• Día 4

    September 15 in Spain ⋅ 🌙 24 °C

    Despertarse en Hornos habría sido algo completamente diferente si no me hubiera alojado en la Casa de Huéspedes de Patricia. A las ocho, como convenimos, me tenía preparado el desayuno andaluz, acompañado una buena conversación. Ella gestiona con mimo esta pensión desde hace año y pico, y busca un  equilibrio entre un alojamiento turístico auténtico pero que no de pasos hacia la masificación de un lugar donde la calma es su principal activo. Hablamos de como poner las cosas demasiado fáciles para el visitante contribuye a su sobreexplotación y a la pérdida de los valores que, originalmente, atraen a la gente. Desde luego, Hornos no tiene autovía cerca y los transportes no sirven para llegar muy lejos muy rápido, y quizá eso tal y como están las cosas, en un lugar especial, no sea una tragedia. Podría estar toda la mañana, ya que el tiempo vuela con la charla, y no es hasta las nueve y media cuando me pongo en marcha. Subida ganando seiscientos metros para empezar, dejando atrás las últimas vistas del embalse del Tranco y cambiando los olivos, donde saludo algún currante, con los intensos y densos pinares. Un camión con troncos cortados me traslada a los Alpes, y caigo en que este paisaje tiene más cosas en común con mi querida cordillera de las que podía imaginar antes de llegar a esta parte de Jaén. La subida se hace larga hacia el final, con rampas largas y constantes, y el puerto se corona sin un misero cartel que advierta de su nombre. Digamos que se llama "El Campillo", como el refugio que hay poco después y que está tomado por un rebaño de cabras. Temo que haya algún perro pastor, cuestión que no se da, y sigo de largo, cambiando de paisaje rápidamente a los pies de la peña del Yelmo: los pinos poco a poco desaparecen en el altiplano y se abre una vista cota abajo que, empezando por la vistosa Segura de la Sierra, coronada por su castillo, se pierde en lo que, imagino, debe ser el sur de la meseta castellana. Razón para parar, a pesar de no tener sombra, y reponer fuerzas. Retomada la ruta, el descenso no termina de aparecer, y el altiplano está lleno de falsos llanos donde las piernas pesan. Aparece el monte del Navalperal, coronado por una caseta blanca, y desde allí comienza el descenso hacia Siles, solo interrumpido por un repecho a mitad de camino. Antes de llegar al pueblo hay un área recreativa con playa de río donde un señor me da breve conversación, pasando de hablar de la ruta al Betis, habida cuenta que hoy visto de verde con el escudo más bonito del universo en el pecho. Ya en Siles aprovecho una plaza con sombra para dejar la bici y hacer algo de compra: algunas latas en un supermercado, pan en el horno y un tomate a una señora que los trae de su huerta y los vende en la plaza con amabilidad en las formas y en el precio. El señor del supermercado, muy madridista, también tiene ganas de charla, aunque también tiene palabras de elogio para mi equipo del alma. Son las cosas por las que un viaje en solitario no significa estar solo. Pero, al mismo tiempo, es ya la una de la tarde, pica el sol, y quiero llegar al nacimiento del río Mundo para comer. Esta a 20km con un puerto de 300m de desnivel que superar. Acepto el reto y devoro con rapidez los primeros 10km, bastante favorables. Un cartel de la Junta da la despedida de Andalucía al viajero y comienza la provincia de Albacete, por lo que sumando otros viajes de este año puede decirse que he atravesado mi tierra de punta a punta. Sin demasiado tiempo para recrearme, los primeros metros de Castilla-La Mancha dejan ver un par de poblados construidos en torno a la carretera, quizá aprovechando tierras fértiles, quizá como emplazamiento para segundas casas de campo. Hay poca sombra y apenas comienza el puerto me detengo junto a un retén de bomberos forestales a beber agua y mentalizarme para la subida. Con paciencia y una breve parada adicional a mitad de camino lo consigo, no sin poco esfuerzo. El Puerto del Arenal es un acceso al sendero que lleva al nacimiento del río Mundo, y allí varias familias se reúnen para hacer pícnic. Yo sigo adelante, tomando el desvío por carretera hacia el gran anfiteatro que es ese monumento natural. Las dimensiones asombran, la altura de ese muro de roca debe ser de cientos de metros. Uno se siente muy pequeño. Dejo la bici amarrada ya que no se puede continuar si no es a pie, y tras varios minutos de paseo llego al pie de la cascada. Hay agua, aunque no demasiada, pero eso no deja el lugar sin encanto. La imaginación vuela hacia una situación de crecida de caudal, con caños de agua cayendo por doquier. Debe ser un espectáculo mayor de lo que ya es, tanto que dan ganas de volver un invierno de lluvias. El asombro quizá engañe un poco mi cansancio, y definitivamente comer una improvisada ensalada de garbanzos con caballa y el tomate de la señora de la plaza ayuda a reponer fuerzas. Aún así, visto el nacimiento, tengo ganas de acabar la etapa pronto, así que sin mucha dilación me pongo en marcha, recupero los metros perdidos desde la carretera principal, y continúo con el descenso del Puerto del Arenal. Paso de largo en Riópar y, bajando varios kilómetros más por el valle del Mundo, llego al camping que me acoge esta noche. Hay pocos campistas y se está tranquilo, y aunque son las seis de la tarde procrastino y el tiempo vuela sin hacer mucho más que montar la tienda, fregar la olla de los restos del almuerzo y lavar tres cosas de ropa sucia. Me preparo la ruta para mañana y creo que madrugaré más de lo normal. No solo será un día de kilometraje algo más largo, además puede llover por la tarde y sería ideal evitar mojarse. Quizá toque improvisar más de lo habitual, ya veremos.Read more