Día 7
September 18 in Spain ⋅ ⛅ 24 °C
Es de dia en Murcia cuando abro los ojos, y una leve bruma se alza en el cielo. El cansancio en el séptimo día de ruta se hace notar, y sin mucha prisa a las diez menos algo estoy en marcha, tras volver a ensamblar todas las alforjas en la bici, que ha dormido en un espacio reservado en el parking del hotel. Murcia parece tener buenos carriles bici, aunque la prioridad en los semáforos siga siendo bastante tendente al gran vehículo. Sin darme mucha cuenta, en pocos minutos estoy a las afueras de la ciudad, siguiendo el carril bici del río Segura, que además forma parte de la ruta Eurovelo 8, que sigue la costa mediterránea, y en este punto sigue rigurosamente el dique que contiene las aguas en su nivel torrencial y protege cultivos y las pocas viviendas desperdigadas. El río dejó de ser un espejo en la ciudad, y su cauce está tomado por un denso cañizo que impide ver el agua. Noto rápidamente que el freno delantero de la bici apenas funciona, probablemente gastado de las frenadas de ayer. Nada que no pueda solucionarse con dos minutos de mañana y llave hexagonal del cinco. Puesto de nuevo en marcha, la huerta murciana se llena de frutales y el valle se rodea de serranías a ambos lados, más altas e imponentes de lo que podía imaginar. El carril bici está asfaltado y no son pocos los ciclistas deportivos y corredores que lo usan. Lastima que ese asfalto dure solo hasta entrar en la Comunitat Valenciana, donde se vuelve a la grava, aunque bien compactada. Temia ese tramo por el fango, cuestión que afortunadamente no se verificó sobre el terreno. Me cruzo a los primeros cicloviajeros de la ruta, que parecen ser unos valones acompañados de un guía que agradecen mi augurio de "bon courage". Así, la primera parte del día se hace rápida, fijándome en como cambia el paisaje de los montes o que buena parte del talud del cauce está cubierta por un geotextil, dándome a pensar si se deba, también, a proteger el canal contra la erosion. Atajo un meandro dirigiéndome a una carretera local y llego directo a Orihuela, primera parada del día tras 25 kilómetros. Las viviendas se amontonan sobre el cauce del Segura, que divide el casco urbano, aunque parecen darle la espalda. Imagino que en las crecidas más de un vecino no duerme aquí. Ya en el casco viejo la catedral deja a la vista, o mas bien regala a la ciudad, un claustro completamente accesible desde la calle principal, como si fuera una pequeña plaza. Un poco más adelante, en cambio, hay banderas republicanas y telas con versos colgando de los balcones: la casa natal de Miguel Hernández está a la vuelta de la esquina, al final se una calle de casas construidas con humildad y tantos colores vivos. Hernández nació en Orihuela y muchos de sus poemas evocan estos espacios. Una sala con manuscritos originales y un paseo por la casa de la familia, con la famosa higuera del huerto, completan una visita que hace justicia al poeta. Al ponerme de nuevo en marcha, dejando atrás la plaza donde conviven un gran mural del poeta y un enorme edificio histórico que resulta ser un colegio de curas (las dos Españas, supongo), la ciudad se convierte en un palmeral en su periferia, antes de convertirse en una sucesión de pedanias con casitas humildes metidas en la huerta. Todo muy llano y con carreteras relativamente frecuentadas donde el tráfico tiene más paciencia conmigo de lo que esperaba. Ruedo rápido y las poblaciones se suceden: Redován Callosa, Catral, San Felipe Neri. A partir de ahí empieza a notarse algo más de calor, atravesando el parque natural que responde a un humedal actualmente seco. El ritmo poco a poco ralentiza, y enfilando una carretera un poco más principal, camino de Elche, el viento lateral empieza a hacer su incómodo acto de presencia. Poco a poco mina la moral y solo veo la hora de llegar a Elche a comer, pasando de largo ante varias ventas de pueblo de interesante aroma de cocina. Llegado a Elche, atravesando el río Vinalopó, el casco histórico se descubre animado sobre las dos de la tarde, con chavales que salen de clase y gente que apura la cerveza, quizá antes de ir a comer a casa. Justo los