• Día 5

    September 16 in Spain ⋅ ☁️ 25 °C

    Los días que son una contrarreloj es siempre mejor empezarlos cuanto antes. A las dos de la tarde hay una alerta -leve- por tormentas que es mejor evitar, así que a las seis y media de la mañana, cuando todo el camping duerme, estoy ya en pie y desayunando. Siempre parece un rollo despertarse con la oscuridad, pero que la primera imagen de la jornada sea el cielo estrellado no es mala cosa tampoco. No soy especialmente rápido en activarme por las mañanas, y si hay que desmontar una tienda aún menos, así que no es hasta las ocho en punto que no echo a rodar, que ya es una hora y media de adelanto respecto a ayer. Tener 30km, una tercera parte de la ruta, recorridos a las nueve y media parecía entonces demasiado optimista. Y, sin embargo, así fue, a pesar de la escalada inicial. El puerto del Peralejo se despereza subiendo metros poco a poco, elevandose sobre el río Mundo, mientras las cumbres de un valle que se enroca poco a poco en un cañón quedan acariciadas por la luz anaranjada del amanecer. Alguna cabra montesa me observa con atención desde las cunetas y en los muros de los desmontes mi perfil y el de la bici se proyectan con precisión. La carretera tiene asfalto nuevo y hay alguna inscripción animando a las figuras de la Vuelta que han debido pasar por aquí hace poco. El poco tráfico y el mucho silencio redondean una postal en movimiento que se prolonga hasta la cumbre del paso de montaña, donde el valle queda atrás y comienza un altiplano donde se suceden los prados secos y amarillos, con una pendiente leve en descenso que permite alcanzar altas velocidades muy a menudo, en especial si se adopta la posición aerodinámica de enrocarse sobre el manillar y tender el pecho sobre el cuadro. Así se baja rápido hasta el último breve repecho, tras una pequeña angostura boscosa, antes de llegar a Elche de la Sierra, el hito del kilómetro 30. Hay autobuses aparcados y banderolas españolas por todas parte. El ánimo del pueblo es distinto, un goteo de gente camina en la misma dirección. No es hasta que veo un chaval con una larga vara que no confirmo la lógica intuición: el pueblo está en fiestas, y estas giran en torno a los encierros. La plaza del pueblo tiene unas estructuras de vigas de madera que sirven de burladeros y de graderios a la vez, sobre las que se encaraman personas mayores en los pisos superiores, creando una imagen que fluctua entre el asombro por estar fuera del tiempo o la preocupación por la integridad física de los ancianos. Mi bici cargada de alforjas llama la atención de algunos vecinos festivos, con simpáticos comentarios y preguntas, bromeando con participar en el encierro pedaleando. Aunque quisiera, el festejo comienza a las once, y perder dos horas en esto es un riesgo contra la lluvia que no quiero correr. Me pongo de nuevo en marcha, solo dejando prioridad a una banda de música en sentido opuesto, y continúo con el descenso, que se prolonga con alguna breve interrupción hasta el mismo río Segura. Desde allí comienza un tramo de subida intermitente entre bosques y montes con muros pelados y cárcavas, que se hace sin mucho problema porque aún es pronto y el calor aún no ha llegado. Así llego a Ferez, donde esperaba hacer el segundo desayuno, aunque está todo cerrado. Quien sabe si el vecindario ha peregrinado a Elche por las fiestas, lo cual explicaría por qué me cruzaba con tantos vehículos y me adelantaban tan pocos. La situación me obliga a seguir hasta Socavos, a pocos kilómetros y cien metros de subida más, donde encuentro un bar de parroquianos que a la vez es supermercado y teatro de comentarios y chascarrillos cuestionables. Es la mitad de la etapa, y en vistas de que es posible llegar a Caravaca para comer, hago una cata de varios dulces del mostrador acompañando un café con leche para dar fuerzas a los otros cincuenta kilómetros previstos. Son las doce y me pongo en marcha, dando paso a una carretera monótona con prados secos y cultivos de secano siguiendo una pendiente favorable donde puede circularse a buena velocidad. Se nota que dejamos atrás Castilla-La Mancha y entramos en la Región de Murcia porque el asfalto está más ajado y los arcenes más sucios. Poco a poco se abre el paisaje hacia los alrededores de las serranías, con vistas a otros montes hacia el este, pero no es hasta que dejamos atrás la carretera de Calasparra y enfilamos Moratalla cuando no empieza a reconocerse la huerta murciana, salpicada de vez en cuando con pequeñas casas aisladas. Moratalla se alza cada vez más cercana con un casco urbano edificado sobre una ladera un monte donde sobresale sus edificios históricos. Si fuera esa sola la postal, habría asumido la pendiente... Pero la nube amenazante que se acerca desde el interior me hace acortar camino, a pesar de que el sol sigue cayendo con fuerza sobre mi cabeza. Un par de caminos rurales asfaltados rodeando el pueblo en la vega de su arroyo y busco enlazar con la carretera a Caravaca. Son ochenta y cinco kilómetros en las piernas, y aparece el hambre. Por fortuna, la barra de pan del bar de Socavos la tengo al alcance, amarrada a una alforja, prestandose al pellizqueo en una sombra junto a una industria animada por el paso de carretillas logísticas. La conservación de la carretera de Caravaca deja que desear, con arcenes tomados por las malas hierbas y la suciedad, justo donde el tráfico aumenta. No es problema, porque la entrada a Caravaca por su Alto homónimo se despeja de coches. Se nota el cansancio, pero tras el repecho de un kilómetro se abre el paisaje hacia la fortaleza de la ciudad, su casco histórico y su vega. Es reparador y da pie al júbilo. Desciendo directo hasta la plaza del pueblo cuando el cielo empieza a cubrirse y a sonar a tormenta. Apuro la barra de pan con una lata de mejillones y busco una habitación, cercana y con aparcamiento para bicis. Cuando entro al alojamiento empiezan a caer los primeros goterones de la tormenta, que descarga con ganas cuando ya me he dado una ducha y estoy tumbado en la cama, descansando, a eso de las cuatro de la tarde. Y aún parecerá un día corto, pero a las seis, aprovechando un pequeño claro, me doy un paseo, buscando la fortaleza y la basílica. El pueblo está gris y solitario, en consonancia con el ánimo de la tarde, y sin prisa y mas pereza que otra cosa aprovecho para reponer provisiones y hacer una colada, algo ideal a mitad de ruta. Unas tapas en un bar cercano con alguna cerveza y a la cama. Mañana la situación de lluvia empeora y es una incógnita a que hora será más sensato moverse. Mejor descansar.Read more