• BEAUNE

    September 9 in France ⋅ ⛅ 19 °C

    BEAUNE: ENTRE UN CAMPING Y EL GRAND CRU

    Ubicada en el corazón de la región de Borgoña (Bourgogne), en el departamento de Côte-d’Or, Beaune es ese punto en el mapa que eliges únicamente porque tu espalda exige clemencia después de horas de autopista y porque Chantilly, nuestro verdadero Santo Grial en este viaje, quedaba demasiado lejos para una sola sentada al volante. Lo gracioso, o más bien patético de mi memoria geográfica, es que descubrí al llegar que ya había estado aquí hace unos veinte años. Veinte años. Un lapso suficiente para olvidar cada adoquín, cada fachada y la existencia misma de la ciudad, tratándola ahora como una simple sala de espera con viñedos.

    EL MAPA Y LAS EXCUSAS GEOGRÁFICAS
    Para poner las cosas en perspectiva, estamos en plena Borgoña. Esto significa que el aire no huele solo a humedad y panadería francesa, sino a euros evaporándose en botellas de Borgoña que cuestan más que el depósito entero de combustible. Paramos en un camping de la zona con la única misión biológica de dormir una noche, estirar las piernas y huir hacia el norte tan pronto como el sol amenazara con salir. Pero claro, la Borgoña no te deja escapar así como así; te envuelve en su estética vinícola como una trampa para turistas con buen gusto.

    LA RUTA DE LA DECADENCIA PERIFÉRICA
    Si se te ocurre entrar a Beaune por la periferia —como hicimos nosotros, guiados por el genio maligno de un GPS que disfruta del morbo urbano—, te vas a encontrar con un desfile de arquitectura suburbana bastante venida a menos. Casas modestas, tejidos urbanos cansados y una estética de extrarradio que te hace dudar si no te equivocaste de país y terminaste en un suburbio de cualquier provincia gris.
    Pero no desesperes. Es una trampa visual muy bien administrada. A medida que te arrastras hacia el "centre-ville", el panorama sufre una metamorfosis digna de reality show inmobiliario: los muros de piedra, los tejidos medievales se ordenan y la ciudad saca a relucir esa elegancia francesa que te grita en la cara que sin ser París, representa con soberbia lo que significa una auténtica ciudad de provincias. Es irónico cómo una urbe que mi cerebro había borrado por completo del disco duro decide recibirme con semejante despliegue de orgullo estético.

    EL HÔTEL-DIEU: ARQUITECTURA PARA MORIR CON ESTILO
    El plato fuerte de este devaneo arquitectónico es, sin duda, el Hôtel-Dieu de Beaune, también conocido como los Hospices de Beaune. Si pensabas que los hospitales medievales eran antros de sufrimiento estéticamente deprimentes, los creadores de esta joya gótica del siglo XV vinieron a demostrarte que los ricos y piadosos del pasado sabían enfermarse (o expiar sus pecados) con mucho estilo.
    Fundado en 1443 por Nicolas Rolin, canciller del Duque de Borgoña, y su esposa Guigone de Salins, este lugar es una auténtica locura visual.
    * Los famosos tejados: Esa postal mítica de tejas vidriadas de colores geométricos (rojo, amarillo, marrón y verde) formando laberintos y rombos bajo el cielo borgoñón. Una obra de arte que grita "mira cuánto dinero tengo" incluso desde el más allá.
    * La Sala de los Pobres (Grande Salle des Pauvres): Un salón gigantesco con un techo abovedado de madera que parece la quilla invertida de un barco medieval, donde las camas con cortinajes rojos esperaban a los enfermos no para curarlos del todo —que con la medicina de la época lo raro era salir vivo—, sino para que al menos expiraran bajo una carpintería de primer nivel.
    * El Políptico (Retablo) del Juicio Final: Una obra maestra de Rogier van der Weyden escondida en el complejo que te recuerda que, aunque el edificio sea precioso, el destino final de tu alma probablemente no incluya techos de tejas vidriadas.

    DATO CURIOSO: Los Hospices de Beaune no se financian con caridad moderna ni recortes estatales; se mantienen vivos gracias a su propio viñedo histórico y a la subasta de vinos benéfica más famosa del mundo, celebrada aquí cada mes de noviembre. Porque en Borgoña, hasta la medicina y la muerte se pagan con uva fermentada.
    Al final, este desvío no planeado se convirtió en una bofetada arquitectónica que me hizo perdonar a mi memoria por haber mandado a Beaune al fondo de la papelera de reciclaje durante dos décadas. Chantilly puede esperar; aquí la piedra y el vino juegan en otra liga.
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