trazada de la bici, más lenta ante el enjambre de vehículos en diversas direcciones. Al menos el arcén, salvo pocas excepciones, es ancho y señalizado para la bici, así que solo cabe tener paciencia en el ascenso de varias decenas de metros. La subida permite volver a ver el panorama lejano de Benidorm y culmina en una sucesión de cortos túneles y viaductos sobre un barranco. No puedo más que pararme al ver cómo una chica se prepara para lanzarse haciendo puenting, primero con sus gritos nerviosos y luego de pura euforia al volar y balancearse. Desde alli, un poco mas adelante, comienza el rápido descenso hacia Calpe, donde (está vez sí) planifico un rápido paseo por su casco historico. De muchos balcones cuelgan pancartas con caras de chavales que deben tener alguna responsabilidad o distinción en las fiestas locales (aunque lo de tener tu cara a gran formato me parece a priori engreído). El centro de Calpe tiene alguna calle pintoresca con macetas y un lienzo de una vieja muralla con un arco. Sin más, desciendo de nuevo hacia el paseo marítimo, donde se observa otra gran peña cercana, y continuo camino, buscando un Mercadona donde pueda comprar el almuerzo y la cena.Tras dejar atrás una laguna con algún flamenco, llego al super y me hago con varias latas y una ensalada fresca, que adecuadamente planifico comer en unos merenderos un par de kilómetros más adelante. Resulta ser un acierto con vistas al mar y sombra de pinar, con varias calas que asoman a los pies del lugar. Tras la comida y algo de descanso, el recorrido se convierte brevemente en un serpenteo entre pinos y entradas y salidas del mar, dando lugar a más calas que me recuerdan a Menorca o algunas partes de Córcega. Se hace agradable hasta llegar a Moraira donde, tras rellenar un poco de agua, comienza una ascensión que poco a poco se empina para superar los esterotres del Cabo de la Nao, que representa el punto más oriental de la Comunitat Valenciana. Las ultimas rampas del repecho se hacen cansinas bajo un sol de justicia, aunque luego comienza una bajada que, tras alguna breve ondulacion, lleva directo a las afueras de Jávea, que tiene una costa baja y rocosa donde pocos se atreven a bañarse. El casco antiguo está elevado, varios kilómetros hacia el interio, en el comienzo de la subida a la serranía de otro cabo, en este caso el de Sant Antoni. Tras un breve café con hielo en un mercado municipal dedicado al tardeo

    a estas horas, comienza la subida del Montgó, que afortunadamente da tregua de sombra en buenos tramos, haciendo más fácil la subida. Desde lo alto se observa como el campo de Jávea es un gran llano cultivable, y al cambiar de versante se observa toda la costa hasta Cullera y más allá, seguramente Valencia. Es difícil no soltar pues un suspiro con los muchos significados que pueden sacarsele al final del viaje, cuya meta asoma. El descenso es rápido y con conductores pacientes, llegando directo al centro de Denia, última población de la jornada. Tiene varios puertos, un castillo en un cerro y una larga calle que debe ser el corazón pulsante del pueblo. No me detengo mucho y rodeando el castillo por el interior voy a parar a una ancha carretera, paralela al mar un centenar de metros, que es la principal vía se comunicación de centenares de edificaciones playeras que parecen construidas sin ton ni son, sin estaf integradas con las vecinas y sin más interés que un acceso directo a la playa. Desde aquí toda la costa es baja, y eso permite poner velocidad de crucero en la ruta. al Se ve que aquí ha llovido bastante está mañana ya que está lleno de charcos, alguno de considerables dimensiones. La carretera acaba abruptamente en una rambla, que solo puede superarse con un puente peatonal, que da a varios callejones detrás de los cuales se oculta el camping donde pasaré la noche. Se nota que no es un camping natural, sino playero, por los precios y la actitud más festiva y menos reposada de los campistas. De hecho, el bar del camping, en primera línea de mar, tiene música en vivo esta noche. Tras un baño en la playa descubro que es música verbenera que hace las delicias del publico, mayormente entrado en edad. Tengo pocas fuerzas más que para una ducha, cena y tomar una birra observando al personal divertirse al son de la música, aunque eso me hace estar con buen ánimo divertido aún a distancia del baile. Mañana son casi ochenta kilómetros, en principio todos llanos, y si el aire respeta podemos tomarlo con tranquilidad. Mientras tanto, momento de descansar.
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