Una de romanos
August 8 in Scotland
☁️ 19 °C
Hoy nos hemos levantado vivos y con todas las partes de nuestro cuerpo. El psicópata nos ha dado plantón o se ha perdido por el camino, porque no hay quien llegue aquí facilmente. Tras limpiarlo todo y recoger seguimos sin ver tampoco al dueño del lugar, así que preparamos una notita de agradecimiento y metimos las 25 libras dentro de un buzón que tiene junto a la basura. El viaje hasta el poblado romano ha sido igual de divertido que el final de ayer. Carreteras de justo nuestro ancho menos cuando las plantas la invaden, o los baches, o las alcantarillas, o los zorros atropellados... Y todo el camino a una velocidad máxima de 60 millas por hora. Ese es el mayor engaño. En realidad es de 90 km por hora, lo que en España no pasaría de 40 - 60 km.
El Muro de Adriano es sencillamente espectacular. Una muro que se pierde en el horizonte por ambos lados (mide más de 80 millas) de 3 metros de ancho, perfectamente cuidado. El cuartel que visitamos es el mejor conservado de los que quedan. Como siempre, los romanos eran unos máquinas. Lo más interesante del lugar es el wáter público mejor conservado del mundo. Está claro que si de culos se trata todo es más llamativo.
Tras unos cientos de fotos y un paseo por la muralla volvimos a la autocaravana. Solo nos separaban unas cuantas millas y una hora y media del lugar donde queríamos comer: Bamburgh. Lo que no fuimos conscientes hasta que estuvimos en ello es del tipo de carretera por el que nos llevaba: el ancho cada vez más estrecho, los arboles cada vez llegando más lejos, alcantarillas en mitad de la carretera, curvas de 90 grados hechas con regla y miles de cruces. Cuando por fin llegamos a una carretera normal, una hora después, tenía los brazos entumecidos.
Tras un trayecto breve volvimos a coger una carretera y llegamos a Bamburgh. Aparcamos en el lateral de la carretera y por fin, a las 4,30 pudimos comer.
Poco después, Ana, Oliver y yo nos fuimos a conocer el castillo y la playa. Estaba chispeando por lo que no pensamos bañarnos.
El castillo cerrado por boda. Nos quedamos sin entrar. Bajamos a la playa a soltar un poco a Fiona y no pudimos resistirnos a la tentación de meternos hasta donde la ropa nos permitió.
El castillo es enorme e imponente. No hemos visto en España algo tan grande, y pegado a la costa. Mantenido a la perfección y con facetas diferentes dependiendo de desde donde lo mires. Por un lado podría parecer un palacio, por otro una fortaleza difícil de conquistar y por otro una torre siniestra del que asomará un espíritu dispuesto a llevarte con él.
La playa es enorme, de arena muy blanca, tan limpia que ni conchas puedes recoger y llena de perros jugando.
Tras el baño y siendo conscientes de la suerte de no haber acabado con Oliver en el fondo del Mar del Norte, volvimos a la auto y partimos de nuevo. En una hora llegamos a Edimburgo. Para evitar meternos en la parte más difícil de la ciudad buscamos un aparcamiento a 10 minutos en tren del centro . Paseamos con Fiona entre casas idénticas a la que viven los tíos de Harry Potter y nos fuimos a preparar unas enormes hamburguesas caseras con huevo, bacon, queso y cualquier otra cosa que se les ocurriera.Read more















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