bares parecen no tener gran cosa para comer, así que cercano al palmeral encuentro una terraza con copioso menu del día: ensaladilla, croquetas y un arroz con costra que no termino de entender, porque la costra parece una especie de pastel de huevo o quiché con carne embutida en el plato. No está mal y sacia, incluso demasiado, pues me deja un poco aturdido e incluso pienso en echar una siesta en el cercano parque-palmeral, emblema de la ciudad. Sin cerrar los ojos, son las cuatro cuando reemprendo la marcha, y el viento lateral de antes ahora es prácticamente un frustrante viento de cara. Las pedaladas cuestan el doble y, a diferencia de los puertos de montaña, el esfuerzo tiene poca recompensa. Este viento cansino acompaña hasta Alicante mientras el paisaje, por un lado, se abre hacia el mar (¡finalmente!) y el aeropuerto, con aviones aterrizando que sobrevuelan mi cabeza cada cinco minutos, y hacia los montes del interior hacia el otro, con nubarrones negros que seguro acarrean importantes tormentas. Afortunadamente las evito y solo me queda la ventolera, al menos, a lo largo de un generoso carril bici en paralelo a una autovía, cubriendo bien toda la distancia entre Elche y Alicante. A la ciudad se entra por uno de sus polígonos industriales, con su caos de coches mal aparcados y basura enquistada quizá de hace lustros, y por amplias avenidas donde nadie ha pensado en poner un carril bici. De hecho, Alicante parece una ciudad bastante hostil a la bici a primera vista, aunque quizá estoy sugestionado por el intenso tráfico de la hora punta de la tarde del viernes. Evitando el barrio del ensanche voy directo hacia la ladera del castillo, donde las pintorescas calles del Barrio de Santa Cruz, con sus escalinatas, claras fachadas y macetas por doquier, hacen las delicias de los turistas, recordando que llegan en masa catapultados al vecino aeropuerto. No falta el grupo de amigas cincuentonas preocupadas por encajar todo en el plan, la parejita con su trípode para salir guapos en las stories, la reunión de amigos de despedida de soltero uniformados con una camiseta de mensaje ligeramente cuestionable, los asiáticos con sus poses felices en fotos qué tardan una eternidad en capturar, el grupo de chavales sonrientes de vacaciones despreocupadas tras un día de playa o la familia con niños ya cansados de todo. Este maremágnum guiri no casa bien con el rollo de este viaje, así que encuentro fuerzas para seguir más allá de Alicante, siendo un hostel a diez kilómetros un buen compromiso. Llamo y aceptan bicis, así que vamos directos, siguiendo la costa por la carretera, ya que el paseo marítimo no admite bicis, confirmando mi sospecha sobre la mala relación de Alicante con la movilidad sostenible. Al menos a un cierto punto se abre un tramo de vía verde con varios túneles y pintorescas vistas, no solo del mar sino de la arquitectura desarrollista de torreones, sol y playa de la segunda mitad del siglo pasado. Alicante sigue extendiendose por kilómetros hacia el norte, esta vez ya en modo playero y de urbanizaciones. Atajo despegandome de la costa en un cabo y llego a una playa rectilínea, urbanizada casi hasta la orilla, y que conduce directamente a El Campello, otro municipio marítimo, justo donde el hostel está ubicado y donde hago una rápida parada en el súper para algunas provisiones. Las vistas se abren hacia el norte y no dejan dudas sobre la posición de Benidorm en la costa, con sus altas torres que se distinguen perfectamente a decenas de kilómetros. Mañana lo veremos de cerca. Por el momento, el hostel parece espartano a primera vista, con un desorden inicialmente desconcertante pero asumido a fin de cuentas. Es también la casa del dueño, lo cual al final hace del todo una situación familiar y suficiente para las pretensiones del viaje. La cocina está bien equipada y adoro no tener que sacar el camping gas para cocinar una pasta rápida con un brick de tomate frito y una lata de caballa. Hay un pequeño espacio chill-out que me viene superior para escribir estas líneas antes de, por fin, descansar. La meta empieza a verse ya cercana.Read more






































