• Día 6

    September 17 in Spain ⋅ ☁️ 26 °C

    Ver seco el patio del hotel al despertar me trasladó un agobio raro: la lluvia debía caer por la mañana, y si a las ocho de la mañana no había llegado quiere decir que voy a dejar pasar horas secas. Antes de consultar el pronóstico me pongo a organizar las alforjas para, en su caso, poder salir lo más rápido posible. Resulta que las tormentas están concentradas en la costa, al otro lado de la serranía que separa el campo de Cartagena y el interior de la región. Puedo tirarme a la carretera en cuanto esté listo, pues. Y con esas, a las diez menos algo, estoy bajando el cerro sobre el que Caravaca asienta su casco histórico. Las vistas desde las alturas muestran nubes grises encaramadas a los montes cercanos, poco halagüeñas pero, afortunadamente, deshaciendose a cada pedalada por la Via Verde del Noroeste. Este trazado de viejo ferrocarril, abandonado en los setenta, es la ruta a seguir durante el día. Los primeros kilómetros siguen la vega del rio Argos, uno de esos que sólo llevan agua cuando llueve pero que dibujan cauces suficientemente anchos para acoger los caudales torrenciales. Ante eso, la vieja infraestructura ferroviaria se desarrolla con un primer viaducto que, mirando atrás, regala una bonita vista de Caravaca y, tras un túnel, el segundo muestra una panorámica de la ciudad vieja de Cehegín, también construido sobre un cerro. La vía mantiene las distancias con el casco urbano y acto seguido se interna sobre campos de secano con una subida levisima pero constante que conducen a un largo y denso pinar. La superficie de la via verde es de una grava fina, bien compactada, que permite ir a una velocidad de crucero, sostenida, sin demasiado esfuerzo, protegido por las trincheras del trazado y el propio arbolado. Al abrirse a campo abierto en las proximidades de Bullas se nota la resistencia del aire, a la que poco después se suma la naturaleza de la gravedad, pues Bullas está también en lo alto de un cerro que hay que superar. Merece la pena por una casa de fachada azul intenso en la plaza del ayuntamiento. Son veinte kilómetros sin rastro de la lluvia, justo cuando recibo una notificación de El País, avisando que han decretado aviso meteorológico grave en Cartagena por tormentas. En efecto, las lluvias son muy intensas allí, según el radar, y un nubarrón negro parece venir desde allí en nuestra dirección. Cálculo posibles refugios en los siguientes kilómetros, que afortunadamente son de bajada y con el pavimento excelente, permitiendo rodar veloz y dejar atrás el cielo más oscuro. La vía verde desciende hacia otra gran rambla, notándose que el trazado guarda un cierto respeto a los cauces pues más bien los atraviesa en lugar de desarrollarse a lo largo de ellos, incluso con túneles que podrían evitarse si el agua no fuese tan problemática. Por desgracia el pavimento pasa a una grava más gruesa y más suelta, que crea charcos y ralentiza el paso. A la mínima tomo un desvío a la carretera general y, sin dudarlo, bajo directo por ella hasta Mula, que es más o menos la mitad de la ruta. Ese descenso muestra nubes aún más amenazantes, así que el pueblo se convierte en refugio para matar el tiempo mientras se aclara la situación meteorológica. Mula tiene un castillo que debe estar elevado un centenar de metros sobre el casco urbano, y una plaza central con otra torre además del campanario de la iglesia. Dos paisanos de cierta edad auguran lluvia necesaria además de suerte para el viaje, mientras busco un bar para tomar un café y un zumo mientras veo que hacer. Una nube esta clavada entre Mulas y Murcia, aunque media hora después parece estar disolviendose en el radar. Es casi la una de la tarde y el terreno, en principio, debe ser favorable. Pero hay que recorrerlo para descubrirlo, y a pesar de la pendiente ligera hacia abajo el camino está en peor estado: más bacheado donde los tractores usan la vía verde para acceder a los campos pero, sobre todo, embarrado en los tramos en trinchera, pues el agua arrastra sedimentos que se acumulan en el trazado, donde las ruedas de la bici se hunden y se convierten en patines sobre hielo. Más de cuatro o cinco derrapes, afortunadamente sin caída, se suceden durante kilómetros cansinos, también, por el paisaje desértico, combinando ramblas y colinas llenas de grandes cárcavas y surcos de escorrentía. Incluso las aldeas que de vez en cuando aparecen dan la impresión de estar en consonancia con el paisaje por el punto descuidado, al que parece darle la espalda todo el mundo. Solo algún cultivo de regadío rompe con la monotonía de vez en cuando. Llegado a Alguazas la ruta se topa con el río Segura y con la sensación de periferia murciana, que poco a poco pasa de casas humildes de pedania a las primeras urbanizaciones de una ciudad que parece moderna, con un campus universitario como primera presentación y un tranvía que cose la ciudad. Este tramo pesado del camino termina por internarse en una gran avenida con edificios altos, camino a seguir hasta que una gran rotonda, que guarda una plaza dentro con unas letras corporeas con el nombre de la ciudad, da la bienvenida al centro histórico. Voy a tiro hecho a la Plaza de las Flores, meca del tapeo local. Son las tres de la tarde, y la ensaladilla en rosquilla y los rebozados entran de lujo. Dudo sobre si seguir ruta hacia Orihuela, pero mejor ver Murcia con calma y tener tiempo para ver el partido a las siete. Reservo un hotel, me relajo. Ducha y paseo: el río Segura baja con agua, la catedral tiene una llamativa fachada, el casino muestra desde fuera la exuberancia de sus formas y el centro tiene un ajetreo de gente arriba y abajo. La tarde pasa rápido con el fútbol, repito menú de tapas a la cena, compro algo de fruta y de paseo vuelta al hotel, ya de noche cerrada a las nueve. A descansar, mañana debemos ver el mar.Read more